El coste y el precio de la madurez: impresiones de ‘Matad al chico’

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“Mata al niño que hay en ti. Mata al niño y que nazca el hombre”. El quinto episodio de Juego de tronos llega a nosotros afianzándose en el particular vínculo que mantiene con el espectador. La serie de HBO deja atrás su caperuza y puericia como producto televisivo, adentrándose de lleno en su absoluta maduración como obra. Matad al chico se esmera por mostrarse a las audiencias como un episodio deliciosamente sesudo y complejo -sin ser aburrido en ningún momento-, que será de agrado especialmente para algunos de los más devotos seguidores de Canción de hielo y fuego. ¡Spoilers!

Uno de los placeres que nos ofrece Juego de tronos es el de observar la sosegada manera en la que se  desenvuelven las diferentes tramas que se plantean a lo largo del curso de una temporada. Juego de tronos es una producción que se cuece a fuego lento, y que desprende fragancias y perfumes pausadamente para el respetable -al menos, para el menos impaciente, que también los hay-. Tiene más en común -como es lógico, por otra parte- con la literatura que con el armazón de una producción televisiva clásica. En otras series, apocados por el timing y los problemas del tempo y el cronómetro del minutaje -el verdadero dictador junto a las audiencias-, siempre acaban estirando el chicle hasta los últimos episodios, en los que los hechos y acontecimientos se solapan unos encima de otros de maneras artificiosas y efectistas. Sí, es una forma de mantener el interés del espectador, pero no es la manera más juiciosa o transparente de hacerlo. No es bonito señalar, y menos cuando hablamos de uno de los creadores más venerados del circuito, pero ahí tenemos los tics propios de las obras para la pequeña pantalla de J.J Abrams.

El otro de los placeres que nos ofrece la serie de HBO, es disfrutar de un guión de Bryan Cogman. Cogman a lo largo de su recorrido en Juego de tronos ha conseguido parir algunos de los libretos más buenos, sopesados y fieles a Canción de hielo y fuego de cuanto hemos visto en la adaptación de HBO. Capítulos como Besada por el fuego, Guardajuramentos o Las leyes de dioses y hombres demuestran el profundo conocimiento que acumula y retiene de los libros de George R.R. Martin, gratificando con frases y descripciones muy fieles a lo escrito en la obra literaria original al respetable que sienta a disfrutar del episodio en cuestión. En Matad al chico Cogman vuelve a coronarse con éxito en su tarea de crear atmósferas únicas, colmadas de diálogos en los que las frases emanan de la boca de sus protagonistas de las maneras más creíbles y naturales posibles, así como en las labores de plantear secuencias capaces de sobrecoger y emocionar hasta a los más contrariados seguidores de la serie -cosa que también es mérito de Jeremy Podeswa, director del capítulo, que no destaca, pero cumple-. Con esto no quiero decir que Weiss o Benioff sean malos escritores -en absoluto-, pero sí que hay que recalcar que Bryan Cogman es parte indispensable del engranaje que funciona detrás y entre bambalinas cuando hablamos de Juego de tronos y que no muchos lo reconocen cuando toca aplaudir los aciertos y repartir los premios.

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Matad al chico podría servir y encajar dentro de lo que en los estándares televisivos -si realmente a Juego de tronos se le puede considerar normal en lo que en producciones se refiere- se conoce como bottle episodeEstos episodios están diseñados, escritos y planteados para que gocen de un presupuesto concreto y exiguo, sin demasiadas pantomimas o secuencias de acción o efectos digitales, en una búsqueda de rentabilizar al máximo el dinero de cara a la temporada. Matad al chico también podría pasar a la historia de Juego de tronos como uno de esos episodios capaces de reconciliar al conglomerado de lectores y espectadores -que en la mayorías de los casos está envuelto en una guerra infinita de desgaste- o incluso, si apuramos mucho, acabar siendo pieza importante del acerbo cultural de los mismos y considerarse así como una de esas reliquias que deja la adaptación de vez en cuando. Matad al chico funciona sin fisuras, como el engranaje de un reloj, como junta y nexo de unión entre tramas; como caldo de cultivo para la evolución de algunos de los protagonistas más importantes de la historia, como lo son Jon Nieve y Daenerys Targaryen. Como ejemplo de lo que debe ser una adaptación.

