Un difícil trago: impresiones de ‘Nunca doblegado, nunca roto’

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Uno de los principales atractivos de cara a la quinta temporada de Juego de tronos, era el poder disfrutar de una recreación audiovisual a la altura de Dorne, el reino más sureño de Poniente. Aunque hemos tenido pequeños adelantos y personajes procedentes de esas tierras que nos han ido dando una seria idea pictórica de lo que podemos esperar de HBO y su adaptación, no ha sido hasta el presente episodio, Nunca doblegado, nunca roto, cuando hemos podido como espectadores obtener la imagen completa de Dorne y sus habitantes. ¿El resultado? Un tanto amargo. Pero en el episodio hay mucho más, contando en su haber con una de las secuencias más duras y de difícil trago de toda la serie. Spoilers.

Nunca doblegado, nunca roto. Así es el lema de una de las casas más importantes y antiguas de todo Poniente, la casa Martell, que reside y regenta Dorne. Pese a que ya habíamos ido obteniendo trazas y pequeños sorbos de la idea global de HBO y Weiss y Benioff sobre Dorne y sus gentes -más allá de Oberyn en la cuarta temporada, todas ellas muy decepcionantes desde el punto de vista del lector de Canción de hielo y fuego-, no ha sido hasta el sexto episodio de la quinta temporada de Juego de tronos cuando hemos podido comprobar de primera mano hasta qué punto es acertada o errónea la visión plasmada en pantalla de una de las localizaciones y familias más queridas de toda la saga literaria de George R.R. Martin -que dicho sea de paso, ha publicado en su blog una nueva entrada en la que aclara que serie y novelas son un producto diferente-.

Bryan Cogman -que firma también este sexto episodio-, poco se le puede reprochar. Como guionista lleva el pulso narrativo del episodio, sus tramas y personajes de una forma excelente, sin peros ni contratiempos de ningún tipo. Al igual que en anteriores temporadas, Nunca doblegado, nunca roto, funciona como un particular díptico con Matad al chico, el pasado quinto episodio de Juego de tronos. Cogman, con la sobriedad que le caracteriza, vuelve a hacer uso de la concreción de tramas y argumentos, en esta ocasión, centrándose en aquellas historias que se quedaron atrás o o gozaron de representación ni metraje en el anterior capítulo. Es decir, si tuvimos ración extra del Muro en Matad al chico, esta vez se decide apostar más por Desembarco del Rey y Dorne, arcos argumentales que no tuvieron segundos en pantalla. La decisión es, a todas luces, acertada. Podríamos coger estos dos capítulos de forma aislada, y ver como encajan y se solapan como las páginas de un libro. Es más: podríamos dilucidar hasta qué punto, como si de un director de orquesta se tratase, Bryan Cogman consigue encandilar aquellas tramas y roles arrítmicos para que vayan al perfecto compás y en absoluta armonía dentro de la compleja sinfonía que es a estas alturas, Juego de tronos.

Bryan Cogman ha pasado de escribir un único episodio a dos por temporada y creo que hablamos en el nombre y representación de cualquier fanático de Canción de hielo y fuego si rogamos -o exigimos- a Weiss y Benioff -y en última instancia, a la propia HBO– para que se le permita firmar alguno más. El guionista del pasado y también redondo episodio de la cuarta temporada, Guardajuramentos, logra batuta en mano, otro éxito: conseguir que la línea argumental de Dorne no parezca demasiado un error de bulto dentro del correcto devenir de la propia serie. Y cuidado, pues no era tarea fácil ni grata. Pero ni eso consigue rectificar la falta de tino que están teniendo a la hora de trasladarlo a pantalla.

