Recapitulación, expiación y trágico término: impresiones de ‘Misericordia’

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Es complicado despedirse de una serie, y más si hablamos de una con tanta profundidad y riqueza como Juego de tronos. La quinta temporada de esta cada vez más grande producción de HBO, dice adiós hasta el próximo año dejándonos un poso de sentimientos enfrentados. ¿Ha sido su último capítulo, Misericordia, un episodio merecedor de todos los elogios y vítores? Siendo honestos, y quitando un par de problemas y desbarajustes, sí. Misericordia es un capítulo duro, oscuro, trágico y sobre todo, estremecedor. Muestra fehaciente de que Juego de tronos, cuando dispone con inteligencia de sus provechosos ingredientes y piezas, es arrebatadora y suprema. Spoilers.

Es el trago más amargo para cualquier aficionado a las series de televisión, y sobre todo, para aquel que disfruta con una obra como Juego de tronos y a la postre, de una saga literaria como Canción de hielo y fuego. Dada la particular estructura del  ejercicio fantástico comandado para la pequeña pantalla por Dan Weiss y David Benioff, la llegada de una season finale en Juego de tronos significa dos cosas: una, el término de una temporada, y otra, la resolución -generalmente amarga, y en tono pujante- de todas -o casi todas- las tramas abiertas durante sus nueve capítulos anteriores. La quinta temporada de Juego de tronos ha sido el objetivo de las más mordaces y severas críticas, algunas completamente justificadas -sobre todo desde del punto de vista del conocedor y erudito de las novelas en las que se basa-, y otras tantas, desmesuradas.

Es la tónica que ha ido destilándose en páginas, blogs, cuentas oficiales y demás canales con repercusión desde el mismo inicio de esta tanda de episodios: un contraste excesivo, ruidoso y desmedido de lo mejor y lo peor, tanto por parte de sus showrunners como por la de los lectores. No entraremos ahora en valoraciones que puedan parecer demasiado vagas y globales de lo que ha sido esta quinta temporada -básicamente, porque podéis leer en Atalaya de Poniente todas las entradas pormenorizadas de los capítulos anteriores y disfrutar de una obra con mayor cohesión que cualquier resumen que se os brinde desde aquí-, pero sí es momento de comenzar a pensar en qué se ha fallado y qué ha funcionado dentro de los mecanismos inherentes a la adaptación televisiva de la popular hazaña escrita por George R.R. Martin.

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Misericordia es, vaya por delante, un capítulo más completo y equilibrado que Danza de dragones, el decepcionante episodio anterior. Aquí se produce una circunstancia curiosa, y es que, siendo exactamente el mismo equipo creativo el que se esconde detrás la cámaras -esto es, David Nutter en la dirección, y Weiss y Benioff a los mandos del libreto-, nos encontramos ante un producto televisivo más inteligente y sopesado, contenedor de la, posiblemente, mejor secuencia de toda la serie. Esto último puede sonar a cliché –Juego de tronos compite siempre consigo misma- e incluso trivial, sobre todo tras disfrutar de toda aquella explosión de acción que retenía el octavo, Casa Austera. Pero Misericordia es eso -en menor medida-, y algo más. Es Juego de tronos en las distancias cortas, es Juego de tronos -o mejor, Canción de hielo y fuego– en el interior y el exterior de sus personajes y situaciones. No hay nada como Misericordia en toda la producción que nos atañe.

Misericordia supone un punto de inflexión para la serie en multitud de frentes y aspectos. Aspectos que definirán por completo el futuro de la serie, y su utilidad o papel como adaptación en el incierto horizonte que se nos avecina. Porque, seamos sinceros: a tenor de los cambios vividos en estos compases de la quinta temporada, Juego de tronos comenzará a divergir de una manera cada vez más pronunciada con lo escrito por George R.R. Martin, con todo lo que eso implica. Esto último no tiene connotaciones negativas en un principio, ni mucho menos, más allá de los conflictos internos que viviremos como aficionados y lectores en futuros acontecimientos y capítulos. Pero hay que ir haciéndose la idea, más y cuando, tenemos ciertos precedentes que pueden estremecer al más pintado, impertérrito o hierático fanático.

Sí, puede sonar a curar y vendar antes de producirse la herida, pero es la mejor manera que tenemos ahora mismo de hacer frente a lo que senos viene encima. Es el momento de que vayamos gestando y perfilando de manera individual y personal una idea de la que ya es imposible escapar ni ocultarse. La futura sexta temporada será una argamasa de hechos reciclados de las novelas publicadas -tenemos atisbos de hacia dónde irán ciertos argumentos-, unos cuantos detalles y tramas de invención propia por parte de HBO y de un batiburillo de elementos, arcos e ideas extraídas de las continuas conversaciones de los productores y guionistas de la serie con el propio George R.R. Martin. Sí, Vientos de invierno aparecerá en el algún momento como novela y compendio escrito, y sí, Juego de tronos tendrá algo de su contenido en la sexta temporada. Es inevitable. Es por lo que hay que recalcar algo, usarlo como adarga y protección, y repetirlo como mantra hasta que lo asimilemos en la más profunda connotación imaginable: Canción de hielo y fuego es una cosa, Juego de tronos otra. Y a día de hoy, ambas comienzan a tener importantes diferencias pese a convergir y convivir en un universo similar en cuanto a personajes y situaciones.

