Consecuencias y aceptación: impresiones sobre ‘La mujer roja’

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La vuelta de Juego de tronos es el evento televisivo que define y marca la temporada para millones de almas y espectadores, que se desviven por saber qué será lo siguiente entre la pura ansiedad consumista y el afán efervescente del más fanático y ávido lector de Canción de hielo y fuego. Tras las dolorosas puñaladas que nos asestaron en el último capítulo, el show de HBO vuelve con una premisa tan atrayente como terrorífica: nada está escrito. Spoilers.

Uno de los motivos de la creación de Atalaya de Poniente, fue la imperiosa necesidad de ofrecer un punto de vista lo menos sesgado posible -pese a la virtual imposibilidad de este hecho- en cuanto a la adaptación televisiva de HBO. No era una cuestión baladí, pues en su momento, por doquier encontrábamos blogs y páginas de gran calado, que lo mismo te contaban qué había pasado en una serie que en otra, todo, en cierta manera, desde un punto de vista un poco informal. Hay grandes excepciones, como siempre suele ocurrir, pero se podía ir más allá. Cuando se ama tanto una serie de novelas y se cuenta con una adaptación de semejante calado, qué menos que aportar algo más al capítulo en cuestión en emisión. Qué menos que brindar una perspectiva algo más amplia usando como respaldo lo que George R.R. Martin nos ha ido regalando de su puño y letra -o tecla-.

La pasada quinta temporada de Juego de tronos, sirvió de epítome para lo mejor y lo peor del formato de HBO. Mostró momentos de inusitada lucidez -seguro que algunos se recordarán como historia de la televisión, aunque dicho término esté cada vez más desvirtudado- y otros, de la más ramplona y desfigurada escritura. Enumerar los fallos y aciertos, cuando están a estas alturas más que asimilados, es poco menos que un ejercicio de frivolidad recreativa, deporte al que muchos de los considerados aficionados a la serie parecen estar inscritos como profesionales federados.

El primer capítulo de esta sexta temporada, La mujer roja, se presenta auspiciado por uno de los taglines promocionales más estremecedores de cuanto hemos podido ver en esta humilde atalaya: nada está escrito. Tan lícito como cierto, la nueva tanda de capítulos de Juego de tronos vienen en esta ocasión con una base literaria prácticamente inexistente, sin que esto deba ser algo negativo. Todos sabemos que el siguiente libro de la serie Canción de hielo y fuego está sin terminar o publicar, y que dado el apresurado ritmo de adaptación de Dan Weiss y David Benioff -amos y señores de este Poniente televisivo el suyo-, a George R.R. Martin no le ha dado tiempo -algo relativo, como bien sabréis los aficionados y seguidores del escritor- a tener listo Vientos de invierno para poder sustentar una nueva temporada.

Sería un tanto estúpido debatir qué está escrito y qué no, pues ya conocemos el funcionamiento que serie y libro desempeñan como tangentes exteriores que únicamente se tocan en el momento y punto exacto. Es precisamente lo que cualquier lector y aficionado a Canción de hielo y fuego debería tener claro: habrá cosas que se parecerán, cosas que no, y otras, que probablamente no lleguen a verse en las páginas de la novela jamás. Martin ha sido claro, Weiss y Benioff han sido claros y los resultados de los últimos episodios hablan de manera cristalina sobre ello.

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La mujer roja comienza como debería hacerlo: con un largo plano que se acerca, de manera inexorable, al triste y fatídico resultado del capítulo anterior, Misericordia. Con un aullido y llanto ahogado proveniente de Fantasma, y con el Muro reflejando los tímidos y fríos rayos del sol que bañan la parte norteña de Poniente, nos inmiscuimos en el patio de armas del Castillo Negro. Testigos como fuimos del fatídico apuñalamiento coral al Lord Comandante de la Guardia de la Noche por sus cuestionables decisiones con respecto a los salvajes, Jon Nieve yace sobre el, ahora granate, helado y congelado suelo. Varios meses después, tras insufribles artículos, imágenes, sospechas, conversaciones y debates, es imposible no estremecerse ante el inerte cuerpo del cuervo bastardo. Es como revivir un amargo recuerdo que de repente, y sin previo aviso, nos golpea en la cara al rememorar un olor, una frase, una canción. Sentimos cada una de las puñaladas a Jon en su momento, y ahora, con la cicatriz cerrada, volvemos a sentir la fría hoja clavándose en nuestro pecho. Cuchillos en la oscuridad.