Seremos francos: Dorne no está siendo bien tratada en Juego de tronos. No ha gozado de una presentación correcta -en el segundo episodio, La casa de Negro y Blanco-, ni de una introducción a la altura con respecto a personajes tan importantes y queridos como las Serpientes de Arena. De hecho, recordemos que si bien la reducción de siete a tres hermanas ya produjo urticaria y sarpullidos entre los lectores -aunque en el fondo fuese una decisión lógica a fin de evitar mayores líos en la cabeza del espectador medio-, su entrada en pantalla tampoco fue la más correcta. Si hacéis memoria, recordaréis que tanto Obara -Keisha Castle-Hughes-, como Tyene -Rosabell Laurenti Seller- y Nymeria -Jessica Henwick-, se encontraban en un destartalada choza en mitad de la nada en el cuarto episodio, esperando órdenes de Ellaria Arena -que en la serie, parece haber adoptado el papel de líder y excesivo contrapunto revolucionario al mandato del patriarca y regente en Dorne, Doran Martell- para atacar y clamar venganza contra los Lannister. La secuencia era imponentemente ridícula -más propia de una serie de CW o AMC que de HBO-, con una Tyene Arena que parecía un tanto dócil y una Obara que, a sangre fría y sin pudor, acababa asesinando de forma brutal al capitán de un barco que tenían cautivo -que previamente les había revelado información sobre el viaje de Jaime Lannister a Dorne en misión de rescate- y completamente desarmado.

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Nunca doblegado, nunca roto, vuelve a introducirnos a las Serpientes de Arena, y esta vez, de una forma más inteligente, pero en última instancia, inepta. Si somos especialmente mal pensados, diríamos que el propio Cogman era consciente del estropicio que se estaba gestando en estas lindes, y ha decidido cortar por lo sano. Sí, Dorne está mejor retratada que en anteriores intentonas, pero el regusto que está dejando es bastante amargo. Las sensaciones que está desprendiendo la delicada misión diplomática de Jaime Lannister y Ser Bronn en los terrenos meridionales de Poniente no son del todo buenas, y en Nunca doblegado, nunca roto volvemos a encontrarnos con secuencias torpes, diálogos lastimeros y algún que otro fallo de planificación y raccord -continuidad- en las coreografías de combate. Sir ir más lejos, el planteamiento de toda la secuencia parte de una premisa un tanto ridícula: Jaime y Bronn se internan en los Jardines del Agua con una inusitada facilidad, burlando cualquier atisbo de seguridad en lo que se supone como uno de los bastiones de Doran Martell -en cierta manera, es su refugio-. Pero hay más: lo hacen manchados de sangre, y como decían en la película Mentiras arriesgadas -esa obra maestra del cine de acción de los noventa a cargo de James Cameron- por la puerta principal. Aquella cinta era un subversivo guiño a los clichés de género, pero aquí el efecto es el contrario. Insostenible para una serie a la que se le presupone caché.

Una vez allí, y tras mostrar de nuevo el nudo amoroso que se establece en la serie entre Trystane Martell y Myrcella Baratheon -la decisión de apostillar una suerte de Romeo y Julieta en Poniente habría funcionado, pero no en estos términos-, Juego de tronos vuelve a entonar la equivocada canción dorniense -y no, no me refiero a La mujer del dorniense que el propio Cogman rescata en un evidente y loable guiño a los lectores en boca de ese trovador improvisado que está resultando ser nuestro Bronn del Aguasnegras-. La entrada de las Serpientes de Arena en escena -comandadas por la vengativa Ellaria Arena desde la sombra- y el posterior combate con los dos enviados por Cersei Lannister es propia de un episodio de sobremesa de alguna serie de baja estofa proveniente de los noventa -la primera que me viene a la cabeza es Xena: La princesa guerrera-, con intercambios de golpes de espadas y lanzas guionizados y planificados de forma errónea hasta la extenuación, carentes de emoción y sosegados hasta la evidente desidia. No hay ningún estoque creíble, ninguna estocada o tajo plausible. El tono cerril de la escena se corona con la aparición de Areo Hotah y su guardia, que apresa a todos los involucrados en la trifurca. Un resolución torpe para una trama torpe.

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Pero más allá de la batalla, obtenemos signos palpables de que nada va bien en estas lindes dornienses, y creemos que tiene su origen en un nivel más profundo que en el de la vacua planificación o el rodaje de las propias escenas. Obara Arena sigue siendo una caricatura excesivamente belicosa y unidimensional de lo que podría dar como personaje -os propongo un ejercicio, buscad las líneas que ha endilgado en sus dos únicas apariciones en pantalla y sacad conclusiones-, y sí, Ellaria Arena -Indira Varma- ha quedado desdibujada y completamente contradictoria con el rol presentado en la anterior temporada. De Doran Martell -Alexander Siddig-, poco se puede decir, pues una vez más, encontramos su aparición forzada, anodina e insípida. En cierta manera, tiene delito: estamos en un sexto episodio, y no hemos obtenido ni un único diálogo respetable o destacable de su postrada figura. Si algunos de los roles principales van cojos y a medios gas, la trama se derrumba bajo la acción de su propio peso.