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Como episodio de cierre, Misericordia contiene algunos de los momentos y circunstancias más memorables de Danza de dragones, quinto y último libro disponible hasta la fecha de Canción de hielo y fuego. La expectativas, como lectores y amantes del universo de Poniente y más allá, eran altas. Weiss y Benioff y David Nutter tenían, como es lógico, que cerrar sin premura ni prisa todos los hilos desarrollados a lo largo de una de las temporadas más ambiciosas y desmesuradas. Y aunque en el pasado este trío creativo había regalado varios episodios de gran calidad –Las lluvias de Castamere-, el anterior capítulo había dejado un sabor muy amargo en realización y escritura, consiguiendo dejar insatisfechos y muy enfadados tanto a espectadores como lectores. El recelo, horas antes de la emisión, era palpable.

No es momento para volver a hacer sangre en una herida que ya comienza a cicatrizar, pero recordad los infames precedentes:¿Cómo se podía echar a perder un personaje como Stannis Baratheon en apenas unos minutos? ¿Por qué el clímax en Meereen con Drogon y Daenerys, uno de los más aplaudidos en Canción de hielo y fuego, no terminaba de funcionar en pantalla? ¿De verdad Dorne no iba a despegar bajo ningún concepto? En definitiva: sendas dudas e ingentes cantidades incertidumbre se cernían sobre nosotros, plasmando sobre el horizonte extrañas y oscuras figuras en la mente de todos los espectadores y lectores. Gracias a R’hllor, Misericordia, pese a sus pequeños traspiés -conocidos por todos, y de los que ya hemos tenido constancia con anterioridad-, ha acabado siendo toda una notable y redonda producción que arregla y enmienda algo de felonía perpetrada en el anterior episodio, y que supone un nuevo hito dentro de los cánones del show de televisión.

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Misericordia comienza, paradójicamente, con el deshielo -en un bellísimo plano, en el que observamos a Melisandre, la bella Carice Van Houten, admirar unos goteantes témpanos de hielo- en pleno invierno. El sacrificio de la princesa Shireen Baratheon ha tenido los efectos deseados, y la bruja roja corre hacia las dependencias de su rey para avisarle que la ventisca que los retrasa y retenía en terreno enemigo, ha pasado de largo. Ante semejante buena nueva Stannis Baratheon decide marchar hacia Invernalia, cuando es consciente de que varios de sus soldados le esperan con dos malas noticias. La primera de ellas es relativa a las tropas. La mayoría de sus mercenarios han decidido desertar tras los fatídicos hechos vividos con la pira de fuego de Melisandre, principalmente por pertenecer a credos religiosos distintos a los de la sacerdotisa de Asshai -si recordáis bien, algunas de las caras de los soldados de fortuna eran dignas muestras de rechazo, odio y miedo-. Con la deserción de los soldados pagados con el dinero de Braavos se pierde la caballería que ya salvó el Muro en su día, dejando al ejército de Stannis Baratheon -Stephen Dillane- diezmado y sin un apoyo vital sobre el terreno. Pero Stannis es un hombre decidido -de forma retorcida en la serie, pero decidido-, y piensa continuar con sus planes de conquista y asedio. No hay opción de retirada estando tan cerca del final.

La otra aciaga noticia es bien distinta, y entra en un plano personal. En una secuencia trágica y exquisita, uno de los lugartenientes de Stannis Baratheon lo acompaña a un apartado recodo, lleno de árboles desnudos y retorcidos. Únicamente con el rostro de Dillane -al que le sienta bien todo el cariz trágico y oscuro de su personaje en la adaptación, que todo hay que decirlo-, el espectador ya comienza a interiorizar que es lo que está viendo el otrora legítimo rey de Poniente -tras el capítulo nueve, cuesta considerarlo como tal en la serie-. Colgada de las ramas de un árbol, se encuentra Selyse, su esposa, que incapaz de manejar la pena de la pérdida de su hija, ha decidido quitarse la vida. Es otra de las grandes diferencias de la serie con respecto a los libros de Martin, pero es justo reconocer que funciona como ingrediente dramático. Es una consecuencia lógica a lo sucedido con Shireen, aunque en el fondo todo alude a unos motivos más prosaicos: HBO, y en concreto, Dan Weiss y David Benioff, quieren dar por terminada la trama de Stannis en su adaptación y no quieren dejar ningún títere con cabeza. Por si la mañana del hermano mayor de Robert Baratheon no hubiera sido lo suficientemente traumática y de difícil manejo, un mensajero acude con una noticia horrible: Melisandre ha abandonado el campamento.

Ante esto, un apunte: que Melisandre abandone a su suerte a su valedor y campeón de la luz, que Selyse quiera quitarse la vida y que Stannis acceda a asesinar a su hija entre llamas en pos de conseguir tomar Invernalia, demuestran que HBO jamás se ha tomado en serio este arco argumental, y que hasta la fecha, simplemente habían estado jugando con nosotros y con el contador del metraje a su favor. Nada más, y nada menos. En apenas unos segundos, el sino de Stannis se tuerce por completo, reforzando la idea que habíamos formulado y mostrado días atrás tras los hechos del noveno episodio, Danza de dragones: no hay coherencia dentro del relato interno del portador de Dueña de Luz, y casi todo, parece ser fruto de la improvisación dramática más tramposa de cara al espectador. Como si de un héroe de un relato o un libreto de Shakespeare se tratase, Stannis Baratheon se arma con los últimos hombres fieles -apenas un par de millares-  y emprende su marcha a pie por la nieve hacia Invernalia.