Cogman entiende que, el que mucho abarca, poco aprieta. La primera impresión que puede causar Matad al chico, es que es un capítulo de mera transición, en el que no pasa absolutamente nada -o al menos, no demasiado-. Pese a que puede ser una etiqueta perfectamente válida, el seguidor más avezado se dará cuenta al cabo de un rato de que todo encaja. De que nos encontramos ante un episodio que sirve para aportar más trasfondo -algo que reclamábamos con ahínco desde hace un tiempo, aunque ya en Hijos de la arpía vimos atisbos y conatos al respecto- y segundo, para que afloren las consecuencias de tramas y decisiones anteriores, dando pie a otras nuevas. Transición, diréis. Sí y no. Matad al chico condensa y localiza su atención en tres grandes frentes: El Muro y sus actuales habitantes y guardias, Essos  y El Norte -en particular Invernalia y alrededores-. Al centrar tanto la atención, y no ir saltando de trama en trama o de localización en localización, se consigue condensar y puntualizar determinados aspectos del guión y la evolución de los personajes, que de otra manera, podrían haber acabado siendo engullidos por otras líneas argumentales más efectistas o atractivas para el espectador.

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Hagamos hincapié en Daenerys Targaryen y su día después tras la muerte de Barristan Selmy. El nudo de Meereen era uno de los escollos a salvar en esta quinta temporada, y la decisión de arrebatar al más bravo caballero de los Siete Reinos del seno de la reina de plata, ha acabado sirviendo como pretexto y empuje perfecto para que la Madre de Dragones acabe tomando decisiones y sopesando alternativas para buscar la paz entre la ciudad esclavista y su reinado. Pese a que en el fondo seguimos teniendo una Daenerys Targaryen excesivamente idealizada y lustrosa en la serie -no termina de convencer Emilia Clarke en estas lindes como déspota Targaryen-, Meereen consigue regalarnos un momento de absoluto poderío visual y estético: aquel en el que lleva a los representantes de las grandes familias esclavistas a las catacumbas de la Gran Pirámide, lugar en el cual residen sus dos grandes dragones en cautiverio, Rhaegal y Viserion. Las criaturas, que son puro fuego, devoran y calcinan a uno de los dirigentes de Meereen, y Daenerys, conocedora de la suprema potestad que reside en ella y sus monturas, amenaza con volver a repetir la escena si no confiesan o se declaran culpables de la conspiración que está tiñendo de sangre las calles de la ciudad.

Es una idea fantástica, que ejerce de reactivo en el imaginario del espectador: Daenerys vuelve a usar a sus dragones como elemento disuasorio -tras varios capítulos de incertidumbre al respecto-, desatando y usando la ira, la sangre y el fuego como respuesta y camino a la afrenta cometida por los hijos de la arpía. La idea de que sea la propia Dany -abocada a una tempestuosa y empedrada senda sin salida política y social en la ciudad de las pirámides- la que decida casarse y establecer un vínculo matrimonial como solución para fomentar las tradiciones de una cultura que no comprende, funciona a las mil maravillas en la pantalla: “Parece que tengo la suerte de tener ya a un pretendiente arrodillado ante mi”. Menuda línea. Si alguien capta a la perfección lo que un Targaryen transmite cuando habla, ese es Bryan Cogman. La boda con Hizdahr zo Loraq, junto a la reapertura de las arenas y reñideros de Meereen, deberían servir para calmar los ánimos de la población como válvulas de escape y como muestra de buena voluntad de una reina que busca integrarse con los que la rodean. Llegados a este punto, hay que destacar lo bien jerarquizado e interesante que ha sido toda la trama de Meereen en estos primeros episodios de la quinta temporada. Va rodada.

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Han eludido con cierta maestría uno de los puntos más conflictivos, espesos y complejos de Danza de dragones. A la espera del desenlace final -climático y que dejará a más de uno pegado al asiento-, uno de los puntales más flojos de tandas anteriores, se manifiesta ahora ante nosotros como una de las tramas más interesantes y equilibradas. Respecto a la almibarada y tortuosa relación espiritual que mantienen Gusano Gris y Missandei, pocos comentarios -tanto buenos como malos- que realizar. Probad a eliminar mentalmente a ambos del capítulo y descubriréis que casi todo sigue funcionando y desarrollándose sin demasiados problemas. Es una línea argumental inservible, que no aporta prácticamente nada más allá de rellenar minutos de metraje episodio tras episodio.

