El frío asedio del invierno: impresiones de ‘Casa Austera’

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Tras la emisión de Casa Austera, el espectacular octavo episodio de la quinta temporada de Juego de tronos, el espectador asiste por primera vez de manera real y tangible, y a través de las vivencias de varios de los protagonistas de la historia, a la fría amenaza que venimos imaginando desde el principio. Casa Austera, con el permiso de los capítulos dirigidos anteriormente en la serie por Neil Marshall, es una de las experiencias audiovisuales más completas jamás rodadas en Juego de tronos, y en última instancia, en televisión. Spoilers.

Hace unos años, cuando se estrenó Juego de tronos en televisión, muchos nos replanteamos la manera en la que se concebían y manejaban las series en las cadenas privadas. Estábamos asistiendo a un nuevo tipo de producto derivado de la sosegada y sesuda gestión interna de una de las majors del cable más importantes. Juego de tronos, temporada tras temporada, auspiciada por la complejidad de su universo, su historia y sus personajes, fue evolucionando en su formato y su calidad o partida presupuestaria. Un gigante que iba asimilando todo lo que lo rodeaba. Un gigante que iba refinándose y creciendo hasta alzar la cabeza sobre otras obras audiovisuales similares y equivalentes. Algo había cambiado. Algo estaba cambiando delante de nuestras narices, y sus resultados estaban llegando a los televisores, tablets y dispositivos de millones de espectadores. Tras un episodio como Aguasnegras, comenzábamos a ser plenamente conscientes de que ya no existía esa enorme brecha de calidad o diferencia audiovisual entre cine y televisión, y el Muro, esa enorme barrera técnica y monetaria -y también ideológica, que todo hay que decirlo- que separaba ambos mundos, se derrumbaba.

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Desde las presentes líneas, siempre se ha defendido que Juego de tronos es una serie que no puede ser cortada por los mismos patrones que otras producciones para televisión. Sí, se estrena en formato episódico y sí, tiene una división de actos bastante tradicional. Pero es algo más. Weiss y Benioff han sabido engarzar desde el mismísimo inicio de su particular anábasis fantástico, los momentos más íntimos, políticos y misteriosos con aquellas coyunturas de la historia en las que se precisa de batallas, enfrentamientos entre ejércitos y combates a gran escala. Es fácil caer y dejarse llevar por el ruido en semejantes circunstancias, en lo pomposo y socorrido del género de la espada y la brujería. Pero Juego de tronos jamás ha pecado del abuso, como tampoco lo ha hecho de la contención a la hora de adaptar las novelas de George R.R. Martin. Ha podido ser más o menos torpe, más o menos acertada en su adaptación, pero siempre ha nadado entre un sano y admirable equilibrio ritmo narrativo, para lo bueno y para lo malo -algo que muchos espectadores han malinterpretado constantemente, sobre todo durante la presente temporada-.

Casa Austera, que bien podría desempeñar el papel de redención o catarsis en términos catódicos para su quinta temporada y para la gran mayoría de seguidores actuales, es un episodio irreprochable. Hablamos de uno de los capítulos mejor narrados, escritos, rodados y planificados de la temporada, algo extensible a la postre también en términos absolutos si nos centramos en intentar encajarlo y valorarlo con respecto a la serie entera. Es el cotejo evidente y tautológico de la cacareada madurez de Juego de tronos, y del particular sentido del ritmo y la adaptación de la serie. Juego de tronos es así, y no hay nada que se le parezca.

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El episodio -dirigido por Miguel Sapochnik, del que hablaremos en términos efusivos y positivos un poco más adelante-, arranca con la situación y el encuentro que tanto habíamos anhelado. En la sala de audiencias de la Gran Pirámide de Meereen, Tyrion Lannister –Peter Dinklage– y Daenerys Targaryen –Emilia Clarke– mantienen un acalorado cruce dialéctico ante la atenta mirada de Ser Jorah Mormont –Iain Glen-, que espera un veredicto y un cambio de suerte y sino para su delicada situación de destierro. El león, fiero y decidido, no tiene ningún reparo a la hora de mostrar su posición y el sentido de su largo y penoso viaje por Essos, algo que la propia madre de dragones no termina de aceptar.