Es aquí cuando repunta el talento de David Nutter, un hombre suele trabajar y aprovechar bien la sala de montaje para mostrar y contar sin ser obvio. La batalla o asedio de Invernalia -suceso que veremos en Vientos de invierno, y que en la serie se ha mostrado con una resolución y disposición de elementos y personajes bien distinta- que vemos en Misericordia, aúna hasta tres puntos de vista que se enlazan y entretejen en pantalla con un ritmo envidiable. Es probable que el centro de la acción, la contienda entre los ejércitos de Stannis y los Bolton recurra a una elipsis temporal algo torpe, pero el plano tomado desde el torreón de Invernalia -en el que se encuentra Sansa Stark reclamando ayuda- es de una lucidez absoluta. No llega al nivel o al derroche artístico de Oliver Stone en Alejandro Magno –esa vista de pájaro de la batalla de Gaugamela fue, es y será irrepetible ni al del propio Neil Marshall en anteriores capítulos de Juego de tronos, pero sí es más que suficiente para guiar al espectador de forma visual ante la aplastante y dolorosa derrota para Stannis Baratheon -¿qué fue del mejor estratega y general de Poniente?-. La carga de caballería de Ramsay Bolton tiene reminiscencias a la filmada por Sir Ridley Scott en la infravalorada El reino de los cielos, con un plano general de los equinos y sus jinetes bajando por las blancas y níveas lomas con el bastión de los Stark al fondo. Brillante.

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Bastión desde el que la pelirroja Stark, asiste a la batalla. La fatídica huida de Sansa Stark -Sophie Turner- no es tan enrevesada ni bien avenida como la de la cautiva paraje de Ramsay en Danza de dragones -las diferencias como hemos indicado varias veces, son enormes-, y tampoco parece funcionar del todo en términos narrativos como empuje para la redención de Theon Greyjoy/Hediondo -Alfie Allen-, que tendría que haber tenido su propia catarsis y epifanía a la hora de comenzar con su redención, finalizando y materializándose con el rescate de la propia Sansa. En el capítulo todo sucede de forma precipitada -Sansa sale de su prisión con forma de dormitorio, cruza el patio de armas, sube a la torre, enciende la vela y se topa en el camino de vuelta con Hediondo y Myranda, la perra de Ramsay-, y aunque a efectos prácticos todo desemboca exactamente en el mismo punto -con Theon y la Stark saltando desde las murallas a la nieve, salvando a la última de las garras del hijo de Roose Bolton-, no termina de convencer. Básicamente, porque estamos quitando y obviando de la ecuación un hecho que podría haber funcionado muy bien en pantalla: la sentida y espiritual visita del calamar al Bosque de Dioses de Invernalia.

Era algo que, visto como está funcionando de bien Juego de tronos en estas suertes, podríamos haber visto. Imaginad: corrompido por la culpa, y buscando armarse de valor ante la decisión que lleva rumiando días en su cabeza, Theon acaba en el místico y espiritual bosque de árboles corazón de Invernalia. Allí, entre los blancos troncos de los arcianos y sus granates hojas, y rodeado por la bruma y el vaho procedente de sus aguas termales y manantiales, Theon se deshace de su pútrida capa como Hediondo para decidir renacer, más fuerte y más sabio, como el heredero de Balon Greyjoy que se crió como un igual entre lobos huargos. Es un punto de inflexión necesario para el personaje, trascendental -aquí recupera su valentía y su hombría-, que en la adaptación de HBO se traduce a tirar o arrojar a la lasciva y retorcida concubina de Ramsay Bolton -Iwan Rheon- desde lo alto de un muro. Suponemos que todo este recorte adolece a una serie de cuestiones en las que el tiempo y la cadencia tienen prioridad sobre el contenido o el trasfondo, pero hablamos de una serie de televisión que cuenta con diez horas completas para poder desarrollar y mostrar cosas vitales en pantalla, y que a veces, desperdicia demasiados minutos con absolutas nimiedades. En cualquier caso, la dupla formada por Weiss y Benioff, parece que ha decido tomar el atajo más fácil con el cambio rol y sentir de Theon, algo que sorprende, sobre todo teniendo en cuenta la laboriosa preparación y las nutridas secuencias que ha ido protagonizando el increíble Alfie Allen a lo largo de estas últimas tres temporadas.

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Mientras tanto y a poca distancia a vuelo de cuervo de las murallas de Invernalia, y en ese juego de forzadas casualidades en las que parece haberse convertido Juego de tronos, Stannis Baratheon esgrime su espada por última vez. Entre los restos de la batalla -a no ser que huyera despavorido, no entendemos el cambio de ambientación de una batalla en campo abierto hasta lo profundo del bosque-, el justo y leal Stannis, acaba herido de gravedad. En estas, uno de los personajes más desquiciados y desubicados de toda la serie, Brienne de Tarth -pobre Gwendoline Christie, qué desperdicio de talento en esta quinta temporada-, acaba por darle caza. La mujer de los zafiros le acaba por dar matarile de una forma un tanto ordinaria y forzada, sobre todo para una figura como Stannis, que yace impertérrito, herido y desarmado, esperando su final y ejecución. Para hacer más sangre, y descuidar un poco más al personaje de Gwendoline, Brienne suelta una vengativa perorata sobre la legitimidad de Renly Baratheon como rey de Poniente. Stannis Baratheon -el rostro de incredulidad de Stephen Dillane es digno de mención-, malherido y apoyado contra el tronco de un árbol, acepta y acata sus crímenes, siendo besado por Guardajuramentos, la espada de acero valyrio de la moza. Un amargo y forzado final para uno de los roles más maltratados de la adaptación.

