Ofrendas y afrentas: impresiones sobre ‘El regalo’

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Temo a los griegos, incluso cuando traen regalos”. Juego de tronos nos guía hacia su último acto con un séptimo episodio intimista, plagado de duelos interpretativos soberbios y de varias finuras dedicadas a los lectores, pero que al mismo tiempo, ejemplifica de forma notoria y vergonzosa, lo mal que se ha tratado Dorne en pantalla. El regalo es el epítome inequívoco de una quinta temporada plagada de contrastes. De ofrendas y afrentas.

Ya van siete episodios a nuestras espaldas de Juego de tronos, y pese a los muchísimos aciertos en su haber -más de los que el espectador medio o casual se imagina-, las sensaciones para el grueso de los gorriones aficionados a la serie, no dejan de ser agridulces, e incluso, hasta negativas. No es plato de buen gusto ver como se han tomado ciertas decisiones comprometidas y considerablemente erradas en el tratamiento y la recreación de ciertos personajes y tramas. El regalo ejemplifica a la perfección los aciertos y fallos cometidos por la cuadriga de guionistas de Juego de tronos a lo largo de la temporada, demostrándonos hasta qué punto han sabido corregir y regocijarse de forma reiterativa en sus logros -la trama del Norte, en general, está siendo soberbia- y de qué manera, conscientes de sus limitaciones, han optado por cortar por lo sano y obviar aquellas líneas y arcos argumentales más flojos con resoluciones equivalentes. El regalo es un capítulo que funciona como gozne y cerrojo para una etapa de la temporada, preparándonos de cara a los tres últimos episodios del conjunto que, si todo va según el plan de HBO, marcando la hoja de ruta correcta con respecto a los libros de Canción de hielo y fuego, prometen ser una verdadera montaña rusa de emociones.

El regalo es, precisamente, un bonito presente para todos los lectores de las novelas de George R.R. Martin. Y ya no tanto por el valor en conjunto del episodio -que reitero, es positivo-, sino más bien por la complicidad reinante durante todo el metraje con el aficionado a Canción de hielo y fuego, sobre todo en tres de las principales tramas de la temporada: Desembarco del Rey El Norte y el Muro. Ambas han cosechado un nivel excelso tras siete episodios, y en algunos casos, han demostrado su valía como adaptación -pese a las pequeñas minucias que todos podemos arrojar en un momento dado-. El regalo además, sirve como una suerte de premonición y augurio de las cosas que están por venir -o como una visión en las llamas de R´hllor, si lo preferís-, sin que estas, vayan a suceder de la forma que nos ejemplifica y recrea la serie de televisión de Weiss y Benioff -que escriben el guión del episodio-. Y sí, al esperado encuentro de Tyrion Lannister y Daenerys Targaryen nos referimos.

Una de las cosas que más llaman la atención del capítulo -sobre todo a nivel de libreto-, es lo bien estructurado que está en su mayor parte. Aunque habría que ver hasta qué punto también es labor del montaje, El regalo demuestra, al igual que en los anteriores episodios de la serie, que una buena distribución de tramas y personajes es clave de cara a mantener el interés y la atención del espectador. Si bien Juego de tronos jamás ha sido una producción fijada a los prototipos visuales, estéticos o formales de otras series y obras audiovisuales -ni en estructura, pese a su forma clásica, ni en guión se han ceñido a los cánones reinantes en la televisión y en las cadenas privadas-, sí podríamos decir que en pasadas temporadas no nos costaba en demasía adelantar y recolectar ciertos tics reiterativos a lo largo de sus episodios, que evidencian la falta de experiencia de sus responsables en estas lindes.

