El dulce hálito de la resurrección: impresiones sobre ‘A casa’

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El inicio de Juego de tronos en esta improbable sexta temporada se ha desvelado como el más impresionante, completo y entretenido para el espectador -sin importar si se es lector o no-, algo que este segundo episodio, A casa, confirma y constata de forma indiscutible. Spoilers.

Cuando se publicó Danza de dragones, allá por 2011, sus lectores portaron uno de los secretos más trágicos y apesadumbrados de cuanto se han escrito en los últimos años: Jon Nieve, uno de los pilares y protagonistas del compendio literario de Canción de hielo y fuego, era asesinado a sangre fría por sus compañeros en sus últimas páginas. Durante años y varias temporadas, el secreto estuvo a buen recaudo, siendo custodiado con recelo por millones de aficionados en todo el mundo. Lo importante de este hecho, que habla bien de las respetuosas comunidades de fans que existen en multitud de países, es que durante todo ese tiempo, se procedió a teorizar sobre la posible resurrección del bastardo de Invernalia. Un debate interesante se propagó por toda internet: no había sitio web, foro o página especializada en Canción de hielo y fuegoJuego de tronos, recordemos, se estrenó ese mismo año y era un fenómeno incipiente- que no tuviese su propio artículo o post en el que se desmenuzaban, una a una, las posibilidades de ver al Lord Comandante de la Guardia de la Noche con vida.

Conforme pasaban los episodios de la quinta temporada, el mero y más fugaz pensamiento relacionado con este duro y brutal clímax, podía nublar y humedecer los ojos del más acérrimo, férreo y estoico de los seguidores de la serie de HBO. Si habías leído previamente Danza de dragones, sabías que acabaría pasando. Era inevitable. Pero al mismo tiempo, el mero hecho de elucubrar y pensar en que veríamos la tan ansiada y debatida resurrección de Jon en pantalla antes que en las páginas de los libros de George R.R. Martin, adhería un nuevo cariz morboso al asunto.

Tras una dilatada espera y tras un juego promocional de ratón y gato al que los medios generalistas no han sabido jugar, llegamos A casa. Al hogar. Precisamente ese es el motivo que engarza y unifica todo el capítulo de manera inteligente, regalándonos, lo que podría ser, uno de los mejores en los seis años que lleva la serie entre nosotros -algo que no es fácil, dado la calidad que ha ido aglutinando la producción a sus espaldas temporada tras temporada-. Con guión de Dave Hill y dirección del siempre efectivo Jeremy Podeswa, A casa consigue empujar la trama de la adaptación a distintos niveles, arrancándola de la complaciente comodidad habitual en los primeros tramos y preparándola para los futuros eventos que sacudirán Poniente y Essos en los ocho capítulos posteriores. Sí, las licencias creativas vuelven -¡lógico por otra parte!-, y es cierto que hemos vuelto a vernos inmiscuidos en las labores de reciclaje de Dan Weiss y David Benioff con un resultado complaciente  y casi onanista desde cualquier prisma y lupa, pero también es verdad que por momentos se puede llegar a dejar escapar un lacónico suspiro bajo el siempre tortuoso y atribulado pensamiento que sobre vuela por la psique de cualquier lector: Lo que podría haber sido.

Por activa y por pasiva hemos debatido, argumentado y discutido la mayor: que Juego de tronos abandonó la senda de la casi milimétrica adaptación que un día intentó mostrar en televisión. Por motivos creativos, logístico y narrativos -algunos inherentes al medio audiovisual-, Juego de tronos decidió quitarse tramas y arcos narrativos enteros. Con una peligrosa tendencia a la racionalización económica más brutal, condensando en determinados personajes y áreas geográficas -Desembarco del Rey, Meereen, Invernalia- pasajes y elementos de la novela de George R.R. Martin con cierta inteligencia -unas veces salía bien, otras no tanto-, Benioff, Weiss y Bryan Cogman -al que no hay que olvidar, pues su trabajo es constante a lo largo de la serie-, decidieron facilitar la traslación de los pasajes literarios de Canción de hielo y fuego de cara al espectador.