Es complicado saber qué ha fallado con prístina exactitud, pero todo parece venir por una interpretación errónea de los homólogos literarios en la adaptación televisiva, y de un errado intento por parte de los guionistas de impregnar el carácter feminista y aguerrido de las dornienses de cualquier manera, sin ton ni son, usando la excusa de la venganza por la muerte de Oberyn. De aquellas aguas, estos lodos. Podemos ponernos una venda en los ojos y acatar la desaparición de Arianne Martell del panorama, e incluso, si nos apuráis, acatamos la idea del viaje de Jaime y Bronn en pos del rescate de Myrcella. Pero la ejecución de Dorne en estos tres episodios en los que ha hecho acto de presencia, no ha estado a la altura ni al nivel de Juego de tronos. Lo hemos constatado: HBO no ha sabido exprimir las bondades dramáticas que servía en bandeja de plata la trama de Dorne -porque eso sí, la dirección artística o fotográfica de las localizaciones sevillanas sigue siendo soberbia-. Y si el propio Cogman se encuentra en serios apuros para conseguir atrapar la atención del espectador, os podéis hacer una idea del desastre en última estancia que está siendo esta trama en la quinta temporada.

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Pero gracias a R´hllor, el capítulo ofrece mucho mas que Dorne. Uno de los aspectos cardinales a tratar en la quinta temporada de Juego de tronos, era la consiguiente evolución de Arya Stark –Maisie Williams– en Nadie, como sirvienta del Dios de Muchos RostrosNunca doblegado, nunca roto abre con una Arya que sigue con la concienzuda preparación de los cadáveres y cuerpos de aquellos que buscan el don. La secuencia está rodada con gusto –Jeremy Podeswa también filmó secuencias similares en la también redonda serie de HBO A dos metros bajo tierra-, y ejerce una enigmática atracción en el espectador. El mimo, el cuidado y el respeto con el que se trata a los peticionarios de la Casa de Negro y Blanco es una buena muestra de hasta qué punto es importante la muerte para aquellos que se llaman Hombres sin Rostro, y estos minutos iniciales consiguen resumir el credo de los mismos a la perfección.

Si el juego de las mentiras era parte fundamental del camino de Arya Stark para olvidar su propia identidad en Festín de cuervos, uno de los gestos más manifiestos del guión de Cogman para el episodio con respecto al lector, es la recreación de uno de esos fieros intercambios de bulas e historias inventadas entre la Niña Abandonada y ella. La pequeña loba se ve asediada noche y día a aprender a controlar y comprender la importancia de asimilar y creer en una mentira -o una verdad-, aunque te traicione el subconsciente. Noche y día, se ve sometida al juicio de Jaqen H’ghar -Tom Wlaschiha-, que la prueba y examina constantemente -vara en mano-. Tras observarla regalar el don de la muerte y el descanso eterno a través de la envenenada misericordia residente en el insondable y oscuro pozo del templo a una enferma y convaleciente suplicante, Jaqen decide dar un paso más en la formación de la pequeña Stark, y le permite visitar aquel nivel del santuario al que no le estaba permitido acceder.

Los siguientes segundos, desencajan la mandíbula de cualquier lector o aficionado a Canción de hielo y fuego que se precie. La llamada Sala de los Rostros es uno de los emplazamientos más enigmáticos, insólitos y mágicos de cuantos ha descrito George R.R. Martin. Una enorme y oscura bóveda, enterrada bajo tierra, sobre la que cuelgan miles de rostros y facciones dispuestas en cientos de colosales y majestuosas columnas minadas de nichos. En ellas, yacen incontables rostros y facciones recolectadas por la Casa de Negro y Blanco durante generaciones, y que suponen la fuente y el motor de su anonimato, así como el elemento diferenciador de su orden. El impacto escénico es evidente -H.R Giger estaría orgulloso de semejante composición-, y es inevitable sentirse sobrecogido durante la secuencia. Prodigiosa. Juego de tronos, en contra de lo que podría parecer a simple vista, está llevando todo el libreto de Arya en Braavos con una fidelidad ensalzable.