Daenerys Targaryen, más allá del siempre inteligente consejo de Ser Barristan Selmy, no ha tenido un apoyo en el que poder confiar o con el que poder intercambiar impresiones acerca de sus decisiones, y ahora se encuentra perdida y apesadumbrada, y si nos apuráis, imprudente –¡Tengo un ejército y dragones!-. El mero hecho de compartir estancia con su otrora fiel oso Mormont, la desarma por completo -Emilia Clarke en estos términos se desenvuelve particularmente bien-, y acaba volviéndolo a desterrar de la capital esclavista tras comprobar in situ que Tyrion Lannister merece al menos, una oportunidad. Es curioso como, tal y como ocurrió en el también octavo episodio de la pasada temporada, Jorah acaba protagonizando un plano y una secuencia al salir de Meereen en la que es inevitable sentir sendos y profundos ecos de la obra maestra de John Ford, Centauros del desierto: Mormont, de espaldas, vuelve a servir de ejemplo para la compleja figura del héroe amargo, trágico y taciturno, que tras encontrar aquello que anhelaba y perder su vida en un viaje a través de mil y un senderos, desaparece de nuevo al cruzar el marco de una puerta encaminándose hacia el desértico horizonte.

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Al contrario que la figura del héroe del western crepuscular -del que se podría hablar largo y tendido-, Jorah todavía puede jugarse una última carta para su redención absoluta, entregándose de nuevo a Yezzan zo Qaggaz y la vida de gladiador para así ganarse el favor de su reina de plata en los reñideros. Sin salir de Meereen, cabe destacar que Weiss y Benioff maquinan un soberbio diálogo con Daenerys y Tyrion -esta vez, de una manera más íntima y en la seguridad de las propias dependencias de Daenerys- sobre la situación política en Poniente y el oscuro recuerdo que mantienen sus gentes -plebeyos y nobles- sobre la dinastía Targaryen. Parece ser, que si hay algo que aplaudir en esta quinta temporada, es la desmitificación y posterior reconstrucción de la figura de Daenerys Targaryen.

La sombra idealizada de la reina dragón se deshace poco a poco, y si ya hemos vistos sus errores -así como sus trágicas consecuencias- en anteriores capítulos, la confrontación dialéctica con el inquisitivo e inteligente Tyrion Lannister, la ejemplifica a la perfección. ¿Hasta qué punto sería una buena regente? ¿Qué fallos ha cometido y qué aciertos ha logrado en su estancia en Meereen? ¿Qué diferencias atañen a la ciudad esclavista y Poniente, plagada de familias, intrigas, aliados y enemigos a lo largo y ancho de los Siete Reinos? ¿Son los problemas acaecidos durante su regencia en la capital de la Bahía de los Esclavos extrapolables a Poniente? ¿Y los aciertos? Es la paradoja del príncipe desterrado. Del error del príncipe conquistador que prefiere la ruptura, a la asimilación y el cambio.

“No voy a detener la rueda. Voy a romper la rueda”

Daenerys Targaryen

Dany sigue ejerciendo más como conquistadora y señora de la guerra -“Voy a romper la rueda”- que como política o reina a miles de milles de distancia con respecto a su futuro destino, algo que el propio Tyrion saca a relucir a las primeras de cambio cuando comienza a nombrar posibles y futuros aliados o adversarios entre las casas de Poniente de cara a sus aspiraciones al Trono de Hierro. Tras varias copas de vino y alguna frase digna de ser esculpida en mármol, Tyrion reconoce ciertos aspectos nobles y de loables de su mandato y decide apoyar su causa –“Varys, sorprendentemente, es la única persona en la que confío”-, y Dany por su parte, que el mediohombre es un hombre en el que confiar.