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Es casi ofensivo decir que en capítulos de la segunda temporada nos encontrábamos con tramas que no avanzaban absolutamente nada, pero sí que eran de torpe desarrollo a ojos del televidente, y aunque aquí en la quinta temporada tenemos la excepción de Dorne -de la que hablaremos más adelante-, la verdad es que HBO nos pone por delante un concepto de avance y desarrollo más maduro y refinado. Quizás sea también algo inherente al material original –Festín de cuervos y Danza de dragones son un todo literario que contiene las características citadas correspondientes a su forma, medio y manera-, pero en pantalla funciona a las mil maravillas. ¿Es entonces la quinta temporada de Juego de tronos más lenta de lo habitual? Podría ser -lo es para ojos de muchos aficionados a la serie, que esperaban impacientes un carrusel constante de emociones como el de la cuarta temporada-, pero es que el material original escrito por George R.R. Martin también funciona en esos términos de cocción y desarrollo, y pese a ello, los guionistas han sabido introducir ciertas improntas y mecanismos para que la fluidez y el camino de ciertos personajes no se resientan en la adaptación. Weiss y Benioff tienen sus cosas como guionistas y productores ejecutivos, pero si nos ceñimos al plano técnico, son unos auténticos profesionales.

El regalo arranca con uno de los cambios más profundos en la trama del Norte y el Muro con respecto a las novelas: la decisión de que Jon Nieve -Kit Harington- abandone la seguridad de sus estancias de Lord Comandante de la Guardia de la Noche para adentrase en los fríos páramos existentes más allá del Muro en una arriesgada misión de rescate en Casa Austera -refugio en el cual, miles de salvajes permanecen ocultos y sobreviven tras la derrota contra las huestes de Stannis-. La introducción nos regala dos momentos claves, cargados de simbología e importancia: la liberación simbólica de Tormund Matagigantes, con la rotura de sus cadenas delante de todos los hermanos juramentados -el bastardo de Invernalia pasa a tener un rol más activo como líder, pero decididamente controvertido a tenor de las miradas de odio y desaprobación de sus compañeros vestidos de negro-, y la entrega de la daga de vidriagón por parte de Samwell Tarly -John Bradley West-, el único material capaz de herir y hacer daño a los fríos y peligrosos caminantes blancos.

Son dos pequeños gestos que quizás se pierdan entre la nieve del patio de armas del Castillo Negro para muchos televidentes, pero creo conveniente recalcar. Sobre la misión de Jon Nieve veremos más -muchísimo más- en el siguiente episodio, Casa Austera que, en boca de sus responsables, promete marcar un antes y un después en la pequeña pantalla en cuanto a secuencias de acción. También servirá para constatar si el intrépido cambio en la línea argumental de Jon Nieve en la adaptación de HBO es justificable para todos esos acérrimos lectores.

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Pero la separación de Jon y Sam trae duras consecuencias para este último. Los aficionados a Canción de hielo y fuego reconocerán que una de las tramas más emotivas -por las abundantes descripciones y los pesados traumas y atribulaciones que arrastraban entre sus líneas-, era la de Samwell Tarly –John Bradley West-. Un muchacho que, tras hallar de manera sorpresiva e inesperada su propio valor, se veía defendiendo a una salvaje de caminantes blancos, sobreviviendo a la nieve y al duro invierno, y enfrentándose a sus problemas sin huir o derramar lágrimas de cobardía. En Festín de cuervos, auspiciado y apoyado por Jon Nieve, Sam emprendía un arriesgado viaje hacia la inmemorial ciudad de Antigua, hacia la Ciudadela, lugar en el que se forman los maestres y en la que se encuentra instalada su orden. La serie parece haber prescindido varias subtramas de este particular anábasis para Tarly -si sois lectores sabéis perfectamente a qué nos referimos-, pero ha resumido perfectamente varios de los momentos claves de cara a la evolución del personaje sin tener que salir del Castillo Negro. Más allá del destino, y de las implicaciones que puede tener este en el futuro del Sam en la historia de Canción de hielo y fuego, una de las duras secuelas de este viaje, era la pérdida del maestre Aemon Targaryen, que por culpa de su delicada salud, acababa falleciendo en el tránsito para desgracia de todos.

“¿Qué es el honor en comparación con el amor de una mujer? ¿Cuál es el deber frente a la sensación de un hijo recién nacido en sus brazos… O el recuerdo de una sonrisa entre hermanos? El viento y las palabras. Sólo somos humanos, y los dioses nos han formado para el amor. Esa es nuestra gloria y nuestra gran tragedia.”