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A casa es precisamente eso: un capítulo que bordea la línea de los desconocido -como toda la temporada, no lo olvidéis- pero que al mismo tiempo aborda momentos y pasajes que muchos lectores habíamos echado en falta durante sendos episodios. Para empezar, A casa comienza con un inspirador flashback camuflado a modo de visión de Bran Stark –Isaac Hempstead-Wright-. El infante sigue aprendiendo a dominar sus habilidades y sueños vívidos a cargo de su enigmático maestro, el llamado Cuervo de Tres Ojos –Brynden Ríos-, algo que los guionistas usan de excusa para repasar la historia de las raíces de los Stark y ponernos en un primer plano una de las figuras más enigmáticas y vitales de Canción de hielo y fuego: Lyanna Stark. Lyanna, en Juego de tronos, es una nota constante en el fondo de una enrevesada y compleja partitura. A veces su importancia se diluye entre hechos y acciones más rimbombantes y explosivas, pero al igual que el rapto de Helena en la Ilíada, su papel en los eventos que sacudieron Poniente abrieron cicatrices y sirvieron de ascuas para lo que a día de hoy -siguiendo la cronología de la serie y los libros- conocemos y vivimos episodio tras episodio.

Como lector, el verla montar a caballo, cual espíritu libre, reconocemos que impone sobremanera; es casi una bofetada de realidad. La visión o sueño de Brandon Stark -que camina obnubilado por el patio de armas de Invernalia- viendo a Eddard y Benjen Stark entrenarse bajo la atenta mirada de Ser Rodrik, está narrada con un gusto exquisito, mostrándonos un inteligente uso de la cámara y de la posición en todo momento, ofreciéndonos detalles -como a un Hodor parlanchín en su infancia, al que aquí llaman Wylis en lugar de Walder- y trasladándonos al lugar en el que comenzó Juego de tronos. Pese al poder de estas visiones tan reales y tangibles, le recuerda el Cuervo de Tres Ojos, son meros recuerdos, de los que son, en teoría testigos -al igual que nosotros como espectadores-: lo que sucedió, sucedió; lo que pasó, pasó. El tullido de los Stark se siente atraído irremediablemente por el poder de estas visiones, algo que puede ser peligroso y volverse en su contra si se acaba por perder el control. Otro de los aciertos de este arranque, es el poder contar con Max Von Sydow como interprete para tamaña figura. Si bien su aspecto es más agradable que el que vimos en la cuarta temporada -una esfinge mística, más enigmática y anciana-, disfrutar en un reparto como el de la serie con las cualidades dramáticas de Max Von Sydow es un lujo para cualquier producción audiovisual que se precie -como se atestiguó en su pequeño papel en El despertar de la Fuerza de J.J. Abrams-.

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Más allá de este misterioso Árbol Corazón que extiende sus raíces hacia las entrañas de la mismísima tierra, encontramos a una solitaria Meera Reed –Ellie Kendrick-. La chica se siente débil y perdida. Pese a que conoce la importancia del hijo de Ned Stark, y un juramento le ata a él y su destino, sigue sin poder comprender el poder que reside en Bran y su papel en un mundo cada vez más gris en el que ya no existe su hermano. Oteando el frío y vasto horizonte que nos encontramos más allá del Muro, la pequeña lacustre se siente perdida y dubitativa. Ni las palabras de Bran, narrándole lo visto en sus visiones, parecen animarla. Será la irrupción de una enigmática y mágica figura, la de una de los Niños del Bosque -no os preocupéis si no entendéis quiénes son: han vuelto a cambiar su aspecto desde la cuarta temporada en Juego de tronos, haciéndola más primaria y salvaje, casi animal, y por lo tanto más fiel a lo descrito por George R.R. Martin-, la que le haga ver que tanto ella como Bran tendrán un papel muy importante a desempeñar en el futuro.