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Todo el arco narrativo centrado en Arya Stark –Maisie Williams– y su entrenamiento como sirvienta y herramienta del Dios de Muchos Rostros en la mediterránea Braavos, está siendo exquisito, y si a ello le sumamos un ritmo tan vívido y enérgico como el experimentado en Casa Austera -soberbio el montaje y la utilización del recurso de la voz en off mientras vemos a la Gata de los canales -ahora llamada Lanna- vendiendo ostras y frutos del mar por los callejones y puertos durante el interrogatorio de Jaqen H’ghar -Tom Wlaschiha-. Únicamente por la traslación casi literal de algunos de los pasajes más memorables de Festín de cuervos, cualquier aficionado o espectador debería sentirse gratificado y absolutamente embebido por el mimo, el cuidado y el detalles impuestos en las aventuras y la formación de la pequeña de los Stark en la Casa de Negro y Blanco.

“Me llamo Lanna. Soy huérfana”.

Arya Stark

Particularmente destacable es la química que mantienen Wlaschiha -que parece haber nacido para el papel- y Maisie Williams, cuya conversación en la boca del abisal y oscuro pozo del que emanan los dones de los Hombres sin rostro, merece ser considerada como una de las mejores mantenidas entre ambos actores en la serie. La evolución de Arya Stark está siendo paulatina, inteligente y sopesada. No está dejando ningún cabo suelto, ni tampoco anda recreándose en la floritura del rito iniciático -para que os hagáis una idea, no está pecando de los clichés habituales de la relación maestro y pupilo vista en otras series-. Las decisiones morales que implica convertirse en una asesina anónima -si es que se pueden usar semejantes adjetivos- están ahí, y si el éxodo físico de Arya ha sido enorme, su travesía interior también lo es.

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Al otro lado del Mar Angosto, Cersei Lannister sigue cautiva, aislada y humillada tras las acusaciones de fornicio, incesto y asesinato vertidas por la inquisidora y omnipresente Fe Militante, personificada por el Gorrión Supremo. La Leona de la Roca, pese a haber sido despojada de sus enseres y ropajes, sigue manteniendo su carácter salvaje e indómito, y pese a estar en unas condiciones deplorables -y en el fondo, aterrorizada- prosigue manteniendo en jaque a las septas que piden y reclaman una confesión constante. El orgullo de la Lannister es tal, que decide rechazar cualquier ayuda o comida con tal de no caer ni agradecer nada a manos de sus captores. Lena Headey está brindándonos una actuación de las que hacen época y merecen reconocimiento y galardones, veremos si en temporada de premios los críticos deciden recompensarla por su soberbia y desgarrada encarnación de Cersei Lannister.

A día de hoy, y tal como suele pasar con un casting tan acertado como el de Juego de tronos, es ardua tarea lo de pensar en otra actriz para desempeñar tales oficios dramáticos. La visita de Qyburn a su mecenas y protectora, es clave por dos motivos: primero, supone un enlace para Cersei de cara al exterior. La antigua reina regente es informada de la ausencia de noticias de Jaime Lannister, de la debacle que está viviendo Tommen Baratheon y de como su tío Kevan Lannister ha vuelto a la capital del reino antes las vicisitudes vividas por la corona. Todo lo que se encargó de construir y encomendar durante su regencia, se desmorona a pasos raudos y veloces. Segundo, la citada secuencia también sirve para que el antiguo maestre de la Ciudadela recalque eso, para el espectador y su interlocutor de hay otra salida. El ávido lector ya sabe muy bien a lo que se refiere. Tal y como apostilla Qyburn antes de despedirse, el trabajo sigue en marcha.