Jeremy Podeswa, director del episodio -una de las más recientes incorporaciones al elenco técnico de Juego de tronos-, consigue que los numerosos meses pasados entre el final y el arranque de una temporada y otra, se hayan convertido en apenas horas. Es la magia de la narración cinematográfica en su máxima expresión, en lo que creemos que es uno de los aciertos más grandes de todo el episodio, y que sirve -junto a otros ejemplos que veremos más adelante- como reenganche para todos los espectadores. Ver a un atribulado e inquieto Ser Davos Seaworth -un Liam Cunningham al que jamás seremos capaces de agradecer todo su soberbio trabajo como Caballero de la cebolla- bajar de forma apresurada las escaleras cuando es consciente de que algo va mal.

La trama del Castillo Negro, el asesinato de Jon Nieve, sus consecuencias y debates ocupan gran parte del episodio con especial predominancia. El guión de Weiss y Benioff se desarrolla con tranquilidad, sin tener que jugar con una explosión absurda de emociones, gritos y entrechoques de espadas. Tenemos incluso una especie de Motín en el Bounty en la que el propios Davos, conocedor de los odios suscitados por Nieve y sus decisiones, decide rodearse de los fieles compañeros y amigos que han seguido al bastardo en sus buenos y malos momentos. Eddison Tollet, nuestro Edd el Penas, sirve de capitán de los cuervos renegados orquestados por Seaworth, y encarnando el papel de emisario, parte en busca de ayuda de aquellos a los que Jon salvó bajo su mandato y liderazgo. Ser Alliser Thorne –Owen Teale-, cabeza visible de la rebelión contra el Lord Comandante omandante bastardo, lidera una rebelión en el peor momento posible, cuando sus tribulaciones sobre la naturaleza de la actitud de los salvajes es el menor problema de los que se ciernen sobre el Muro, el Norte y toda Poniente. Un detalle: podéis comprobar el excelente tratamiento del personaje en la pantalla cuando, en pleno debate sobre el hecho del asesinato de Nieve, Thorne llega a defender la postura tomada como el único camino posible ante los supuestos errores bajo el mandando del anterior comandante. Otro: la conversación que mantienen Davos y él, rústica puerta de madera mediante, sobre las condiciones de una supuesta rendición de los fieles a Jon.

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En el Norte, la situación geopolítica ha vuelto a cambiar tras eliminar las fuerzas de los Bolton, bajo la capitanía del bastardo de Roose Bolton, al mermado ejército de Stannis Baratheon. El asalto a Invernalia, cuna de los Stark, terminó bajo un fracaso estrepitoso para los hombres del legítimo rey de Poniente. La batalla se resolvió de una manera inteligente -aunque algo abrupta- en pantalla, pero más tosca y poco cuidadas nos parecen las consecuencias de la misma. Sí, veíamos como un grupo de jinetes y soldados de caballería emboscaban y cargaban contra Stannis, para posteriormente, vislumbrar al pobre de Stephen Dillane siendo ajusticiado -malherido y malhumorado- entre los troncos de un silencioso bosque plagado de cadáveres entre la nieve por Brienne de Tarth.

Juego de tronos juega siempre con la alusión en estos casos, pero no hubiese estado de más disfrutar de una serie de certezas que evidenciaran la aplastante victoria de los Bolton. Un plano con algún que otro soldado entrando en Invernalia aprisionado y dando la información necesaria a sus captores. Un recuento de heridos. Algo. Weiss y Benioff se limitan aquí, casi exclusivamente, a repetir una de las numerosas secuencias entre padre e hijo, con Roose felicitando a Ramsay sobre su aplastante victoria, dejando claro que no se trata de una de las que se consideren decisivas. Sí, han esquivado la más cercana de todas las amenazas que se ciernen sobre Invernalia, pero sobre los Bolton recae aún el terror de la presión de la familia Lannister una vez se confirmen estratagemas con respecto al matrimonio de Ramsay con Sansa Stark -que recordamos, es clave para asegurarse la consecuente lealtad de la gran mayoría de casas norteñas-. Un ejército pertrechado y avituallado por los Lannister de Roca Casterly no será un rival tan fácil. La huída de Sansa Stark es, por lo tanto, el mayor de los problemas para ellos en estos momentos.