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Cruzando el Mar Angosto, asistimos a una de las tramas mejor escritas y adaptadas desde el prisma del compulsivo y obsesivo lector de Canción de hielo y fuego: la centrada en Arya Stark -pese a que reputados críticos y medios no sepan de qué va el tema y hayan vertido sus jarros de odio en estas lindes, considerándola una trama superflua y otras lindezas varias-. La quinta temporada ha sabido encajar con bastante inteligencia el complejo cambio exterior e interior de Arya Stark -Maisie Williams-, reflejándonos a lo largo de sus acciones su camino hasta convertirse en Nadie. En Festín de cuervos tomábamos parte en su entrenamiento como sirvienta del Dios de muchos rostros, y aunque Juego de tronos ha movido, ajustado y cambiado algunos elementos, nos hemos encontrado en el mismo punto de resolución que en las novelas, algo que ha acabado funcionado muy bien con respecto a la evolución del personaje retratada en televisión. Así pues, cabe destacar que, Misericordia, título del episodiotambién se refiere a Mercy, la más reciente encarnación física y mental que encontraremos de Arya en Vientos de invierno. Sí, la serie juega un poco al despiste adelantando este tipo de acontecimientos -que podéis leer ya, pues George R.R. Martin liberó el capítulo el año pasado, coincidiendo con el estreno de la cuarta temporada-, pero es justo reconocer su buen funcionamiento en el arco ambientado en Braavos.

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En Misericordia, asistimos a la resolución del asesinato de Ser Meryn Trant, planteado y pospuesto en el anterior capítulo. Tras llegar a Braavos acompañando a la delegación de la corona -encabezada por Mace Tyrell– para renegociar la deuda contraída con el Banco del Hierro, e internarse en uno de los numerosos burdeles de la ciudad de los canales, Meryn Trant desveló unos gustos sexuales un tanto especiales y retorcidos. Traicionando su encomendada misión de asesina sin rostro -negó el don a su encargo, un ávido jugador y armador, dejándose llevar por sus propios y personales impulsos de venganza-, Arya acaba transmutándose en una pequeña e inocente niña para arrebatarle la vida al hombre que hizo lo propio con su amigo y jaqueSyrio Forel. David Nutter aquí sabe manejar la cámara de la misma forma en la que cerró el noveno episodio de la tercera temporada, con un incómodo plano sostenido de la cara de Arya y el cuello de su víctima. Entre sangre, cortes, mutilaciones y frases lacónicas, Arya se cobra la vida del Guardia Real en el prostíbulo, degollándolo con una frialdad y pasividad pasmosa. Su lista, canción de nana que la acompañase día tras día desde que partió de Desembarco del Rey, cada vez tiene más vacantes. “Soy Arya Stark y tú no eres nadie”. 

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Esto no pasa desapercibido a los ojos de su tutor en la serie, Jaqen H’ghar, que decide castigarla por su insolencia y desacato. Aquí nos hemos topado -a tenor de los comentarios vertidos por muchos medios especializados y espectadores-, con cierta confusión. Quizás la secuencia no sea del todo clara, pero es que pretende ser precisamente así: onírica, compleja y a la postre, reveladora. La intención de Jaqen H’ghar no es es otra que darle una lección a Arya. Debe demostrarle que para seguir siendo una novicia en la Casa de Negro y Blanco, debe acatar las órdenes y mandatos encomendados dentro de sus muros, y comenzar a aceptar que uno de los mandamientos principales es aprender a dejar atrás cualquier atisbo de identidad y deseo personal. Necesita desarmarse de sus pesares, recuerdos y memorias. Debe dejar de ser Arya y comenzar a ser verdaderamente Nadie, y no una Stark con un simple mote o caperuza. La pequeña loba en el fondo lo sabe, pero su pasado, su trágica vida anterior, le sigue corrompiendo y atando a los recuerdos de su corta infancia. Es aquí cuando Juego de tronos nos presenta el juego de los rostros, uno de los pasajes más místicos y extraños de Canción de hielo y fuego. Arya descubre la levedad y lo intrascendente que es una cara y un cuerpo, sirviéndose de ello el propio Jaqen para hacerla recapacitar acerca de la importancia de la identidad. Como castigo, su maestro decide arrebatarle la visión, dejando a la chica ciega en un mundo de negros y blancos.

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Seguimos en Essos, aunque en latitudes distintas. Meereen amanece sin su reina de plata, y los aliados de Daenerys Targaryen comienzan a preocuparse por su suerte. Dany salió a lomos de Drogon tras los fatídicos -en todos los sentidos habidos y por haber- hechos ocurridos en los reñideros, y jamás volvió. En la sala de audiencias de la Gran Pirámide de la ciudad esclavista, el trío de héroes formado por Jorah Mormont, Daario Naharis y Tyrion Lannister debaten el siguiente paso a dar. Aquí nos encontramos con un inteligente cruce de acusaciones, en el que tanto Tyrion como Jorah -con las sorprendentemente sensatas intervenciones de Daario-, discuten si salir los tres en la búsqueda de la jinete del dragón. Un maltrecho Gusano Gris hace acto de aparición acompañado de Missandei, manteniendo incluso un lúcido diálogo en alto valyrio con Tyrion. Tras ciertas tensiones entre los heterogéneos puntos de vista esgrimidos por cada uno de ellos, se acuerda que tanto Jorah Mormont -Iain Glen-, como Daario Naharis -Michiel Huisman- emprendan un viaje a la desesperada para buscar a Daenerys en el colosal mar de hierba dothraki que se extiende al norte de Meereen. En la antigua capital esclavista, Tyrion, Gusano Gris -como capitán de los Inmaculados- y Missandei, se quedarán como cabezas visibles de gobierno.