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Uno de los movimientos más arriesgados y polémicos de esta quinta temporada de Juego de tronos, es el relativo a la decisión de traspasar a Sansa Stark de una posición cómoda en el Valle de Arryn a su antigua casa y feudo, Invernalia, para ser entregada en sagrado matrimonio con Ramsay Bolton -inconmensurable Iwan Rheon-. Se han vertido ríos de tinta al respecto, generando un acalorado debate que parece replicarse en todas y cada una de las webs especializadas en la serie y la saga de Canción de hielo y fuego, y que a día de hoy, sigue propagándose por foros y redes sociales. Si bien hay características y elementos forzados de la historia y que siguen sin coagular en el imaginario político de Poniente -¿de verdad creéis que los Lannister dejarían que Sansa Stark estuviera en Invernalia? ¿Nadie se ha dado cuenta de esto?-, dramáticamente, es todo un acierto -sí, incluso el llevar a Brienne de Tarth a tierras tan altas puede desembocar una situación interesante, en el que todas las tramas confluyan de manera inesperada-.

Cogman en Matad al chico aprovecha y usa a Sansa Stark como una suerte de testigo de esa familia disfuncional que son los Bolton. Aunque parece que la relación entre padre e hijo ha sido algo desvirtuada por episodios anteriores -no terminan de pillarle el punto a Ramsay y Roose Bolton-, toda la secuencia de la cena entre ellos y la posterior confesión padre e hijo, actúa como pulso documentalista y detallista para el espectador y el lector, especialmente para el último. Primero, resuelve con un taimado e incómodo diálogo de situación -que viene al hilo de los celos encarnados en Sansa por parte de una de las perras de Ramsay, Myranda- la aparición de Hediondo en escena dentro de la trama norteña -Theon Greyjoy, interpretado por el gran Alfie Allen-, personaje con el que Sansa Stark compartió buena parte su infancia y adolescencia. Bryan Cogman utiliza este pretexto para mostrarnos la retorcida relación entre Hediondo y su amo, así como para explicarnos el continuado conflicto interior que padece el antiguo hijo del hierro. Es tal el grado de arrepentimiento y desmoronamiento que ofrece Allen con apenas unos cuantos tics y frases, que es incapaz de mirar a la cara a la que una vez fue su hermana. Parece que la salida y la redención de Theon está al alcance de su mano, sobre todo tras su pasado traumático y los horribles hechos y acciones que acarrea a sus espaldas. Ojalá HBO esté a la altura de semejante momento, uno de los más emotivos de ‘Danza de dragones’.

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El segundo punto, viene dado por el trasfondo. Si hay algo que los lectores de Canción de hielo y fuego deseamos cuando vemos un episodio, más allá de la fidelidad absoluta de la adaptación -algo que ya muchos hemos aceptado a regañadientes como un imposible- es la inclusión de ciertas perlas, guiños y detalles que hagan referencia a los personajes, lugares e historias con las que hemos compartido tantas horas de lectura y debate. Bryan Cogman es, de todos los guionistas y responsables de Juego de tronos, el que más veces ha leído los libros de George R.R. Martin. Y como comentábamos al comienzo de la reseña del episodio, lo demuestra. Para empezar, por primera vez desde que apareció en la serie, asistimos a un monólogo sobre el pasado de Ramsay en boca de Roose BoltonMichael McElhatton-. Así mismo, todo esto desemboca en una interesante lección sobre la dinastía, la legitimidad de los primogénitos y las ambiciones del señor de Fuerte Terror: sabe que Stannis Baratheon, para llegar a Desembarco del Rey, tiene que pasar por Invernalia. Y los hombres desollados, tras siglos condenados al ostracismo por distintas familias y casas, no están dispuestos al perder el Norte.