En Desembarco del Rey, la situación sigue siendo francamente delicada. El episodio nos muestra de nuevo a una Cersei Lannister –Lena Headey– altiva, confinada y aislada en su celda de oro, pero consciente de todo lo que la rodea gracias a su poderoso golem, Ser Robert Strong. El nuevo caballero al servicio de la Reina Madre, se pasea por las calles del Lecho de Pulgas, vengándose de todos aquellos quienes insultan y vejan públicamente a la leona Lannister, que aunque humillada, no está tardando en lamerse sus innumerables heridas. Quizás no vuelva a pisar los empedrados que una vez recorrió desnuda, pero escucha; está atenta; y no olvida. Estos minutos de A casa funcionan como una inteligente recapitulación para la familia Lannister, que intenta sobrellevar los incontables golpes recibidos sobre el blasón de su casa. Tommen Baratheon –Dean-Charles Chapman-, actual monarca de Poniente, comienza a vislumbrar sus errores y su propia debilidad como figura política, siendo plenamente consciente de su tímido y erróneo papel cuando la Fe Militante comenzó a erguirse como un problema político y social -y militar- dentro de las murallas de la capital de Poniente. Si bien la serie no ha sido tan inteligente a la hora de mostrar este brazo armado de los Gorriones, la conversación que mantienen Tommen y Jaime Lannister –Nikolaj Coster-Waldau– en el septo -con el cadáver presente de la inocente Myrcella Baratheon entre mortajas de oro-, sirve de catarsis para el pequeño, que vuelve a recordar el papel de su madre y su poder real -y nunca mejor dicho- dentro del organigrama. Esto se traduce en una corta pero intensa secuencia, en la que Tommen regresa al regazo de Cersei Lannister -tras su aireadas desavenencias luego de su compromiso con Margaery Tyrell-, poniendo fin a las hostilidades entre madre e hijo, y conformándose una reconciliación entre leona y cachorro.

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Jaime Lannister sabe que si bien desde la política y el poder de sillón se pueden solucionar cosas, el auge descontrolado de la Fe Militante y el Gorrión Supremo -culpa de las erradas decisiones de su hermana y amante- es imposible de parar y contener si no es por la fuerza de las armas. La posición predominante de su familia, una de las más ricas y odiadas de Poniente, está en peligro. Y si los Lannister caen, la estabilidad de los Siete Reinos está comprometida. Por un lado, tienen una rebelión en el Norte con la familia Bolton, que ávida de poder, le está plantando cara y desobedeciendo. Las Tierras de los Ríos -heridas de muerte tras la Guerra de los Cinco Reyes y las fechorías de los Frey-, siguen resistiéndose con el bastión de Aguasdulces -perteneciente a la familia Tully- como fortaleza y faro inexpugnable. Dorne está en rebelión -o eso parece-, y para colmo, tienen el enemigo en casa; un enemigo que odia de forma irracional y de manera fanática todo lo que representan. Cuando ambos líderes opuestos -Jaime y el Gorrión Supremo-, coinciden bajo la atenta mirada de los Siete Dioses de Poniente en el septo, no tardan en saltar las chispas dialécticas de lo que a posteriori será una verdadera explosión militar de facto: la guerra abierta está próxima. Los tráilers demostraron quizás demasiado de hacia dónde se dirigirán y desembocarán estas hostilidades -algo que los extras y habitantes de Girona podrán atestiguar-, pero la mera presencia de una facción integrista religiosa en las calles es un peligro al que incluso la dinastía Targaryen llegó a temer en su momento. ¿Están los Lannister en posición para liderar una guerra abierta en solitario? ¿Necesitarán la ayuda de otra de las familias más poderosas de Poniente, los Tyrell? Si recordáis bien, las preciadas rosas de estos jardineros con ínfulas siguen bajo las catacumbas del gran Septo de Baelor, esperando a que los de su sangre decidan ayudarlos. Además, la Fe todavía no ha formalizado sus acusaciones sobre Cersei, algo, que tanto en la serie como en la novelas, podría finalizar con un esperado juicio por combate.