Los lectores reconoceréis que es una lástima que se haya prescindido de Ser Barristan Selmy, el veterano caballero de Poniente. Pese a que comprendemos que su muerte era justificable en términos narrativos para la serie, visto lo sucedido con Gusano Gris -que se mantiene con vida, y ocupará un papel similar al que desempeña Barristan en las novelas-, ¿por qué no intercambiar los papeles? ¿No habría tenido el mismo efecto el asesinar al líder de los Inmaculados? En cualquier caso, y mientras Tyrion Lannister ve desde las murallas de Meereen partir a los dos centauros del desierto, un viejo amigo aparece de la nada. Lord Varys -Conlet Hill-, el maestro de los rumores y la araña de Desembarco del Rey, ha recorrido cientos de miles de kilómetros y ha acabado ocupando -de nuevo- un lugar al lado de su fiel aliado y compañero.

Es una salida de tono brutal con respecto a Danza de dragones, y complicará las cosas un poco más con el temido efecto mariposa advertido por el propio George R.R. Martin meses atrás, pero si pensamos en términos de atractivo televisivo, no se nos puede ocurrir una mejor pareja. La química existente entre ambos actores ha sido comprobada y reprobada varias veces en Juego de tronos, destacando su vital importancia en la segunda temporada -cuando Tyrion hacía de Mano del Rey, salvando la ciudad de las hordas y soldados de Stannis- e incluso al comienzo de la quinta, justo en el momento en el que emprendían el viaje hacia Meereen. Weiss y Benioff tienen en su manga una carta muy atractiva para jugarla en la sexta temporada, y pese a que sea una repetición evidente de algo que ya hemos visto, sin lugar a dudas puede funcionar de cara a mantener la atención en una trama que no goza de la simpatía de los espectadores. Y para muestra -spoilers de la sexta temporada-, un hipnotizante diálogo que los envuelve a los dos.

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Simpatía de la que sí puede alardear Daenerys Targaryen -Emilia Clarke-. La idealizada, irreprochable y maniqueísta figura de la madre de dragones en Juego de tronos –algo de lo que habría que hablar largo y tendido más adelante, quizás en una entrada especial-, está perdida en mitad de la nada junto a Drogon, que parece haberla llevado a su nido. Estos minutos corresponden, casi en una adaptación notable -de la que hablaremos, pues existen diferencias- de lo que sería su último capítulo en Danza de dragones. La Targaryen está a cientos de leguas de distancia de Meereen, en mitad de lo que se conoce como el Mar Dothraki, una extensión de terreno salvaje e indómito plagado de llanuras y sinuosas mesetas. En la serie parece un terreno más abrupto, montañoso -si nos preguntáis, parece una mezcla entre escenarios naturales tomados en Belfast y la inserción de ciertas montañas y parajes de la isla de Skye, en Escocia-, pero igualmente inhóspito. Dany se encuentra cansada, dolorida y completamente perdida, junto a un herido y abatido dragón que parecer hacer caso omiso a sus incesantes peticiones, con lo que, armada de valor, comienza a explorar por los alrededores del nido de su bestia.

“Si miro atrás, estoy perdida”

Daenerys Targaryen, Danza de dragones

Cabría destacar que estos momentos en los libros, aunque de similar aspecto en la serie, son bastante fundamentales para el devenir futuro de la propia Dany. El vínculo que establece con su dragón se acentúa -la relación cazador, presa y cría es vital en estos pasajes-, teniendo Daenerys que comenzar a sobrevivir por su cuenta y volver a conectar con su espíritu y rol de khaleesi. También en estas últimas páginas de Danza de dragones, Dany sufre de fiebre por intoxicación e insolación -por comer bayas y agua llena de lodo, y por caminar decenas de horas al sol sin descanso alguno-, lo que busca acentuar la diferencia entre la plácida y cómoda vida de reina regente en Meereen y la dureza de las tierras yermas y salvajes fuera de muros y pirámides. Es una suerte de rito atávico, de rudo y salvaje contacto con la naturaleza, que nos invita a pensar en la siguiente conclusión -extraída de la hipótesis de la Reina Roja: “Corre todo lo que puedas para permanecer en el mismo sitio”. A buen seguro, y sabiendo algo de la posible evolución de Dany como personaje en libros venideros, Weiss y Benioff experimentarán con esta regresión y vuelta a los orígenes salvajes de la reina de plata -que ya vimos en la primera y segunda temporada-, aque podría será fundamental de cara al futuro conquistador de la madre de dragones y su ansiada llegada a Poniente. 

“En Meereen era una reina vestida de seda que picoteaba dátiles rellenos y cordero a la miel —recordó—. ¿Qué diría mi noble esposo si me viera ahora?

Mientras el cielo occidental se teñía del color de la piel magullada, Dany oyó caballos que se acercaban. Se levantó, se limpió las manos en los jirones de la camisola y aguardó junto a su dragón. Así la encontró Khal Jhaqo cuando medio centenar de guerreros a caballo salieron de la nube de humo.”