Más al norte, concretamente en el Castillo Negro, asistimos a dos hechos fundamentales para el futuro de Jon Nieve, los salvajes y el destino de todo Poniente. Jon Nieve, ahora como Lord Comandante, debe tomar una dura y complicada decisión. Al igual que Daenerys a miles de millas de distancia, Jon ejerce de jefe de la Guardia de la Noche tomando las riendas del poder que se le ha otorgado desde sus hermanos juramentados. Aquí nos encontramos con una hermosa y bien montada secuencia, que comparten Aemon Targaryen y un atribulado Jon Nieve, que alberga el diálogo con el que abríamos el artículo:

“Mata al niño, Jon Nieve. El invierno se nos echa encima. Mata al niño y que nazca el hombre.”

Aemon Targaryen

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Todo está planificado y montado de una manera tan exquisita, que abruma. Antes de la irrupción de Jon en escena, Sam y Aemon dialogan sobre Daenerys Targaryen y el triste destino de la última representante de su familia, que se encuentre sola y sin consejo al que recurrir al otro lado del mundo conocido. Me permito rescatar una frase del propio Aemon, extraída directamente de Festín de cuervos:

“Daenerys necesita consejo, enseñanza, protección. Siempre me he quedado atrás, observando, aguardando y ahora que ha llegado el momento soy demasiado viejo.”

Inmediatamente después de hablar sobre los designios y problemas de ser el último dragón hecho carne, aparece Jon Nieve en la estancia para pedir consejo y ayuda sobre la importante decisión que está a punto de tomar -y que realmente, en su interior, parecer haber tomado ya-: la de ayudar al pueblo libre que se encuentra diseminado y refugiado más allá del Muro antes de que los caminantes blancos y los muertos engorden sus filas con sus cadáveres. Jon decide pagar el precio de la impopular medida, y tras hablar cara a cara con Tormund -el actual líder del pueblo libre, si es que se le puede llamar así, tras la muerte de Mance Ryder, interpretado por Kristofer Hivju-, se ve obligado a comandar una expedición hasta Casa Austera, el poblado en el que se han instalado los restos de la columna de tribus y salvajes que una vez comandó Mance. Todo el arco del Muro, uno de los más cuidados y meticulosamente trazados a nivel de guión en esta quinta temporada, está tejido y regado de unas interpretaciones lustrosas, comedidas y profundas -cada vez que Peter Vaughan quiebra la voz es imposible contenerse las lágrimas-, que aportan un mantillo caliente y vívido a la serie, que por mucha nieve que exista alrededor, no se apaga ni extingue bajo ningún concepto. La expedición de Jon Nieve a Casa Austera supone un cambio enorme en relación a lo leído -o mejor dicho, intuido-, pero puede regalarnos la que, según algunos, es la secuencia más compleja y espectacular jamás rodada en Juego de tronos. Casi nada.

Pero más allá de los emergentes conflictos entre Jon y sus hermanos, o de los lamentos y quejidos de Aemon sobre la vida que decidió entregar a cambio de servir en la Guardia de la Noche, el Muro sigue guardándonos dos detalles enormes para los lectores. Y sí, una vez más, Stannis Baratheon -Stephen Dillane- está envuelto e involucrado en uno de ellos. Stannis protagoniza junto a Samwell Tarly una conversación reveladora de cara al espectador, en la que aparte de interesarse sobre el vidriagón -conocida como obsidiana- y sus efectos sobre los caminantes blancos, aprovecha para recordar el pasado de Randyll Tarly en la Rebelión del Rey Robert Baratheon -sí, aquella que acabó con la dinastía Targaryen en Poniente-, causante y artífice de la única derrota a la que se enfrentó el hermano de Stannis durante su campaña. El señor de Colina Cuerno es un hombre de armas tomar. Un nuevo destello de genialidad desde el mismísimo guión. “Sigue leyendo, Samwell Tarly”. El Muro cierra con un impaciente y confiando Stannis Baratheon y un temeroso Ser Davos -que recomienda esperar a que Jon regrese de Casa Austera para contar con más tropas en sus filas-, que se ven obligados a partir derechos y diligentes hacia Invernalia antes de que el invierno se les eche encima. Melisandre -ojo, lectores, con este importantísimo cambio- los acompaña, junto a la princesa Shireen y la propia Selyse Florent.