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En Meereen, la destronada Arpía que un día coronó la Gran Pirámide de la ciudad esclavista, se presenta como el carcomido y gualdo vestigio de una sociedad que sigue en pleno colapso y en caída libre. La ausencia de Daenerys Targaryen, otrora faro para los esclavos y oprimidos, está llevando la frágil paz en Meereen a la destrucción. El particular consejo de sabios encarnado por Tyrion Lannister, Lord Varys, Missandei y Gusano Gris, parece tener miedo de hacia dónde pueden desembocar las cosas si no se pone pie en pared y se toman las riendas de la capital, que comienza a tener enemigos también fuera de sus murallas. Con su flota calcinada y con las otras ciudades de la Bahía de los Esclavos tomadas por los Grandes Amos –Yunkai y Astapor han vuelto a manos de los esclavistas y grandes familias-, Meereen se encuentra en la peor situación posible.

Aquí, más allá de los dardos e ingeniosos diálogos del Gnomo en la cúspide de la Gran Pirámide, encontramos uno de los movimientos más inteligentes de HBO: el tratamiento de Tyrion Lannister –Peter Dinklage-. Pese a que ha sido denostado en varias ocasiones a la más ramplona de las punch-line y frases lacónicas para el agrado del espectador, la decisión de llevarlo a las cámaras de la pirámide para buscar a los dragones cautivos, es digna de elogio y aplauso. Primero, por lo simbólico de la misma. ¿Cuál es el instrumento que usó Daenerys para tomar todas estas ciudades alejadas de la mano de Dios? ¿Qué mejor símbolo del poderío de la reina de plata que sus amadas crías? Con Drogon, el mayor de los tres dragones, en paradero desconocido -en principio, siguiendo los pasos de su madre desde los cielos-, Rhaegal y Viserion permanecen atados a pesadas cadenas que están mermando su vida y desarrollo.

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Tyrion, estudioso de la historia de Poniente y de todo lo que rodea al mágico y extraño mundo que los rodea, sabe más que muchísimos maestres sobre dragones. George R.R. Martin juega con esta idea en más de una ocasión, sirviéndonos en bandeja de plata decenas de críticas y comentarios sobre ellos, muchos de los cuales, son recuerdos recurrentes de la infancia del pequeño de los Lannister. Siempre le han fascinado, y después de comprobar con sus propios ojos su improbable vuelta a la vida, Dave Hill, guionista del episodio, decide trasladar este conocimiento y recurrente anécdota a un primer plano: Tyrion será el que libere, cuide y alimente a estos dos dragones. El movimiento es lógico dentro de la coherencia narrativa de la serie -quizás hubiese quedado algo forzado si nos ceñimos a la radiografía presente en las páginas de Canción de hielo y fuego-, y nos concede uno de los momentos más sutiles y gratos de todo el episodio. Tras liberarlos de sus cargantes hierros y cepos los dragones reconocen al Gnomo, tras enseñarle sus poderosas y bien armadas fauces, como una figura amistosa; una constatación de que estas bestias, pese a portar fuego en sus entrañas, son seres inteligentes. El broche de oro de la secuencia lo pone de nuevo el propio Lannister, que ante el estupor de un hierático Lord Varys -que no se ha atrevido a pasar de la puerta, antorcha en mano-, le suelta: “Si vuelvo a tener una idea semejante, golpéame en la cara”.