La loba pelirroja -Sophie Turner-, que con el paso del tiempo había conseguido convertirse en una mujer fuerte tras sufrir en sus carnes las penurias de un viaje duro y de las peores compañías posibles, es ahora un animal herido, temeroso y asustadizo, que corre entre las cada vez más espesas y profundas nieves del Norte. Ramsay la ha marcado de la peor manera imaginable, dentro y fuera, pero la figura de Hediondo, un nuevamente alzado Theon Greyjoy –Alfie Allen-, la insta a escapar de las garras de su tortuoso amo. Sophie Turner es capaz de modular el impertérrito y frío rostro de Sansa durante las últimas temporadas por uno más atribulado, temeroso y débil, que nos recuerda que bajo la piel de lobo, se esconde una criatura inocente que se ha visto forzada a adaptarse a un mundo y a un juego que todavía no conoce ni entiende. Su carrera bajo la persecución de los lobos y perros de Ramsay -sus mejores hombres, en teoría- nos recuerda a esas antiguas películas en las que la princesa se escapa de su retorcido y malvado raptor y príncipe, esperando caer en manos de su verdadero amor. Aquí, su rescatadora no es otra que Brienne de Tarth –Gwendoline Christie-, que justo en el momento en el que los chuchos y rastreadores parecen haberle dado caza, aparece, fiera y veloz a salvarla de sus dientes y lanzas.

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En estos minutos, volvemos a entender el talento de Juego de tronos como serie de televisión a la hora de ofrecer momentos que enlazan y escarban directamente en los cimientos y hechos que se plasmaron en el pasado. El abrazo redentor de Theon y Sansa, bajo las raíces de un árbol caído, y el aliviado rostro de Brienne -emotivo su juramento tras el rechazo recibido cual puñal en la famosa Posada de la encrucijada por la misma Stark ante los ojos de Petyr Baelish- ejemplifica a la perfección lo que se esconde tras una obra de ficción ampliamente defenestrada por ciertos sectores -y desde determinados púlpitos- bajo el siempre seguro paraguas del anonimato que proporciona internet. ¿Hacia dónde se dirigirán los caminos de Brienne, Podrick, Sansa y Theon? Aunque es difícil aventurarlo, parece que Dan y David, han querido trasladar una parte esencial del viaje de la Doncella y Podrick a través de las convulsas Tierras de los Ríos -uno de los pasajes más entretenidos de Festín de cuervos, ya que servía para enarbolas una pragmática visión de los horrores de la guerra en los más diferentes estamentos sociales de Poniente-, así que con estos datos, podemos hacer ciertas conjeturas. La única diferencia -gran diferencia, no obstante- es que Sansa los acompañará. De Theon, lo más probable es que nos encontremos con una pieza ideal para presentar y volver a introducir a los Hijos del Hierro en la trama, que serán fundamentales para el desarrollo de la sexta temporada.

Si por algo será recordada -tristemente recordada- la quinta temporada de Juego de tronos, será por haber dado a luz a su propio hijo de la oscuridad: Dorne. La presentación de un nuevo reino, el más sureño de Poniente, y la entrada en escena de Doran Martell y las Serpientes de Arena, supuso un hito negativo en el recorrido narrativo de la serie de HBO. Si bien podíamos entender los sacrificios de la adaptación, y la lógica dicta que tenían que ser muchos dados los antecedentes sembrados por Weiss y Benioff en temporadas anteriores, ni sus guionistas ni sus responsables técnicos -que también tienen algo de culpa- han sabido captar bien la esencia de Dorne y las intrigas acontecidas en el seno de la familia Martell. Todo parecía impostado; falso. Cuando parecía que nada podía ir a peor, y que la trama sureña de Juego de tronos había tocado fin -no éramos pocos los que creíamos que todo iba a quedar en un patinazo anecdótico después de ver el amargo final con la muerte de Myrcella en el viaje de vuelta a Desembarco del Rey-, La mujer roja nos presenta de nuevo a Doran y Ellaria paseando por los Jardines del Agua -en esta ocasión, localizados en Almería y su Alcazaba- con una conversación que vuelve a hacer sangre en una herida que no había sido suturada correctamente.