Daenerys Targaryen, Danza de dragones

El particular viaje iniciático es muy revelador en Danza de dragones -os dejaremos descubrirlo por vosotros mismos, así que aprovechad el parón entre temporadas para comenzar una relectura o una primera inmersión en las páginas de los libros de George R.R. Martin-, pero termina de la misma manera en serie y novela: con la llegada de todo un khalasarEste enorme conjunto de caballos y jinetes dothraki pertenece -en teoría, y a expensas de qué nos narrará la adaptación de HBO en un futuro- a una tribu rival de Khal Drogo, dirigida y comandada por el peligroso Jhaqo. Presa del pánico y la sorpresa Daenerys Targaryen deja caer su anillo de casada al suelo mientras es rodeada por cientos de jinetes, consciente de que quizás no salga viva de esta, y menos, si recuerdan quién es y con quién yació y compartió lecho. Arrojar el anillo no es casual. Primero, por el motivo anteriormente citado. Segundo, será pieza y leitmotiv clave en la búsqueda que han emprendido Jorah Mormont y Daario Naharis. ¿Alguien dijo Las Dos Torres? ¿Centauros del desierto? Llegados a este punto de la historia de Daenerys Targaryen, habría que destacar que entramos en el mero terreno especulativo. Los lectores han dejado -hemos dejado, más bien- de tener información sobre lo que ocurrirá en una hipotética sexta temporada.

Volviendo a Poniente, y antes de entrar en los dos momentos finales y climáticos del episodio, había que pagar el peaje de Dorne. Una región y un arco que no han funcionado bajo ningún concepto, incluso dándoles repetidos y ciegos votos de confianza en pos de su mejora. Nada, absolutamente nada, es destacable del reino más sureño de Poniente. Dorne supone el punto más bajo de calidad conocido hasta la fecha en Juego de tronos, siendo uno de los principales problemas a achacar durante el desarrollo de la quinta temporada. En Misericordia, se toma y muestra la resolución de lo visto en anteriores episodios, contando con la despedida de Myrcella al reino que la acogió durante años -según la serie-, y la marcha de Trystane Martell al consejo privado del rey en Desembarco del Rey, capital del reino. Las Serpientes de Arena se despiden de la misma forma y manera en la que se presentaron, y Ellaria Arena, con el beso de la muerte, confirma lo que ya sabíamos: que su vengativa caracterización en la serie ha acabado por desfigurar un personaje que fue exquisitamente tratado en la cuarta temporada. Beso de la muerte que recibe la boca de la pobre Myrcella, que muere envenenada en los brazos de su padre, Jaime Lannister.

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Toda la secuencia está escrita con una enorme ineptitud y no únicamente por la bochornosa presencia de las Serpientes de Arena -sus diálogos caben en una servilleta de café- o por el menospreciado talento de Alexander Sidding, que ha cuajado un olvidable y anodino Doran Martell por el injusto tratamiento del personaje en pantalla. El error de base de toda la escena es algo más grave y preocupante, y atañe a nuestro querido protagonista con la mano de oroJaime Lannister -Nikolaj Coster Waldau-, instantes antes de sostener el cadáver de otra de sus hijos -la profecía que se cierne sobre Cersei Lannister parece más importante y retorcida en la serie que en los libros, al menos de momento-, confiesa de una manera velada al amor que siente sobre Cersei a Myrcella, enfatizando las cada vez más diferentes personalidades del Matarreyes en la adaptación televisiva y Canción de hielo y fuego.

En el fondo, todo este arrebato de sinceridad paterno-filial con la pobre princesa, es una muestra más del desconocimiento de Weiss y Benioff a la hora de tratar con personajes amorales o complejos, demostrando la malsana tendencia que tienen ambos escritores con respecto a la consabida idealización del carácter de todas esas piezas asonantes que vemos en la mitología de Martin. A estas alturas, deberían comenzar a entender que no siempre se desean roles negros y blancos, o peor, malos y buenos, pues esta tridimensionalidad tan particular vista en Juego de tronos o Canción de hielo y fuego es precisamente, la que nos resulta especialmente atractiva. ¡Queremos tullidos, bastardos y cosas rotas! No necesitamos héroes, villanos y aliados de unos y otros. Necesitamos, sobre todo en una serie que puede mostrarlos, sendos roles llenos de aristas y dobleces que nos hagan reflexionar sobre los límites de lo que está bien o mal, lo que es moralmente aceptable y lo que no. Aún queda por delante una sexta temporada, en la que esperemos, Jaime Lannister tenga oportunidad para asumir y mostrar las varias y sucesivas capas de profundidad psicológica que vienen junto a su nombre en Canción de hielo y fuego, que buena falta le hacen.

Dorne no ha tenido una traslación a imagen real aceptable. Juego de tronos ha desperdiciado una gloriosa oportunidad de mostrar uno de los reinos y lugares más exóticos, diferentes y atractivos de la mitología de Canción de hielo y fuego. Y lo tenían todo a su favor: un casting más o menos notable, unos escenarios naturales únicos –Sevilla ha sido lo único digno de mención- y un atractivo de guión, innegable. ¿Por qué se ha tirado a la basura una idea tan, a priori, buena como la del rescate de Jaime Lannister y Ser Bronn del Aguasnegras? ¿Por qué no se ha profundizado más en el carácter, la organización o las diferencias de los dornienses con el resto de habitantes de Poniente? En la práctica, todas las premisas y promesas que mostraron y blandieron los guionistas y productores antes del estreno de la quinta temporada, han resultado falsas y vacías. Dorne, que podría haber sido un buen amor de verano, un soplo de aire fresco estival ante el inminente invierno que se cierne sobre Poniente, ha acabado resultado una calurosa, empalagosa y tórrida insolación. Lo sentimos, pero no hay misericordia para Dorne.