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Sin movernos del mismo continente -el enorme y pintoresco Essos-, nos encontramos de nuevo entre las calles de la Ciudad Libre de Braavos. Bajo la sombra del Titán, y en sus apestosos y mojados callejones llenos de pescaderos, comerciantes, mendigos y prostitutas, Arya Stark –Maisie Williams-, la Niña Ciega, sigue recibiendo golpes de aprendizaje. HBO en estas lindes, está cometiendo un error de campeonato: no están sabiendo qué ofrecer al espectador, ni sacarle partido a la ceguera de la Stark. Su historia siempre ha sido interesante por el habitual aire iniciático del héroe -o heroína, en este caso-, que va progresando en su camino luego de perder a su familia y a todo aquello en lo que amaba. Arya ha visto de todo, y precisamente, por eso, se debería haber potenciado su ausencia de visión. ¿Por qué no se han usado recursos visuales para acrecentar esa sensación de pérdida e indefensión? La niña ciega -capítulo de Danza de dragones– juega con esa percepción sensorial que podría haberse trasladado a Juego de tronos sin mucho esfuerzo, y que nos habría dado, como espectadores, cierta sensación de progreso en el entrenamiento o prueba de fe para Arya. En dos episodios simplemente la hemos visto recibir golpes por la llamada Niña Abandonada. En A casa, se intenta enmendar este particular y recurrente error con la aparición de Jaqen H’ghar –Tom Wlaschiha-, que tentándola con diferentes premios y la salida más fácil del embrollo al que aceptó entrando en la Casa de Blanco y Negro, le ofrece seguir con su entrenamiento como hombre sin rostro al haber superado -no sin cierto dolor- su primera fase como invidente.

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Volviendo al Norte, y antes de llegar a las Islas del Hierro y al propio Muro -que guarda el esperado y anhelado momento comentado al comienzo del análisis-, nos encontramos ante una de las posibles licencias creativas más polémicas para todos los lectores: el asesinato de Roose Bolton –Michael McElhatton– por el cobarde Ramsay –Iwan Rheon-. Este giro inesperado, viene introducido por una interesante conversación en la que ambos, padre e hijo, debaten las posibilidades de un hipotético asalto al Castillo Negro. Esto nos desvela un más que probable fallo de continuidad, ya que una vez más, no sabemos en qué tiempo ni momento se desarrolla la acción en la adaptación de HBO: ¿No han recibido los Bolton noticias del asesinato de Jon Nieve? ¿Mantiene la Guardia de la Noche esa noticia en secreto hasta decidir un nuevo Lord Comandante? Quizás, hablemos de un par de noches o días entre el apuñalamiento del bastardo y los hechos que están a punto de suceder en Invernalia, que marcarán un nuevo destino en el castigado Norte de Poniente.

Si recordáis las páginas de la novela, os vendrán decenas de casas, grandes y menores, vasallas, aliadas y enemigas de los Stark. Juego de tronos ha ido mostrando algunas, como los Karstark o los Umber, si bien su peso narrativo ha ido disminuyéndose hasta su casi desaparición. Sí, tenemos momentos en los que podemos ver sus blasones o personajes -casi siempre de fondo-, pero hasta ahora, varias temporadas después de la decapitación -ordenada por Robb Stark- de Lord Karstark, no ha sido cuando han vuelto a gozar de un protagonismo en primera línea. Dejando a un lado la gran conspiración norteña, entre las paredes de Invernalia, nos encontramos a un Lord Bolton pletórico ante el nacimiento de un nuevo varón, surgido de las entrañas de Walda Frey –Elizabeth Webster. Tras una línea de diálogo que vuelve a dejar en entredicho el tratamiento de Roose Bolton por parte de Weiss y Benioff –Siempre serás mi primogénito-, Ramsay decide apuñalar a su padre de la misma manera en la que el propio señor rosa le arrebató la vida a Robb Stark en los Gemelos: a traición y cuchillo mediante.