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Otra de las tramas beneficiadas por la pluma de Cogman, es la referente a la de Desembarco del Rey. Tanto Dan Weiss como David Benioff -máximo productores y responsables de la serie de HBO-, comentaron con anterioridad la importancia que tendría Cersei Lannister –Lena Headey– en la quinta temporada de Juego de tronosNunca doblegado, nunca roto demuestra hasta qué punto es algo cierto y perfectamente verificable por cualquier espectador con dos dedos de frente. A lo largo de esta tanda de episodios, estamos asistiendo al resurgir de la Fe Militante y al control religioso e inquisidor que está comenzando impregnar las calles de la capital del reino. Lo que comenzó como un movimiento de peregrinaje en pos de la absolución y la salvación en tiempos difíciles para Poniente, tiene las visas de acabar en un grave error político y social de cara a la corona derivado de la ineficaz gestión de Cersei al respecto, pues las manos del Gorrión SupremoJonathan Pryce– son cada vez más largas, y sus ansias de expiación, penitencia y justicia divina, enormes.

Ungido por un poder inconmensurable y apadrinado por la propia corona, el Gorrión Supremo no tiene límites en su empoderamiento ni a nadie que le mire por encima del hombro. Es la más alta autoridad. Las acusaciones de comportamiento inmoral vertidas sobre Ser Loras -enorme Finn Jones– y Margaery Tyrell -interpretada por la siempre correcta y eficiente Natalie Dormer– en la vista religiosa organizada por los gorriones -y dirigida por el propio Gorrión Supremo, ahora en funciones como Septón Supremo-, son muestra de ello. El poder real ya no tiene ninguna fuerza bajo la omnipresente moralidad de la Estrella de Siete Puntas, que sigue con una cruzada religiosa que se inmiscuye en los más diversos ámbitos de la vida diaria en Desembarco de Rey. Pese a que estamos experimentando a una serie de profundas alteraciones de personajes y hechos con respecto a Festín de cuervos o incluso Danza de dragones -derivadas de los cambios realizados en su día con las edades y acciones de los personajes en la adaptación, así como de las vicisitudes y requerimientos propios inherentes al medio televisivo-, la verdad es que la senda parece que desembocará en el mismo punto que los dos citados libros. Y con eso, basta.

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– “Ah, sí. La famosa lengua de zorra de la Reina de las Espinas.”

– “Y la famosa zorra: La Reina Cersei”.

Los mejores minutos de esta trama vienen dados, los dos, por Cersei Lannister. Por una parte la serie nos presenta la llegada la capital de la matriarca de la familia Tyrell, Lady Olenna RedwyneLa rosa de las espinas, interpretada de manera sublime por Diana Rigg-, que mantiene un vis a vis con la reina regente en sus aposentos es absolutamente maravilloso. Nunca un cruce de acusaciones entre familias había sido tan intenso. La leona de Roca Casterly comienza a desquitarse de las zarzas y espinas del rosal que una vez la atrapó. Por otra, somos testigos de una declaración  -o mejor dicho, de todo órdago- de Petyr Baelish -Aidan Gillen-, que parece arreglar uno de los desaguisados productos del cambio de guión en la trama del Norte. Meñique aclara que Sansa Stark –Sophie Turner– está oculta en Invernalia, y que los Bolton planean desposarla para legitimar así su dominio en aquellas frías tierras. De esta manera, aunque de forma evidente y un tanto rudimentaria, se muestra la jugada de Meñique con respecto a los Lannister: mantener las apariencias y seguir haciéndoles creer que es un firme aliado en el que confiar. Es algo así como la jugada del trilero: todos sabemos que nos están engañando.