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Sí, sabemos que Ellaria ha servido de canalizador del cercenado personaje de Arianne Martell, tal y como comentamos varias veces durante la pasada temporada. Nos pareció, en su momento, incluso una decisión lógica: encarnación perfecta de la mujer aguerrida y dorniense, en loable yuxtaposición con respecto a la pausada, fría y calculadora estrategia sibilina de Doran Martell. Había métodos, argumentos y bases para elaborar un personaje acorde a la figura literaria. Desgraciadamente, lo que debía ser ímpetu, se confundió con ira, y lo que tendría que ser una venganza plausible, se convirtió en tozuda carnicería. El asesinato de Doran en este primer capítulo de la sexta temporada a manos de una irascible Ellaria, justo cuando recibe el mensaje de Desembarco del Rey, es un momento francamente deleznable. ¿A santo de qué contratar a un actor de la talla de Alexander Siddig para encarnar al patriarca de los Martell si apenas dos episodios después lo vas a apuñalar? ¿Para qué perder el tiempo en Dorne? La secuencia deja de tener toda lógica cuando se abate a un hombre del tamaño de Areo Hotah con una simple daga por la espalda, y cuando los guardias reales de palacio, se quedan completamente parados ante el regicidio que se está cometiendo delante sus ojos. ¿Cómo es posible que una docena de soldados entrenados para proteger a su patriarca permanezcan impasibles? ¿Tan convincente es el nulo e inexistente argumento de Ellaria? Además, ¿qué necesidad había de matar a nadie cuando, en vista de la capacidad disuasoria de la viuda de Oberyn Martell, no hay soldado ni hombre que se le interponga?

El más difícil todavía, porque parece dejar como tontos a los espectadores, es el truco de colocar a dos de las Serpientes de Arena en el mismo barco que ellas mismas vieron partir, con volátiles vestidos de seda, al final de la anterior temporada. No hablamos de una nave grande, ni mucho menos, pero parece que ambas vengadoras han tenido el suficiente tiempo en el trayecto de Lanza del Sol a Desembarco del Rey -un trecho por mar en medidas ponienti- para cambiarse y permanecer ocultas, perfectamente avitualladas para que nadie repare en su existencia. ¿El motivo? Asesinar al heredero de los Martell, Trystane, en lo que supone ¡otra! nueva afrenta a la coherencia narrativa en el arco centrado en Dorne. Además de incluir una de las líneas más lamentables jamás escritas en la serie -¡Eres una zorra avariciosa!-, la secuencia está tan francamente mal planificada que parece más digna de una película de baja estofa que de un supuesto producto televisivo premium como lo es Juego de tronos.

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La explicación más sencilla a esta serie de argucias y violentas acciones conspiradoras para Dorne es la más probable de todas: estamos ante una económica gestión de recursos narrativos por parte de Weiss y Benioff. O dicho de una forma un tanto más prosaica: es una huida hacia adelante en una trama que ni ellos mismo se han molestado en volver a escribir de manera lógica para la nueva temporada. Esto deja en evidencia el mal tratamiento que recibió la línea narrativa en la anterior tanda de capítulos, y habla mal de la supuesta planificación de ambos guionistas -que consta, es minuciosa- de cara al futuro. Dorne se hunde cada vez más, y con cada nuevo movimiento, diálogo y secuencia, parece peor. El cambiar una pieza por otra no siempre funciona, y el desbarajuste parece irreparable. Pero no es todo tan malo, ni mucho menos. Sabemos que es muy fácil recrearse en la crítica destructiva, pues produce una cierta sensación onanista muy gratificante, pero no siempre se reconocen los aciertos. El guión de la dupla D&D consigue impregnar de un ritmo soberbio a otras partes del episodio. Un guión que consigue, por primera vez en mucho tiempo, ofrecer a los lectores una tabla rasa a la hora de equiparse con los espectadores. Volvemos al eje que marcará todo: nada está escrito.