Aemon Targaryen

El regalo nos arrebata también a Aemon Targaryen -Peter Vaughan- de nuestro seno de una forma tan emotiva, que es imposible no derrumbarse por dentro. En su lecho de muerte y agonía, Aemon recuerda la risa de su hermano Egg al escuchar los balbuceos del bebé de Elí, transportándose de forma febril a su infancia, envolviéndose entre lo real del momento y sus difusas y distorsionadas memorias. “He soñado que era viejo, Egg.” Aemon se despide entre llamas -no obstante, era de la sangre del dragón- y su funeral –“Ahora, su guardia ha terminado”– es el clímax perfecto para demostrar al espectador que, ahora sí, Sam no tiene aliados ni amigos cercanos que le ayuden, teniendo que demostrar su valía y madurez cuando las cosas se pongan feas. Y se ponen, y muy feas.

Cuando dos hermanos juramentados deciden importunar a Elí cuando esta se encuentra sola haciendo sus tareas, Tarly se encuentra en la difícil disyuntiva de arriesgar su propia vida para salvar el honor de la salvaje con la que ha compartido camino y destino. Recogiendo todas las fuerzas y el valor atestiguado y recogido durante todo este tiempo, Sam desenvaina su espada y se enfrenta sin titubeos a los cuervos descarriados. Toda la secuencia está rodada con bastante gusto -Sam cae, se levanta tras una brutal paliza, y vuelve a plantarle cara a los dos violadores-, y termina con un Fantasma que sale a secuencia para demostrar que de una forma u otra, Jon está ahí. También sirve para que el personaje se haga un hombre, pero en otro sentido: Sam y Elí se funden en uno y acaban haciendo el amor.

En Invernalia, Weiss y Benioff aprovechan para mostrarnos algo más de la tortuosa y terrible relación a tres que mantienen Ramsay, Sansa Stark -Sophie Turner- y Theon. La combinación en un primer momento parecía forzada para los lectores de Danza de dragones, pues hablábamos de poner en contacto, liza y peligro a personajes que bajo ningún concepto, se habían cruzado en las novelas. La reformulación de la trama de Invernalia y el matrimonio de los Bolton con la casa Stark en la serie de televisión de HBO, ha terminado por funcionar correctamente encajando sin fisuras dentro de la particular dicotomía que mantiene la adaptación con los libros de Martin. El regalo nos ofrece una llamada de auxilio de una maltratada y derrumbada Sansa Stark, que entre los pesados muros de la casa y el dormitorio que la encierran y aprisionan, ve en Hediondo -Theon Greyjoy, interpretado por Alfie Allen-, su única posibilidad de escape y ayuda. La loba pelirroja intenta henchir de orgullo a un destrozado y desarmado Hediondo, pero la situación acaba mal, con su enlace y única aliada siendo desollada en mitad del patio de armas del castillo -escena truculenta, pero sin llegar a ser gratuita o excesiva-, y con un Ramsay Bolton visiblemente contrariado -un estremecedor Iwan Rheon que, sin lugar a dudas, ha hecho suyo el personaje-:

“Mantente pegada a esas velas tuyas. Las noches son muy largas ahora.”

El beso en la mejilla de Ramsay a la aterroriazada Sansa, en mitad del patio de armas de Invernalia, y bajo la tormenta, es estremecedor. Una vez más, Juego de tronos recorre a los estímulos visuales para el espectador, que debe interpretar las pistas. ¿Cómo sabemos que Sansa está en una situación delicada? Por su propia voz, y por los signos de golpes y arañazos que muestra en su nívea y delicada -y antes impoluta- piel. Otro de los recursos que Juego de tronos usa a placer y de manera conveniente, es el de la fotografía, cada vez más fría y oscura, para acrecentar la llegada del invierno al Norte. Si en los últimos episodios nevaba copiosamente en el Muro, la estación más peligrosa de Poniente parece haber llegado también al bastión de los Stark… Y los alrededores.

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“Me retiré de Desembarco del Rey. Si me retiro otra vez, seré el Rey de la Retirada. Se acerca el invierno. No es solo el lema de los Stark. Es un hecho. Si regresamos al Castillo Negro, pasaremos allí el invierno. Y nadie sabe cuántos años durará este invierno. Es el momento adecuado y nos arriesgaremos. Si no lo hacemos, habremos perdido. Marcharemos hacia la victoria… o marcharemos hacia la derrota. Pero avanzaremos. No retrocederemos”.