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La trama del Norte, que reúne las contrariedades vividas por Sansa Stark –Sophie Turner– en Invernalia y el futurible conflicto entre Stannis Baratheon –Stephen Dillane– y sus tropas y el actual Guardian del Norte, Roose Bolton –Michael McElhatton-, ofrece dos escenas concretas muy poderosas, sobre todo para el desarrollo de futuros eventos. El eco de la traición a la familia Stark por parte de Theon Greyjoy -Hediondo, interpretado por Alfie Allen– sigue teniendo sus directas repercusiones sobre la distante relación que mantienen Sansa y él, y eso que acaba desencadenando en la potente secuencia de la confesión. Es algo que hemos recalcado desde hace ya un tiempo: el nudo norteño, aquel que se centra en Invernalia y su trío protagonista -Theon, Sansa Stark y Ramsay Bolton-, está siendo trenzado con tino y mimo pese a ser una divergencia importante con respecto a las novelas de Canción de hielo y fuego y en concreto, en relación a Danza de dragones.

Lo que podría haber acabado como un pastiche o un peligroso batiburillo de ideas y buenas intenciones -tal y como ha ocurrido con Dorne-, al empujar a ciertas situaciones límites e incómodas a algunos de los protagonistas, ha acabado fortaleciéndose en pantalla. La dicotomía interna de Theon -un ser anulado por completo tras la destrucción interna y externa a la que el propio Ramsay, su amo, le ha sometido durante su cautiverio- se abate al ser presionado por las constantes preguntas y explicaciones de la atormentada y decepcionada Sansa. La pelirroja le reprocha ya no únicamente la necedad de haberla delatado ante su nuevo y maltratado esposo -algo que el propio Hediondo defiende de cara a las futuras consecuencias que podría traerle en manos de Ramsay-, también lo acusa del asesinato de sus hermanos pequeños. Sansa se siente cada vez más sola y desvalida, y empieza a pagarlo caro. La supuesta seguridad norteña -es curioso como esto último va en comunión con un cada vez mas frío ambiente, completamente invernal- ya no es tal y Meñique, su único valedor, se encuentra a cientos de millas de distancia. Hediondo, en su desesperanza y catarsis de identidad, acaba confesando que aunque conquisto Invernalia y pasó por la espada a muchos de sus habitantes y amigos, él no mató a los pequeños Bran y Rickon. Fue todo una farsa. Asustado ante la declaración que le ha sacado, Hediondo sale de las dependencias de una esperanzada Sansa que se aferra la remota y lejana posibilidad de que sus hermanos estén vivos en alguna parte.

Dentro de los muros de Invernalia, también somos testigos de los planes de Roose Bolton y sus señores norteños afines. El invierno se ha echado encima de Stannis Baratheon, y el patriarca de los desolladores decide que la mejor estrategia es esperar dentro del antiguo bastión de los Stark. Tienen comida, hay varios centímetros de nieve que dificultan el paso a las tropas y sus murallas son altas y seguras. Stannis está pagando su inexperiencia -y la mala suerte climática en lo que podríamos establecer incluso un paralelismo con lo que vendría a ser el papel de un Napoleón de la fantasía durante su campaña en la estepa rusa-, y los Bolton quiere aprovecharlo para pararle los pies. Ramsay –Iwan Rheon-, que es más aguerrido e imprudente que su padre, decide que un ataque furtivo y sorpresa a los hombres de Stannis Baratheon acabaría con sus aspiraciones al trono de manera fulminante. Actualmente, esto implica varios escenarios posibles, algunos muy delicados.

¿Llegará Ramsay Bolton a enfrentarse cara a cara con Stannis? ¿Aprovechará el bastardo la disyuntiva para secuestrar o hacer daño a Selyse o Shireen Baratheon? ¿Usará HBO esto como pretexto para justificar la quema de la princesa e hija de Stannis en la hoguera por parte de Melisandre -ante la supuesta, esperemos, desaprobación de su padre-? No está nada claro. Los elementos participantes y colindantes -¡hasta Brienne podría entrar en liza en algún momento en esta historia!- son demasiados para saber qué derroteros han tomado Dan Weiss y David Benioff en esta quinta temporada. ¿Veremos alguna resolución vergonzante a la altura de aquel disparatado rescate por parte de Yara Greyjoy en Fuerte Terror -hechos ocurridos en la cuarta temporada-? Podría ser.