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Este suceso, que acaba con Walda y su hijo siendo devorados en las perreras ante la impasible mirada de Ramsay, vuelve a ser un evidente manifiesto del carácter impulsivo, caótico y violento del personaje en la serie. Entendemos, desde el punto de vista narrativo y de coherencia interna dentro de la estructura de la adaptación, que Ramsay funcione como contrapunto al pasivo, frío y calculado Roose Bolton. Es más: comprendemos que el Ramsay de HBO ansíe el poder y tenga miedo de perderlo ante un nuevo heredero de la casa Bolton -este tipo de comentarios incluso vienen en boca del propio Roose Bolton de los libros de Martin, en una conversación notable con Theon Greyjoy que podría haber aparecido en la serie-, pero hay maneras y maneras de hacerlo. Deshacerse de un plumazo de varios personajes de la manera más brutal y rápida posible, acrecienta la sensación de que Weiss y Benioff están haciendo confluir las tramas y los hechos de una manera un tanto precipitada -tal y como ha ocurrido en Dorne-. En cualquier caso, los resultados están ahí: Ramsay es ahora la única cabeza visible de la familia Bolton, y ahora, tiene plenos poderes como Guardián del Norte para aterrorizar y subyugar la región según sus designios y deseos.

El terreno de lo extraño y desconocido para los lectores vuelve a sacudirnos cuando de Brienne de Tarth, Podrick, Theon y Sansa hablamos. La particular trupe de fugitivos sigue bajo la nieve esperando encontrar un paso seguro y evitar a las numerosas tropas y ojos enemigos que los buscan incesantemente. Ahora que la atormentada Sansa Stark está segura bajo el amparo de la guerrera de la Isla del Zafiro -la conversación que mantienen ambas mujeres sobre lo que el destino les ha preparado es de estremecerse hasta la médula, una mirada gélida de Sophie Turner es capaz de derretir y desarmar al más valiente caballero-, Theon considera que su viaje guiando a la pelirroja a un mejor destino que bajo las garras de los Bolton, ha finalizado. Quiere y necesita volver a casa. La redención del antiguo y mutilado Hediondo, pese a sus terribles actos en Invernalia, está próxima -una vez más, el perdón en los ojos de Sansa es todo lo que parece necesitar Theon-, y puede que se encuentre bajo el techo de Balon Greyjoy –Patrick Malahide en los mojados salones de Pyke.

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Pyke. La inhóspita Pyke. Hogar de los Greyjoy. Bastión de Balon, autoproclamado rey de aquellos que no siembran. La desaparecida casa Greyjoy -que ha estado dando tumbos temporada tras temporada en Juego de tronos, ausentándose durante largos tramos de la adaptación-, vuelve a la palestra, ofreciéndonos una suerte de recapitulación y aireada conversación familiar entre el citado Balon y Yara –Asha Greyjoy en las novelas-. Lo que podría haber sido un diálogo intrascendente sirve de profunda radiografía política y militar para todas las acciones tomadas por estos peligrosos navegantes en Poniente. Por un lado, tenemos una expresa mención a la pérdida de Bosquespeso -último bastión en tierra firme de la familia-, y por otra, a la partida de rescate de la propia Yara en pos de su hermano a Fuerte Terror -una de las decisiones de guión más cuestionables de la serie en su momento-. Todo el intercambio de acusaciones termina con Yara cuestionando las decisiones de su padre, que ya terminaron una vez con la derrota de todo su pueblo en los tiempos de la llamada Rebelión Greyjoy, que buscaba instaurar de nuevo las Antiguas Costumbres e independizarse del Trono de Hierro y su domino y que acabó con la capitulación y una aplastante victoria por parte del, por aquel entonces, Rey Robert Baratheon.

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Balon, visiblemente enojado, abandona la estancia y se dirige a una de las pasarelas que comunican las diferentes torres en Pyke. En mitad de la tormenta que sacude el castillo en mitad de la noche, una enigmática figura encapuchada parece cortarle el paso. El misterioso hombre no es otro que Euron, Ojo de Cuervo, uno de los hermanos de Balon, y el más peligroso capitán que jamás haya cruzado océano y mar alguno. Su presentación en la serie es impecable. De hecho, de su boca, salen algunas de las frases más memorables del personaje, que se marcarán en los oídos de los espectadores al igual que se imprimieron en las retinas de los lectores durante Festín de cuervos. Lectores, que con este frugal encuentro bajo la lluvia, pueden confirmar una de las teorías más recurrentes en Canción de hielo y fuego: Euron Greyjoy –Pilou Asbæk está inmiscuido en la muerte de Balon.