Nunca doblegado, nunca roto prosigue con el camino de Jorah -Iain Glen- y Tyrion -Peter Dinklage- justo en el momento en el que lo dejamos en el episodio anterior. De hecho, podríamos decir que casi se calcan y repiten planos -sin que esto sea malo o una crítica, ni mucho menos-. Tyrion y Mormont mantienen una emotiva conversación en el que el propio gigante de Lannister confiesa haber asesinado a su progenitor, y que acaba desembocando -al natural estilo de Cogman cuando se trata de diálogos en los que intervine Tyrion- en la Guardia de la Noche, desvelándole así una fatídica noticia desconocida para Jorah: Jeor Mormont, su padre, falleció a manos de sus propios hombres durante una arriesgada misión de exploración más allá del Muro -en el Torreón de Craster, para ser más exactos-. Nunca habrá otro como él, puntualiza Tyrion. Jorah, visiblemente afectado por el cúmulo de desgracias que se cierne sobre él, decide seguir el camino hacia Meereen junto al premio que piensa arrojar a los pies de su reina de plata.

Es aquí cuando el talento de Bryan Cogman vuelve a surgir, agasajándonos a los espectadores con una increíble disertación sobre Daenerys Targaryen y sus capacidades de gobierno. Para ganar, hay que conquistar. Y para reinar, hay que saber gobernar. ¿Cómo se puede gobernar y reinar en Poniente si nunca se ha estado allí? apostilla Tyrion. El diálogo está escrito con cabeza y sirve, para colmo, como reflexión y velada crítica a la embellecida -ahora algo menos- figura de Dany en la serie de televisión. La dispar pareja, tras su paseo por el campo -estamos hablando de la temporada más agreste de todas-, acaba siendo apresada por un grupo de piratas y esclavistas, que tras uno de esos resueltos arrebatos dialécticos de Tyrion -¿alguien también pensó en Better Call Saul?-, consiguen engatusar a los comerciantes de carne, haciéndoles cambiar su destino y sus intenciones, navegando ahora hacia Meereen y a unos recién abiertos reñideros. Todos los caminos van hacia Roma. En Juego de tronos, todos conducen hacia Meereen.

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En estos dos episodios, Bryan Cogman ha demostrado sentirse especialmente cómodo escribiendo sobre el Norte, Sansa Stark, Hediondo y la familia Bolton. En Nunca doblegado, nunca roto somos testigos de excepción de la esperada boda de la familia de desolladores con la heredera loba, y lo cierto es que no defrauda ni un ápice. En Danza de dragones, asistíamos a una boda oscura, gris y algo deslucida y Juego de tronos, cambiando los ingredientes y protagonistas del enlace, calca la jugada -hasta en sus últimas consecuencias-. Sansa -que ha sido previamente achantada y asustada por la celosa Myranda, la terrible concubina de Ramsay-, es entregada por orden del bastardo de los Bolton -ahora con absoluta legitimidad y apellido, no lo olvidéis- de la mano de Theon Greyjoy en el bosque de dioses de Invernalia, su hogar, ante la mirada de una reducida representación de señores y vasallos norteños y del propio Roose Bolton, que oficia la boda.

“Soy Sansa Stark de Invernalia. Este es mi hogar y tú no puedes asustarme”

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Todo el atávico rito está envuelto de una fotografía crepuscular, casi de relato pesadillesco con palpables tintes lovecraftianos. Pistas y detalles que encauzan y culminan de la forma más amarga posible: con la retorcida noche de bodas que estamos, como espectadores -al igual que el pobre de Theon-, a punto de presenciar. Y no es perturbador precisamente por lo explícito de la secuencia -de las cuales hemos llegado a ver unas cuantas en temporadas pasadas- lo es más bien, por lo que se llega a mostrar sin hacerlo. Mediante quejidos, lamentos, llantos y gritos provenientes de una desvalida Sansa Stark, y un primer plano sostenido al rostro del impotente, abatido y compungido Theon Greyjoy -un Alfie Allen que merece reconocimiento por su compleja y lustrosa labor en la serie- somos capaces de construir en nuestra mente la tortuosa y deleznable imagen. Al fin y al cabo, la imaginación es la herramienta más terrorífica de la que disponemos, y el miedo, en su forma más carnal, puede llegar a habitar y personarse hasta en la supuesta seguridad de nuestra alcoba.

Alberto González

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Twittadano del mundo. Cinéfago empedernido, escritor moderado. Colaborador y crítico en @vandalonline, @cinefiloes y @appleadictos

One response to “Un difícil trago: impresiones de ‘Nunca doblegado, nunca roto’”

  1. Ray says :

    ¿Qué es una trifurca?

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