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El episodio nos va llevando en volandas, casi sin darnos cuenta -tras una corta secuencia en el Castillo Negro, en el que se vuelven a dejar patentes las diferencias entre los hermanos cuervos y la decisión del Lord Comandante de salvar a los salvajes, y en la que Olly y Samwell Tarly vuelven a llevar las voces cantantes, Jon Nieve siempre vuelve– hacia el punto álgido de su estructura, y a la postre, de la misma serie. Desde el inicio de la primera temporada, en el que éramos testigos en primera persona de la amenaza de los muertos y los caminantes blancos en el mismo prólogo del episodio piloto, Juego de tronos ha ido mostrándonos hasta qué punto eran reales las advertencias de los Stark –Se acerca el invierno-, los maestres y las llamas de Melisandre. De manera paulatina, hemos asistido a diferentes conatos y amagos del peligro que supone la lucha contra los caminantes blancos -ejemplos perfectos son Guardajuramentos o el capítulo final de la segunda temporada, en el que Samwell Tarly ‘El mortífero’ veía el ejército de los muertos marchar sobre la Guardia de la Noche en el Puño de los Primeros Hombres-, pero jamás a esta escala.

Para comprender la secuencia y los hechos ocurridos en Casa Austera hay que, una vez más, volver la mirada hacia a los libros. En Danza de dragones, Jon Nieve recibía noticias del refugio de los salvajes a través de un cuervo inquietante, que alertaba de la preocupación de las cocas y galeras enviadas por la Guardia de la Noche a la zona. La lejana, fría y remota Casa Austera ha sido saqueada por piratas y sus habitantes, al menos muchos de ellos, han pasado a mejor vida y están comiéndose los unos a los otros. La situación es terrorífica. El lector no tiene mas información que la de la misiva y tiene que recrear en su mente los hechos sufridos por el pueblo libre en las costas de la otrora ciudad de la bahía del Mar de los Escalofríos.

La serie ha sido muy inteligente. En lugar de narrar los hechos en segundo plano o fuera de pantalla -tal y como se hizo con la batalla del Puño de los Primeros Hombres en la segunda y tercera temporada-, los guionistas y productores Weiss y Benioff -que ya se adentran al clímax de la temporada y de la propia historia de Juego de tronos- han trasladado al espectador al centro de la acción, poniendo a algunos de los protagonistas y personajes más queridos de la serie en primera línea de batalla. Con esto, se establece un vínculo importante del televidente con los hechos que transcurren en pantalla -en otras palabras, se implican más con lo que está sucediendo-, se cuenta con una batalla climática que ejerce una especial atención entre los aficionados y lectores -los últimos podríamos tomarnos esta refriega entre hombres y muertos como uno de los momentos más memorables de la adaptación- y se establecen los parámetros y elementos necesarios -a gran escala- para la verdadera lucha que está por venir en Juego de tronos, y por ende, en Canción de hielo y fuego.

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Jon Nieve viaja hasta Casa Austera apoyado por Tormund Matagigantes –Kristofer Hivju- como líder salvaje y figura de confianza, en una misión desesperada. El comandante de la Guardia de la Noche sabe hasta qué punto es vital salvar a tantos integrantes del pueblo libre como sea posible. Jon conoce de buena mano que los muertos y los caminantes blancos podrían aparecer en cualquier momento por allí, y que estos alimentan sus filas con los cadáveres de los vivos. Así mismo, el bastardo y su código de honor lo obligan a socorrer a tantos salvajes e inocentes como esté en su mano, sacrificándose y poniéndose él mismo en peligro por el cumplimiento de tal misión. El desembarco de los hombres de la Guardia de la Noche en la aislada y remota costa en la que se asienta el refugio de Casa Austera, es de un atractivo innegable.