Stannis Baratheon

Alrededores -a varias decenas o cientos de millas de distancia, vale, pero alrededores al fin y al cabo- en los que se encuentra un atribulado y atascado Stannis Baratheon -Stephen Dillane-, que parece haberse quedado en punto muerto en su marcha militar hacia Invernalia por culpa de la repentina entrada del invierno y sus ventiscas de nieve. En Danza de dragones asistíamos a un momento similar -quizás más crudo, dramático y peliagudo, pues además de deserciones de compañías, vasallos y soldados, veíamos como las provisiones escaseaban hasta tal punto que se extendía el canibalismo en el campamento-, y aunque la serie parece salvaguardarse ciertas cartas en la manga -todavía quedan episodios y momentos claves a retratar-, se va por el buen camino. Stannis Baratheon, tras una breve discusión con Ser Davos Seaworth -Liam Cunningham- -otra de esas particulares dinámicas entre personajes muy bien reflejadas en los libretos de la serie-, el Rey Legítimo de Poniente discute con Melisandre el siguiente paso a dar, y el coste del mismo con tal de avanzar con su ejército hacia el bastión ocupado por los Bolton.

Aquí nos encontramos con uno de esos errores en la traslación a pantalla del personaje de Melisandre -Carice Van Houten-, que busca sacrificar a la propia heredera e hija de Stannis, Shireen, en pos de conseguir y atesorar el poder suficiente con el que dar un vuelco a la delicada situación. George R.R. Martin siempre ha defendido que se malinterpretaba a Melisandre continuamente en sus acciones -siempre en relación a las novelas-, y aquí se demuestra que, obviamente, Weiss y Benioff le han dado a la sacerdotisa roja un cariz bastante erróneo en la adaptación que casa perfectamente con el visceral odio de algunos fans de la saga. ¿Dónde quedó la sacerdotisa de Asshai? ¿Será capaz Melisandre de actuar sin la aprobación de Stannis? ¿Emprenderá un secuestro arriesgado de la princesa Baratheon con tal de ver cumplirse la profecía que vio en las llamas? En cualquier caso, habrá que ver qué teclas presionan ambos guionistas para darle coherencia a este tipo de decisiones, y si tienen cabida en las resoluciones de los episodios finales que están por venir.

En el El regalo confluyen -¡por fin!- y se entrelazan varias tramas, dando como resultado una nueva corriente sólida que ayudará a tomar impulso a algunos de los desaguisados de Meereen, que aunque parece haber ganado atractivo para el espectador tras la completa desidia en anteriores temporadas, se estaba encontrando en serios apuros de nuevo. Por azares del destino, tal y como vimos en el pasado capítulo, Ser Jorah Mormont -Iain Glen- y Tyrion Lannister -Peter Dinklage- acabaron topándose con un grupo de comerciantes de esclavos, que los acaban vendiendo como luchadores en un improvisado atril a las afueras de la otrora capital de los comerciantes de carne. La subasta, en mitad de un pinar poco agraciado visualmente -¿de verdad no había más escenarios en los que realizar una subasta de esclavos clandestina que en las afueras de Meereen, ciudad en la que se ha prohibido la práctica bajo pena de muerte?-, no tiene lustre ni enjundia dramática alguna, y no observamos bajo ningún concepto la presumible tensión de la separación por lotes que podría haber ocurrido -en cierta manera, para reforzar el vínculo contraído entre Tyrion y Jorah tras su particular odisea juntos-. Una vez más, todo se resuelve de forma abrupta.