En Essos, tenemos hasta cuatro grandes tramas, de las que nada sabemos más allá de Danza de dragones, y en las que se ha ido avanzando de manera muy distinta -y a velocidades diferentes-, con los obvios cambios acaecidos en capítulos anteriores. Por una parte, y tras la muerte de Ser Barristan Selmy, y la ausencia de Daenerys Targaryen –Emilia Clarke-, observamos a Tyrion –Peter Dinklage– y Varys –Conleth Hill– intentando capear el temporal que se cierne sobre Meereen. La ciudad esclavista se encuentra en crisis, y con el paseo por sus calles, el eunuco y el enano descubren los males que carcomen a la urbe de las pirámides y los reñideros. La decisión de mantener a Varys junto a Tyrion no es plato de buen gusto para el grueso de aficionados, pero hay que reconocer que la química que mantienen los dos en pantalla -chistes y chanzas a un lado- funciona para atraer la atención del espectador más profano, que de otra manera, se acabaría hastiando y suspiraría cada vez que tocase la trama de Meereen. La excusa de colocar a R’hllor y sus sacerdotes predicando en callejones ante un pueblo que se siente desamparado, maldito y desdichado sin su reina, es una inteligente forma de añadir una capa de unidad religiosa a todo el capítulo, que de paso, conforma y recuerda al aficionado que todo se reduce, juegos de tronos a un lado, al eterno conflicto: luz contra oscuridad.

Más simple, aunque igual de efectista, parece la decisión de quemar las naves. Sin caer en el chiste fácil -David y Dan han quemado las naves en cuanto a guiones y tramas a lo largo de sus varios años como responsables de la serie-, la idea de prender fuego a la flota meereense tiene una explicación: si destruyes la vía de escape hacia Poniente, obligas a los personajes que residen en la ciudad a permanecer atados a ella. Además, y como el más avezado lector sabrá, dicha ausencia de poderío naval puede ser la excusa perfecta para preparar el terreno a cierto personaje y su flota de naves. En cuanto a Jorah Mormont –Iain Glen– y Daario Naharis –Michiel Huisman, Ethan, protagonista de Centauros del desierto, estaría orgulloso. Su trama en búsqueda de Daenerys, si bien tiene pinta de ser un pequeño añadido para dotar de matices de persecución y esperanza el particular viaje iniciático y de regresión de la reina de plata, parece cuajar, regalándonos unos diálogos muy bien avenidos. Diálogos, que queremos recalcar, son poco menos que excelentes en cuanto viajemos con los señores de los caballos del mar de hierba dothraki. Guiño a los Monty Phyton a un lado -¿qué han hecho los dothraki por nosotros?-, la presentación de este particular khalasar apócrifo que mantiene cautiva a Daenerys ha acabado por cuajar de una manera en la que casi ninguno esperábamos. Los aciertos de casting de Nina Gold son conocidos por todos, pero el nuevo Khal Joqo tiene visas de ser algo más que un simple ruido de fondo en la trama de Dany. Habrá que ver si el viaje por el desierto dothraki y la vuelta a Vaes Dothrak para confinar a Daenerys Targaryen en el llamado dosh khaleen –lugar en el que todas las viudas de los khal viven confinadas– sirva para algo más que como simple excusa narrativa.

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Desembarco del Rey también esconde, entre los criptas del gran Septo de Baelor y las murallas de la Fortaleza Roja algún detalle a destacar. No nos engañaremos de forma condescendiente, pues los minutos dedicados del episodio a este arco narrativo, en el que la Fe Militante y los Gorriones, así como las consecuencias del desvarío de Dorne están tan presentes, son mismamente eso: reajustes y recapitulaciones para sus protagonistas. Si la conversación entre Margaery Tyrell -Natalie Dormer- y El Gorrión Supremo –Jonathan Pryce– sirve para sembrar los orígenes de un posible conflicto y una hipotética redención a largo plazo, la trágica llegada de Jaime Lannister –Nicolaj Coster Waldau-, con el cuerpo de su hija yaciente, ayuda a rememorar la secuencia de la partida de Myrcella Baratheon hacia Dorne en la segunda temporada. Mucho ha llovido, y mucho ha cambiado. La composición pictórica tiene ecos de aquella -el barco llegando a puerto entre gran silencio y con el rostro impertérrito y casi cabizbajo de Jaime como portador de malas nuevas entre silencio en lugar de los llantos de la pobre Myrcella cuando partió-, algo que es digno de alabar. Menos correcta nos parece la conversación entre los gemelos, ya que, aunque el peso de la profecía parece -¡por fin!- pesar sobre Cersei Lannister –Lena Heady-, la decisión de Weiss y Benioff de dulcificar la relación entre ambos, cercenando cualquier conflicto y reduciendo las posibilidades de rotura pese a lo dramático de los hechos que los rodean, puede llegar a ser discutible.