-¿Confías en mi, Jon Nieve?
-¿Eso me convierte en un necio?
-Los dos somos unos necios ahora mismo.

Miles de salvajes se encuentran hacinados entre unos débiles muros de madera y los congelados aledaños de lo que parece una suerte de aldea pesquera antigua -la reminiscencias nórdicas del diseño y el tipo de construcción en la serie de televisión son bastante acertadas-. Jon y Tormund atracan ante la negativa de los líderes salvajes, que reprochan la tornadiza actitud del gigante pelirrojo, al que consideran un traidor y un cambiacapas. El pobre Casaca de Matraca paga los platos rotos, recibiendo una paliza sin contestación alguna por parte del enorme salvaje, que lo deja yaciente entre sangre y huesos tras su gritos, insultos y aireadas desaprobaciones. El cuervo y el salvaje afirman venir con buenas intenciones, alertando del peligro que se cierne sobre ellos y de las posibilidades de vida más allá del Muro, en el Agasajo. La pareja consigue reunirse con los ancianos y líderes de las tribus del heterogéneo conglomerado salvaje, que está compuesto por retazos de cientos de clanes, gigantes, cazadores y gentes comunes sin más oficio que el de sobrevivir y buscar un destino mejor.

Ante las llamas de una cálida hoguera, Jon y Tormund parlamentan con un sinfín de caudillos y representantes. ¡Hasta el propio Wun Weg Wun Dar Wun, el gigante, está con ellos! Ataviados y usando las dagas de vidriagón, advierten de la amenaza de los caminantes blancos, y de la seguridad que puede suponer tener el Muro tras ellos. Las discrepancias son obvias. Los thenitas son muy difíciles de convencer, y lideran las voces discordantes. El pueblo libre es volátil, aunque obcecado, y todavía lamenta la pérdida del liderazgo y el abrigo que supuso la figura de Mance Rayder. Cuando se enteran de su destino -son informados de su fallecimiento por boca de Jon y Tormund- y cuando parece que las negociaciones para sacar a la mayoría de salvajes de Casa Austera han caído en saco roto -muy pocos deciden apoyar esta decisión-, se produce el desastre.

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Mientras unos pocos salvajes comienzan a subir ordenadamente en los botes con destino a los barcos de la Guardia de la Noche -cedidos por Stannis Baratheon-, una densa bruma y un gélido viento comienzan a descender por las laderas de las montañas que abrazan el asentamiento de Casa Austera, mientras los perros que acompañan al pueblo libre, ladran sin control y desesperados en una sonora y lastimera algarabía. Algo se aproxima. Estos minutos, climáticos, sirven para emplazar y alertar al espectador de forma visual con el peligro que está por venir. Con la tragedia que está a punto de suceder. Los aficionados cinéfilos rápidamente establecerán una conexión con la infravalorada película de John McTiernan protagonizada por Antonio Banderas, El guerrero nº13. Tanto en la cinta como en la novela de Michael Crichton, cuando aparecían los peligrosos salvajes a los que se enfrentaban los vikingos -no diremos más para evitar chafar una de las sorpresas del film-, bajaba una profunda y antediluviana niebla por el valle. Era la antesala de que algo sobrenatural. Indicativo de que algo fuera de tiempo y época, estaba por venir y cernirse sobre los protagonistas. La situación en Juego de tronos es similar, pero acontece a una mayor escala.

El frío viento del invierno trae algo aterrador y peligroso consigo, y cuando los miles de salvajes que se encuentran fuera de los muros de madera de la ruinosa fortaleza son conscientes de lo que se cierne sobre ellos, comienza el caos. La turba del pueblo libre se afana por encontrar refugio, huyendo despavorida de un lado a otro y lanzándose al agua intentando buscar refugio en los botes salvavidas. Hay golpes, confusión y gritos. Los thenitas, ayudados por otros miembros del pueblo libre, deciden cerrar la puerta de madera a cal y canto evitando que los inocentes coetáneos que los acompañan, y que huían del terror que se escondía en la niebla, puedan tener si quiera una oportunidad de salvarse.