Desgraciadamente, lo que podría haberse utilizado para ayudar comprender y adornar un poco más la relación de amor y lealtad del complejo Ser Jorah -que recordamos, está afectado de psoriagrís en la serie- con respecto a su reina de plata y el presente que porta, acaba resultando y desembocando en una patán secuencia que no termina de coagular bajo ningún concepto y que, aunque reúne a los tres personajes bajo un mismo telón y escenario -tras una torpe batalla en uno de los campos de entrenamiento y reñidores menores de Meereen, Daenerys Targaryen -Emilia Clarke-, Tyrion Lannister y Ser Jorah funden sus destinos-, no aporta demasiado más allá del morbo de cara al lector, que durante años, ha fantaseado con semejante encuentro. La entrada de Tyrion, –el regalo de Jorah para su venerada madre de dragones- en escena sí que destila cierto buen hacer, presentándose sin miedo ni titubeo -como buen león de la Roca- como Lannister ante la reina de sangre Targaryen y los asistentes. No será hasta el siguiente episodio cuando realmente veremos algunos de los momentos más deseados por algunos de los aficionados de Canción de hielo y fuego: un vis a vis entre por Daenerys y Tyrion. ¿Estará a la altura de las expectativas? ¿Servirá para revivir el atractivo de la trama de Meereen? Esperemos que sí. En cualquier caso me tomo la decisión y la secuencia como un regalo para los lectores.

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Otro de los errores que acechan al capítulo -si es que la torpe planificación de la llegada a Meereen de Tyrion y Jorah puede considerar un error-, es bien conocido por todos: Dorne. Una vez más, y en lo que ya se ha convertido en un cliché dentro de las críticas vertidas sobre esta quinta temporada de Juego de tronos, nos encontramos ante una trama obtusa, deshilachada, que avanza a trompicones y que para colmo, nos regala una bochornosa secuencia en la que vuelven a intervenir las Serpientes de Arena. Si ya estaban desdibujadas, mal enfocadas e interpretadas -el casting no es malo, pero dudo que hayan preparados su papeles convenientemente en vista de los resultados-, El regalo vuelve a mostrar todas las carencias de las Serpientes de Arena, y lo hace con una secuencia que parte de una idea brillante pero que no puede estar peor ejecutada.

Si recordáis, tras la comentada secuencia de lucha en los Jardines del Agua -y no precisamente para bien-, Bronn acabó malherido y aprisionado, junto a las Serpientes de Arena, Ellaria Arena y el propio Jaime Lannister -que recibe un trato distinto y no se encuentra encerrado bajo llave en las prisiones del bastión dorniense-, en las estancias de Doran Martell. La escena abre con el mercenario cantando de nuevo La mujer del dorniense –que exalta las cualidades peligrosas y seductivas de las mujeres del reino sureño de Poniente- bajo la atención de Tyene -Rosabell Laurenti Sellers- y la desaprobación de sus dos hermanas en mitad de las celdas. Tras la canción, Tyene decide jugar con Bronn, enseñándole y ensimismándole con sus encantos, buscando que el efecto del veneno que corre por sus venas, haga efecto -sí, las dagas con las que hirieron al héroe del Aguasnegras estaban impregnadas de una toxina bastante potente procedente de Asshai, llamada “El largo adiós”-.

Lo que podría haber ayudado a crear una atmósfera ideal para ratificar el atractivo y la sexualidad peligrosa y torva de las dornienses, converge en una secuencia de turgentes pechos al estilo HBO muy mal entendida, perdiéndose de nuevo la perfecta oportunidad de tratar a unos personajes tan importantes y queridos. La conversación entre Jaime Lannister y Myrcella sí apostilla algo más el vínculo entre ambos personajes, y las insalvables distancias que se han generado entre ellos -Myrcella lleva viviendo tiempo entre los dornienses, ha establecido su nueva vida allí y no piensa abandonarla de nuevo-, pero en el cómputo global todo el arco argumental en Dorne sigue haciendo aguas. Una nueva afrenta a un lugar, un reino y unos personajes, que ya empiezan a hacer mella de forma vergonzosa en la serie.