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Misericordia tiene la recta final de episodio más completa, dramática y climática de toda la serie. Sigue exactamente el mismo itinerario que Danza de dragones, plasmando sus últimas cien o doscientas páginas con una solvencia inusitada en la producción de HBO. Tanto si eres lector, como si no, es imposible no sobrecogerse durante los siguientes minutos. Minutos que atan con fuerza el estómago, el corazón y la mente del espectador, que comienza a ver como el mundo y los pilares que creía inmutables, intocables e inalcanzables, se desmoronan ante sus ojos. ¡Cersei, la todopoderosa hija de Tywin Lannister siendo humillada a la vista de todos! ¡Jon Nieve, el bastardo de Invernalia y Lord Comandante de la Guardia de la Noche siendo traicionado por sus propios compañeros!

Agobiada y destrozada por el aislamiento, Cersei Lannister decide confesar sus pecados. Admite el fornicio y el incesto con su hermano, y reclama piedad. Misericordia. La Misericordia de la Madre. El Gorrión Supremo -muchos espectadores no son conscientes del talento que atesora Jonathan Pryce– accede, y le permite volver a sus aposentos, en la Fortaleza Roja. Pero el camino de vuelta será bien distinto, en forma y manera, al que recorrió Cersei al entrar en su momento al Gran Septo de Baelor. El paseo de la vergüenza, momento de incuestionable importancia en Canción de hielo y fuego, es la purificación y el paradigma perfecto para saber y conoce hasta qué punto los gorriones y los responsables de esta nueva fe militante, tienen un poder incuestionable en Desembarco del Rey. Es la humillación absoluta, la expiación total ante los ojos de los Siete y de una multitud embravecida, de un personaje como el de Cersei Lannister, intocable y protegido por una coraza de invulnerabilidad incomparable. La preparación, en la que un grupo de septas la bañan y acicalan, cortándole su dorada melena a descuidada navaja, con una trágica y derrotista versión de Las lluvias de Castamere sonando de fondo, es indescriptible. El espectador puede asistir al auge y caída de Cersei Lannister, aquella que intentó jugar al juego de tronos… Y perdió.

El largo paseo que debe recorrer hasta su hogar, será largo y tortuoso. Desnuda ante dioses y mortales, tal y como la Madre la trajo al mundo, Cersei aguanta estoica ante las punzante miradas lascivas, los gritos de odio y los insultos vociferados desde cada esquina, cada portal y cada balcón. La leona de la Roca consigue permanecer impertérrita mientras la septa que la precede tañe de manera incesante la campana expiatoria –¡Vergüenza! ¡Vergüenza!- que porta entre sus manosEl replicar de la campana se mezcla con el griterío de la plebe, que comienza a impacientarse y escupir y lanzar trozos de heces y fruta podrida a la madre de Tommen Baratheon, rey de los Siete Reinos. Lena Headey conquista de manera definitiva el personaje, regalándonos los minutos más imponentes y emocionantes de toda la serie.

Cada paso, cada mirada, cada insulto recibido. Penitencias que lastran y se cargan sobre el rostro y la espalda de Cersei, que de vez en cuando, alza la vista para saber cuánto le queda para llegar al cobijo de la Fortaleza Roja junto a su amado hijo. Una vez llega a su destino y guarida, y rodeada de soldados Lannister, Cersei se derrumba. Entregada en lágrimas, abre las puertas de su salvación, y es recibida con una cálida manta carmesí por parte de Qyburn. Las miradas de reproche de su tío Kevan Lannister y del propio maestre Pycelle, son evidentes. Son aliados y familiares, pero le guardan rencor. Cersei lo sabe. Los ha decepcionado. El apoyo de Qyburn, en cambio, es distinto. Es incondicional. Protegiendo a la herida leona, el nigromante expulsado de la Ciudadela de Antigua, presenta al nuevo miembro de la Guardia Real: Ser Robert Strong. Una inmensa mole de ojos inertes que ha jurado proteger a Cersei Lannister ante cualquier peligro que la asedie y que mantendrá voto de silencio bajo cualquier circunstancia. Parece que el trabajo de Qyburn en las entrañas de la Fortaleza Roja han dado sus frutos, y que La Montaña, volverá a cabalgar de nuevo bajo el amparo de la Casa Lannister.

Esta secuencia, de principio a fin, quizás sea la más completa e importante a nivel audiovisual de todo Juego de tronos como serie de televisión. Alejada de los siempre más atractivos -para el espectador- fuegos de artificios vistos en las batallas de la adaptación de HBO -que los hay, y muy buenos, sin que ello tenga connotaciones negativas-, el recorrido de Cersei Lannister por las atestadas calles de Desembarco del Rey, es el viaje interior más complejo y duro de cuanto hemos asistido en pantalla a lo largo de cinco temporadas. Es tal el grado de incomodidad que se presenta al televidente, que es inevitable pensar en otras secuencias o relatos similares en las que la miseria humana se viste bajo la forma de la incontrolable e irascible plebe, vistas en películas y adaptaciones como la de El perfume o Los Miserables –no funcionan en los mismos términos, pero si habéis visto la película o leído la obra maestra de Víctor Hugo podéis trazar cierto paralelismos en fondo y manera-, y todas, absolutamente todas, se quedan cortas si las comparamos con el paseo de Cersei. El poder inquisidor del pueblo, la nula, descarriada y peligrosa inteligencia de la masa llevada a las calles; o lo que es lo mismo: una novela de Ibsen trasladada a la fantasía épica de un mundo cruel, sucio y peligroso. Si ya hemos destacado el papel de Lena Headey en anteriores episodios, que hace suya una vez más a la Guardiana de Occidente en esta catarsis colectiva no está de más aplaudir la labor de David Nutter, que se resarce de sus fallos en el anterior episodio. Todavía quedan veinte episodios por delante de Juego de tronos, pero es probable que jamás veamos nada tan redondo en la serie como estos diez minutos.