Son minutos terroríficos, muy bien rodados, en los que la incertidumbre del comienzo derriba en una insoportable -aunque disfrutable- tensión para el espectador. Tras los gritos y lamentos, llega un silencio absoluto. Un silencio mortuorio y penetrante que, a las primeras de cambio, se transforma en la materialización carnal de todos los miedos y peligros que trae consigo el invierno y la Larga Noche en Poniente. Miguel Sapochnik toma rápido el control y las riendas de la contienda, en la que cientos de miles de muertos se afanan por arrebatar de vida todo aquello que se encuentre a su paso. Quizás Sapochnik no sea tan práctico, maniático y racional como Neil Marshall a la hora de dirigir y planificar las batallas -Aguasnegras o la batalla por el Castillo Negro son ejemplos perfectos, junto a su trabajo durante el asedio que vemos hacia el final de la mediocre Centurión-, pero esto último no quita que estemos hablando de una de las secuencias más impresionantes y bien ejecutadas de toda la serie, y por lo tanto, de la televisión.

La dirección es, recalcamos, impecable. Miguel Sapochnik bebe de los mejores Peter Jackson y Sam Raimi -el último habría matado por tener la tecnología disponible hoy en día para su memorable clásico El ejército de las tinieblas-, y nos va ofreciendo set pieces concretas de la más alta calidad, que quedarán grabadas a fuego en la retina de los aficionados. ¡Si es que hasta mejora ciertos aspectos, conceptos y momentos vistos en la más reciente Guerra Mundial Z! Wun Weg Wun Dar Wun encabeza uno de los más atractivos momentos de toda la contienda –Juego de tronos ha manejado con solvencia el papel de los gigantes en la serie de televisión, y el mero hecho de observarlo recordar épocas pasados mientras mira embelesado la daga de obsidiana es de tener en consideración-, y el fugaz papel de Birgitte Hjort Sørensen, a la que conoceréis por la soberbia serie Borgen, culmina con una truculenta secuencia que sacudirá los más henchidos y aguerridos corazones.

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Michael Sapochnik emplaza a los héroes de forma clara e identificable en todo momento durante el asedio de los no muertos coronando la primera parte del combate con la aparición, tras un espectral y arcaico grito entre la neblina, de un nutrido grupo de caminantes blancos que subidos a sus esqueléticas y pútridas monturas, observan la carnicería de sus huestes desde la distancia. El papel de los valedores y portadores de la fría muerte no es meramente presencial, y acaban inmiscuyéndose en la reyerta. Esto se ha ganado las críticas de algunos de los más acérrimos seguidores de Canción de hielo y fuego, que no han visto con buenos ojos este tipo de enfrentamientos tan directos y espectaculares dentro del ambiente y la mitología de las novelas y apurando, de la serie de televisión. Y se equivocan. Hablamos de uno de los hitos más memorables de la serie, consecuente con todo lo narrado anteriormente y con la propia mitología de la saga literaria de George R.R. Martin. Quizás el problema aquí, como suele pasar en las adaptaciones literarias, sean las expectativas y la idealización de este tipo de pasajes. Pero centrémonos.

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La escena y la secuencia de Casa Austera es, a todas luces, irreprochable. Supone la reafirmación del papel de Jon Nieve como héroe y líder de la Guardia de la Noche -más allá de los habituales discursos, terrenos en los que Kit Harington ya había demostrado su valía y mejora interpretativa en esta temporada- y el broche de oro climático a una historia y una temporada que ya empieza a tender hacia la resolución. Canción de hielo y fuego es, también en última instancia, esto. No hablamos únicamente de intrigas, traiciones y rivalidades familiares en una suerte de alta edad media alternativa. También es la reformulación épica y fantástica más fina y elaborada posible, de la eterna lucha de la luz y la oscuridad. Sorprende especialmente que a estas alturas, todavía haya voces críticas al respecto.