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En Tormenta de espadas, tercer libro de Canción de hielo y fuego, surgían rumores y teorías acerca de la muerte del patriarca Greyjoy durante una peligrosa y tempestuosa tormenta, que al parecer, había resbalado desde uno de los precarios puentes colgantes que vertebran la fortaleza dede la que reinaba. De hecho, se hablaba incluso de la aparición de una extraña figura encapuchada, que muchos no tardaron en asociar a la presencia de un hombre sin rostro -o en otras palabras: un asesino profesional-. Más tarde, en Festín de cuervos, Martin quiso aproximarse a esta familia de piratas y navegantes saqueadores, narrándonos las luchas intestinas entre los clanes y capitanes que regentan las Islas del Hierro. Curiosamente, la conveniente entrada del desaparecido Euron en escena -tras largo tiempo navegando por los extraños y lejanos mares del ocaso- para reclamar el Trono de Piedramar, siempre fue sospechosa. Juego de tronos, como en más de una ocasión hemos constatado aquí, puede llegar a funcionar como complemento a la lectura de Canción de hielo y fuego, y este es un caso de manual. Las secuencias ambientadas en las Islas del Hierro todavía nos guardan un par de célebres guiños. A la mañana siguiente, y a orillas de un frío y grisáceo mar, se celebra el funeral de Balon Greyjoy, quien festejará en las estancias del Dios Ahogado su vida eterna. El solemne acto -con visas de entierro vikingo- sirve para presentarnos al personaje de Aeron Greyjoy –Pelomojado, o al menos, quien parece desempeñar su papel tras su presentación en la lejana segunda temporada-, una figura religiosa capaz de acceder a los más diversos ámbitos y clanes en las islas, implantando sus ideas y tradiciones. Es aquí, y por medio de esta vetusta figura propia de las Antiguas Costumbres, cuando nos enteramos de que Juego de tronos acabará por adaptar la esperada Asamblea de sucesión, un rito por el cual se designa al nuevo monarca y regente en las Islas del Hierro. No esperamos que la marea nos traiga las costillas del gran y viejo Nagga, pero el detalle de incorporar su mera mención es capaz de estremecer al más acérrimo y desarraigado seguidor. Se vuelve a sentir el salitre en piel y boca; se vuelve a conectar con la serie como adaptación de manera mística y telúrica.

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De las frías aguas del Norte, volvemos al Castillo Negro. Bajo la sombra del Muro, y ante la amenaza de una pléyade de cuervos dispuestos a entrar por la fuerza en la habitación en la que Davos y los fieles de Jon velan y defienden el cadáver del antiguo Lord Comandante de la Guardia de la Noche, un estruendo parece golpear la puerta de la fortaleza. De tan ancestrales y antiguos golpes y gritos, entre las astillas de la puerta que un día repelió el avance de esos mismos salvajes en clave de amenaza, irrumpe la salvación para Jon bajo la forma del pueblo libre y la figura de un enorme gigante, Wun Wun, dispuesto a poner fin al motín. Tras un breve encontronazo de espadas, y el aplastamiento por osadía de uno de los ballesteros tras alancear a la enorme criatura, Ser Alliser Thorne y los suyos, acaban dándose de bruces entre las frías paredes del calabozo. Pero en las entrañas del Castillo, en una de sus muchas habitaciones, está a punto de obrarse el milagro por el que tanto se ha rezado y pedido.