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Trasladándonos al norte de Poniente, y volviendo al Muro, asistimos a un atribulado Jon Nieve -Kit Harington-, que ve como decenas de señores, grandes y pequeños, han decidido pasar de sus reclamaciones peticiones de hombres y tributos para la Guardia de la Noche en la soledad de su escritorio. Con la amenaza del frío y de los Otros llamando justo detrás de la gigantesca pared de hielo que separa el caos de los civilizados reinos de los hombres, Jon se encuentra en una situación peligrosamente delicada. Ha accedido a mandar a su querido Samwell Tarly a Antigua para que continue su formación como maestre en la Ciudadela -una de las tramas más reclamadas por los lectores de Canción de hielo y fuego– con Elí y su bebé, alejándonos también del peligro que, sin saberlo, se cierne sobre él. Jon está solo. La llegada de Melisandre -que se escapó tras la inminente derrota de Stannis Baratheon contra las fuerzas de los Bolton- y Ser Davos Seaworth -que llegó pidiendo ayuda a los cuervos para evitar precisamente, la derrota de los ejércitos de Stannis- al Castillo Negro no hacen sino acrecentar la pesada carga que tiene sobre sus hombros. No tiene aliados, y sus compañeros juramentados, todavía tienen la última palabra con respecto a sus controvertidas decisiones con respecto a los salvajes.

Justo cuando el Lord Comandante parece entregado a la derrota, Olly, su mayordomo, entra corriendo en sus dependencias. Su tío Benjen, capitán de los exploradores de la Guardia de la Noche, podría estar vivo a tenor de los comentarios de uno de los salvajes. Jon Nieve, hechizado por una esperanza que hacia tiempo que no recorría su cuerpo, baja corriendo al patio de armas para comprobar de primera mano la historia. Olly lo conduce hacia un grupo de hermanos juramentados, y allí, bajo un cartel de traidor clavado en un poste de madera, Jon asiste a su trágico destino.

— Por la Guardia. —Apuñaló a Jon en el vientre. Cuando retiró la mano, dejó el arma clavada. Jon cayó de rodillas. A tientas, agarró el puñal y se lo arrancó. La herida despedía humo blanco en el frío aire nocturno. 

—Fantasma —susurró. 

El dolor lo invadió. «Hay que clavarla por el extremo puntiagudo.» Cuando el tercer puñal se le hundió entre los omóplatos, dejó escapar un gruñido y cayó de bruces en la nieve. No llegó a sentir el cuarto. Solo el frío…

Jon Nieve, Danza de dragones

Por la Guardia. Cuchillos en la oscuridad. La trampa era obvia. La carnaza, tentadora. Jon Nieve asiste y recibe sendas, fuertes y frías apuñaladas que entran y salen de su cuerpo, regando el helado suelo con su sangre ardiente. Alliser Thorne y los demás conspiradores, pagan con muerte las traiciones y afrentas cometidas por el Lord Comandante de su orden -que en la serie han sido más leves que en los libros, en los que Jon rompía sendos juramentos con tal de ayudar a los suyos en asuntos ajenos a la Guardia de la Noche, abusando de su posición y poder-, siendo Olly, entre lágrimas, el que le asesta el golpe de gracia. Jon acaba así su mandato, pagando con su vida sus errores. Yaciendo olvidado en mitad de la nieve del castillo y el puesto que juró proteger. “Bastardo, perjuro y cambiacapas…” El plano final, que se va acercando al cuerpo y rostro de Jon de manera paulatina mientras el preciado líquido escarlata del bastardo dibuja formas caprichosas en el pálido y helado suelo, es demoledor.

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¿Es la muerte definitiva en Juego de tronos? Según GRRM, no -y a tenor de varios personajes fallecidos y de vueltos a la vida como La Montaña, Beric Dondarrion o Lady Catelyn, siempre podemos aferrarnos firmemente a esta creencia-. Pero según Weiss, Benioff y el propio Kit Harington, ejes y artífices de la serie, sí. No olvidéis, que también hay que decirlo, que todo podría ser un inteligente ardid de cara a mantener la atención para la próxima temporada -recordad la llegada de Melisandre, o la presencia de Fantasma, ingredientes que podrían voltear la situación hacia otros derroteros-. En cualquier caso, ¿sobrevivirá Jon o hablamos de un nuevo camino que se cierra de forma trágica e inesperada? Es complicado contestarlo, y menos, poniendo la mano en el fuego. Diremos que todo es una cuestión de fe. Es el símbolo de Juego de tronos; el sino de los tiempos que recorre con paso firme la nueva y actual fantasía moderna. El epítome perfecto para la serie y el brutal y realista mundo sacado de la imaginación de George R.R. Martin

Alberto González

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Twittadano del mundo. Cinéfago empedernido, escritor moderado. Colaborador y crítico en @vandalonline, @cinefiloes y @appleadictos

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