“Los Otros no están muertos. Son extraños, hermosos… piensa, oh… seres sobrenaturales hechos de hielo, o algo así, una especie de vida… inhumana, elegante, peligrosa. Sus espadas están hechas de hielo. Pero no un hielo normal. Los Otros pueden hacer cosas con hielo que no podemos imaginar y crear diferentes sustancias con esta materia. Nunca están lejos, ya sabes. No saldrán de día, no cuando ese viejo sol esté brillando, pero no creas que eso significa que se hayan ido. Las sombras nunca desaparecen. Puede ser que no los veas, pero siempre estarán pisándote los talones.”

La Vieja Tata

Casa Austera termina de manera trágica, con la figura del Gran Otro¿El Rey de la Noche?– irguiéndose victoriosa entre los cadáveres que se levantan a su paso. Esto termina arrojando un pensamiento desolador al espectador, que ve como los abatidos y atribulados héroes se retiran de la orilla entre la desazón y la desesperación. No importa la sangre, la familia, la afiliación o la tribu a la que pertenezcas. Ni si sirves a una casa antigua y respetable o a la más loable causa. Cuando caes en el campo de batalla herido por aquellos que vienen con el frío, pasas a ser de ellos. Pasas a engrosar sus filas. Pasas a ser la infantería de aquel que traerá el invierno. Ya no es que se nos acerque el invierno, es que el invierno, y sus gélidos vientos, están ululando sobre nosotros. Y el invierno, como la muerte, únicamente nos trae el reinado del más absoluto silencio.

Alberto González

 

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About albertoponiente

Twittadano del mundo. Cinéfago empedernido, escritor moderado. Colaborador y crítico en @vandalonline, @cinefiloes y @appleadictos

7 responses to “El frío asedio del invierno: impresiones de ‘Casa Austera’”

  1. Miguel Castillo says :

    Me ha encantado rememorar el capítulo con un post tan bien escrito como este. ¡Enhorabuena!

  2. Kesho says :

    Wow, si que se inpiró señor, muy buena e inspirada reseña. Me alegra su postura sobre el componente fantástico de la saga que algunos decían que la serie desdeñaba, sobre todo por la ausencia de la Corazón de Piedra y a contracorriente de, por ejemplo, lo expuesto en el Washington Post que, dicho sea de paso me chirrió y me desnorteó luego de su excelente anáilsis (que suscribo totalmente) sobre la violación de Sansa y el tratamiento del abuso y violencia reflejados en la serie como espejo de nuestro mundo (si no lo ha leído lo recomiendo).
    Saludo desde México, siendo la primera vez que comento aquí, una grata lectura, gracias.

  3. LMC says :

    Grandísimo post para un grandísimo capítulo.

  4. Leandro Marse says :

    realmente genial el post! puedo agregar que senti que la serie supero al libro por primera vez… me hubiese encantado leer lo que sucedió en casa Austera de la mano de Martin como lo vivi en la serie. saludos!

  5. Mónica Estévez says :

    Hola, primero de todo felicitarte por un comentario tan bien escrito y descrito, tan a la perfección con lo que todos vimos en un espectacular capítulo, para muchos, yo entre esa multitud, el mejor de esta temporada intermitente.
    Tengo una duda con uno de tus párrafos: “Segundo, la citada secuencia también sirve para que el antiguo maestre de la Ciudadela recalque eso, para el espectador y su interlocutor de hay otra salida. El ávido lector ya sabe muy bien a lo que se refiere. Tal y como apostilla Qyburn antes de despedirse, el trabajo sigue en marcha.” A qué te estás refiriendo en este caso? Gracias y un saludo.

  6. pol says :

    Lo que es una obra maestra es este artículo. Engancha de principio a fin, escrito con un vocabulario impecable. Enhorabuena 🙂

  7. ElizaMS says :

    Un maravilloso capítulo y una excelente reseña!

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