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Sin entrar en agravios comparativos con los visto en Festín de cuervos e incluso Danza de dragones, la idea de una Cersei venida a menos por su cautiverio y paseo de la vergüenza a través de las tortuosas calles de Desembarco del Rey, no termina de convencer. Sí, suponemos que la leona de la Roca ha debido pasar un suceso de expiación e introspección, y que la pérdida de una hija debe ser el punto determinante para abandonarse y evadirse de la realidad -ya casi no le queda nadie en quién confiar o a quién querer, la profecía se cumple y su destino está escrito-, pero dados los tumbos que se han visto en la evolución de la Lannister, todavía no parece claro que sea la mejor forma de tratar al personaje en pantalla. Más ilógico -si cabe- puede llegar a parecer el Jaime Lannister de la serie, el que tanto evolucionó en las tres primeras temporadas para volver al punto de inicio en la cuarta y proseguir por un sendero de dudas que ha acabado siendo un mero escaparate. ¿Dónde quedó el taimado, redimido y justo Jaime? De ser independiente y vanidoso a herido león, para volver a los brazos de Cersei. Una contradicción derivada del deseo y el amor que sienten el uno por el otro que quizás habría sido interesante de ver en pantalla, pero que ha terminado por defraudar y quedarse en agua de borrajas, si bien, teniendo en cuenta los tumbos que dan ambos personajes, puede llegar a destinos imprevisibles de un capítulo a otro.

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Las llamas en Juego de tronos forman crepitantes siluetas que muchas veces, entre claros y oscuros, engañan incluso al lector más versado. Otra veces, edifican claras imágenes que se cumplen varios capítulos -o temporadas- después. Es el caso perfecto de los últimos minutos que nos reserva La mujer roja. La bruja roja, Melisandre, ha sido uno de los personajes más controvertidos, malentendidos y complejos de toda Canción de hielo y fuego. Tanto, que ante el odio suscitado por muchos lectores y aficionados, el propio George R.R. Martin ha salido a defenderla y explicar sus decisiones, acciones y comentarios. Si bien podemos trazar dos perfiles distintos en la Melisandre de la serie y los libros, lo cierto es que el personaje interpretado por Carice van Houten ha sido más que satisfactorio en la mayoría de las ocasiones. Durante temporadas guió el avance como luz y referencia para Stannis Baratheon, y por doquier caímos en sus dotes místicas, sus profecías y sus augurios, que se cumplían uno tras otro de maneras evidentes e incuestionables. La mujer de rojo, sombra de Stannis, garante de sus triunfos, no fallaba. Hasta que lo hizo.

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La quema de Shireen y la posterior debacle de las fuerzas militares de su campeón elegido, crearon un conflicto interior dentro de Melisandre de la que hemos visto hoy sus consecuencias. Melisandre tiene un papel fundamental que desempeñar, pero lo ha estado haciendo de la manera equivocada durante muchísimo tiempo. Y es precisamente eso, sus errores continuados, sus fallos, los que la acaban hiriendo de muerte en su impasible carácter y orgullo. El poder verla en la intimidad de sus aposentos, derrotada física y mentalmente, es el epítome perfecto para Weiss y Benioff a la hora de mostrar su verdadero aspecto; su humanidad. Se le ha calificado de golpe de efecto, y sí, lo es. Es incluso un recurso de guionista trilero -ahora tengo el collar puesto, ahora no, ahora funciona, ahora no-, pero encaja y funciona a la perfección. Melisandre, rostro de juventud, atractivo irresistible para reyes, bastardos y hombres de toda condición y alcurnia, es un ser decrépito y anciano de más de cuatrocientos años de edad. ¿Qué mejor manera de mostrar lo débil y humana, que en el fondo es Melisandre que mostrándola tal y como R’hllor la trajo al mundo? Carcomida por sus errores y con las llamas de una hoguera a sus espaldas que parece extinguirse en cualquier momento; tal y como lo hacen sus propias y otrora prístinas convicciones. La mujer roja se muestra en estos instantes finales como lo que realmente es: una mujer esclava de su propio cuerpo y de su longeva y tortuosa existencia.

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Twittadano del mundo. Cinéfago empedernido, escritor moderado. Colaborador y crítico en @vandalonline, @cinefiloes y @appleadictos

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