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Pero Juego de tronos es una serie de contrastes, para lo bueno y para lo malo. Y si hablamos de Dorne en términos ampliamente negativos, una de las ofrendas y aspectos más destacables de toda esta temporada de cara a los espectadores, está siendo la trama de Desembarco del Rey, que está recibiendo de lejos algunas de las mejores interpretaciones, diálogos y momentos. Muy pocas series o producciones audiovisuales recientes tienen a actores y actrices de la talla de Jonathan Pryce o Diana Rigg en su haber, y menos, como personajes recurrentes. Aunque ya hemos hablado de los cambios y ajustes acaecidos en este particular tramo narrativo de Juego de tronos, también hemos recalcado en varias ocasiones la manera en la que, de una forma u otra, todo ha ido desembocando en el mismo punto que en las novelas. Juego de tronos puede dejar algo que desear como adaptación en diversos aspectos, pero en el momento en el que funciona y lo hace a tal nivel, es gratificante como ninguna. La quinta temporada de Juego de tronos podría resumirse como auge y caída de Cersei Lannister, que empieza a sentir en su propia piel las consecuencias de las erróneas decisiones cometidas en episodios anteriores en relación al ascenso de la Fe. La trama de Desembarco del Rey, dada sus luchas intestinas entre familias, madres, consortes, hijos y septenes, es casi una de esas tragedias de Shakespeare hecha fantasía.

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Si bien La reina de las espinas intenta ejercer influencia sobre el cada vez más poderoso líder religioso, y mantiene un lúcido y bien traído diálogo con el Gorrión Supremo -que funciona tan bien, y a tantos niveles, que es imposible no pausar el episodio y aplaudir efusivamente- todo acaba con consecuencias nefastas. En un callejón sin salida, y con sus dos nietos siendo acusados por la justicia divina. Pero como no existen las casualidades en Poniente -y menos en Desembarco del Rey, lugar en el que nacen casi todas las intrigas, traiciones y conspiraciones posibles-, Meñique, Lord Petyr Baelish -Aidan Gillen- acaba reuniéndose con su aliada y conspiradora -como se encarga de recordarle bajo el marco de su propio y destruido burdel al mentar el asesinato de Joffrey Baratheon- y le hace un regalo.

Una ofrenda que hará cambiar las tornas de esta disyuntiva, y que pondrá en un serio aprieto a la causante de la afrenta a la familia Tyrell, Cersei Lannister. Cersei, que tiene una victoria momentánea cuando va a visitar a Margaery Tyrell -Natalie Dormer-  al Septo de Baelor en una suerte de pantomima con la que contentar a su hijo -el pusilánime Tommen Baratheon-, acaba viendo como esa profecía que la marcó en su infancia, comienza a tomar forma enfrente suya tras dialogar con el nuevo Septón Supremo en una de las criptas del Septo. Son unos minutos vibrantes, en los que Jonathan Pryce y Lena Headey mantienen un duelo interpretativo fino e irreprochable, y que de paso, recuerda a algunas de las conversaciones más memorables de Festín de cuervos y Danza de dragones entre ambos personajes. Se puede sentir -incluso palpar-, la manera en la que la tensión va abriéndose paso en la tradicional y arcaica capilla, mientras la coraza de impermeabilidad y seguridad de Cersei se viene abajo.

La todopoderosa Cersei Lannister, la intocable leona y guardiana de Occidente, siente un escalofrío muy real cuando su primo, Lancel Lannister aparece tras el Gorrión. En un intento fútil decide huir, pero las septas la apresan y la arrojan al interior de una de las sagradas celdas que custodian: su reinado y su gestión, se desmorona. Ha sido despojada de su halo de superioridad incuestionable. Los goznes de la puerta de su nueva estancia, así como sus frías y gruesas paredes, ahogan los rugidos del furioso y peligroso animal que retienen. En el exterior del Septo su cachorro no tiene a su madre cerca, y su único amor, su único apoyo en tiempos difíciles, se haya a miles de kilómetros de distancia. Cersei se encuentra sola. Aislada y apartada del mundo. Como casi siempre en su vida. Pero ahora es plenamente consciente.

Alberto González

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Twittadano del mundo. Cinéfago empedernido, escritor moderado. Colaborador y crítico en @vandalonline, @cinefiloes y @appleadictos

2 responses to “Ofrendas y afrentas: impresiones sobre ‘El regalo’”

  1. Trapone says :

    Muy buen analisis del capitulo, como siempre. Dorne de verdad que la estan cagando y mucho. Estas tres mujeres apellidadas arenas no son nuestras serpientes de la arena.
    Lo que no entiendo es porque Sam le da el vidriagon a Jon. No se supone que el acero valirio (garra) también daña a los caminantes blancos?

  2. MS says :

    genial crítica del mejor capítulo de la temporada hasta la fecha

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