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Una derrotada y espantada Melisandre –Carice van Houten-, que parece haber perdido la fe luego de sus -según ella- erradas visiones, es la única esperanza de un desesperado Ser Davos Seaworth –Liam Cunningham– que vuelca sobre ella todas sus aspiraciones y deseos. La confrontación existente entre ambos consejeros de Stannis Baratheon se aparca por motivos mayores: Seaworth entiende que hay que ir más allá de las trincheras en pos del bien común, y Nieve, encarna dicha figura. Aquí podemos encontrarnos ante una posible contradicción moral, ya que Davos, desde su propio púlpito en la corte de Stannis, ha criticado los actos mágicos perpetrados por la mujer roja en el pasado. Pero al mismo tiempo no hay que olvidar que pese a su honradez y constante debate escéptico en estas lindes, hablamos de un contrabandista capaz de adaptarse al viento que mejor sople siempre y cuando eso no implique hacerle daño al inocente. Acorralada por los constatados milagros -y pesadillescos frutos surgidos de su vientre- que ha llegado a verle obrar, Melisandre accede a ayudar al Caballero de la Cebolla: intentarán traer al reino de los vivos al fallecido bastardo. En este preciso instante, un resorte surge entre los más profundos recuerdos del espectador: una cueva; un sacerdote rojo; el último beso; el beso de la vida. Un rayo de luz cruza el rostro del televidente que vuelve a creer.

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Son estos minutos finales de A casa, los más esperados y deseados por todos. Un tramo de pura e íntima orfebrería audiovisual. Atenazantes, están cargados de una potente atmósfera de imaginería religiosa inconfundible: el cuerpo cerúleo de Jon Nieve –Kit Harington– sobre la tabla, ataviado con un simple sudario tapando sus partes nobles, es el prontuario visual expreso de la descripción de un mesías a punto de volver a la vida. A su alrededor, un séquito de fieles y seguidores -Tormund, Edd, Davos, la propia Melisandre- velan su muerte y anhelan su resurrección entre tinieblas. Es imposible no vincular la imagen con un cuadro anónimo en óleo propio de la escuela pictórica holandesa. El eccehomo ponienti, atormentado, y en cuyo abdomen se encuentran sendas puñaladas como señales de sus propios pecados cometidos como Lord Comandante, recibe las correspondientes oraciones en alto valyrio provenientes de los labios de la hechicera de R’hllor.

El ritual en el que lava y corta los cabellos del yaciente de manera metódica y delicada, y en el que realiza una mística imposición de manos sobre el pecho, parece no funcionar. Nieve sigue en la mesa, exánime. Ajeno a todo lo que le rodea. En el otro lado. Melisandre repite una y otra vez sus plegarias, anhelando que de resultado de una manera u otra. Desviviéndose por lograr el objetivo que se le ha encomendado. Uno a uno, y tras el fracaso de la bruja, los amigos del difunto abandonan la habitación. R’hllor le ha vuelto a fallar. O peor: quizás no sea digna. Quizás todos estos años a su servicio, hayan sido en balde. La sacerdotisa de rojo, derrotada, cierra la puerta. La estancia, vacía. Únicamente custodia el cadáver de su amo Fantasma, el níveo lobo huargo, quien entre lamentos y gemidos, se percata de que algo está cambiando. Sobre la yerta tabla, Jon abre los ojos; inhala una larga y pesada bocanada de aire de nuevo; un hálito de vida sacude la sala; vuelve a nacer después de haber muerto.

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About albertoponiente

Twittadano del mundo. Cinéfago empedernido, escritor moderado. Colaborador y crítico en @vandalonline, @cinefiloes y @appleadictos

2 responses to “El dulce hálito de la resurrección: impresiones sobre ‘A casa’”

  1. LoboHuargo says :

    Balon muere en el tercer libro, Tormenta de Espadas.

    Y las teorías de su muerte salen de la Bruja de Alto Corazón, en un capítulo de Arya, también en Tormenta de Espadas.

    Un Saludo.

  2. Xav says :

    ¿Para cuando más publicacioes? Las esperamos ansiosos.

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