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Pero Cogman se guarda un último canto de cisne antes de la finalización del episodio. Y es uno de esos que hacen mella en el endurecido pellejo del lector -si pilláis la referencia, sois merecedores del más profundo de los respetos-. En Danza de dragones, Tyrion Lannister se encontraba con unos particulares compañeros de viaje -algunos de ellos, en misión incógnito- a bordo de La Doncella Tímida en su movido camino hacia Meereen. Como deseo de verdad que disfrutéis, espectadores de la serie, de los libros de Martin -si no lo habéis hecho ya-, no diré nada sobre sus acompañantes. Pero si habéis disfrutado del, hasta ahora, último tomo de Canción de hielo y fuego, ya sabéis perfectamente a qué me refiero. Sea como sea, La Doncella Tímida navegaba plácidamente por el Rhoyne -uno de los ríos más grandes de Essos y el mundo conocido- dirección Volantis hasta llegar a las ruinas de Los Pesares, un enorme y peligroso conjunto de derruidos e inundados templos, ostentosas ciudades y construcciones, herencias de un otrora olvidado pasado glorioso en la cuenca del río. Allí, entre vapores y nieblas tan densas que podrían cortarse con un cuchillo, vagan los hombres grises -también conocidos como hombres de piedra-, enfermos y afectados por la psoriagrís y sin atisbo de razón, sumidos en la más profunda locura. Juego de tronos ha decido prescindir en parte de Los Pesares, pero lo ha trasladado todo a un escenario con mucha más enjundia e importancia en el imaginario de Canción de hielo y fuego: las ruinas de la Antigua Valyria.

“La Maldición aún continúa en Valyria”

El derruido Feudo Franco de Valyria sirve de excusa perfecta para que Tyrion Lannister y su captor y compañero de fatigas, Jorah Mormont, contemplen a bordo de su esquife los restos de la civilización más imponente y enorme de todo su particular universo. Entre arcos, castillos, torres y puentes, y mientras navegan plácidamente, el Gnomo y el Oso observan a Drogon volar libremente en lo más alto del nublado y vaporoso cielo. La imagen, onírica como la que más, sirve para realizar la más sutil de las yuxtaposiciones: pese a que nada queda de la cultura y la ciudad que antaño doblegó todo el mundo conocido, los dragones, cientos de años después siguen existiendo, como vestigios imperecederos de un pasado glorioso.

“La Maldición lo consumió todo por igual y ninguno se volvió”.

Cogman corona la secuencia con unos extractos de un poema que relata la destrucción, el cataclismo y la Maldición de Valyria. Pero en Juego de tronos, nunca te puedes confiar. Ocultos, desdichados y desterrados por su aflicción, entre los restos de Valyria se encuentran los hombres de piedra, que atacan y aborda la destartalada barca que transporta a Jorah Mormont y Tyrion, acabando este último, arrojado por la borda y sumiéndose en la profunda oscuridad. La secuencia del ataque de los infectados no está especialmente bien rodada -parece un extracto de un roll-b torpe, hosco y plagado de fallos de continuidad, propios de cualquier película de bajo presupuesto-, pero cumple su cometido. Crea tensión, y con eso muchas veces basta.

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Matad al chico finaliza con la pareja empapada hasta los huesos, abandonada a su suerte -ya sin barca alguna- en mitad de las costas de Valyria. Tyrion, que parece haberse ganando la confianza de Mormont, parece estar sano y salvo. Ser Jorah se reitera en saber si algunos de los hombres grises han acabado tocando de alguna manera al Lannister -el espectador ya sabe, por la lacrimógena y bella historia de Stannis y Shireen hasta qué punto es peligrosa la enfermedad si se mantiene contacto físico con ella-. El enano, tranquilo y afianzado, aclara que no. Jorah Mormont, ante la pregunta de su compañero, afirma que tampoco.

El exiliado caballero se dispone a montar un campamento, mientras Tyrion descansa en la orilla. Todo parece haber salido bien. Pero recordad: Juego de tronos y la subversión de expectativas. En un amargo plano final, y en completa soledad, el Oso muestra su recientemente infectada y lacerada muñeca -y sí, los lectores ya hemos establecido un cierto paralelismo mental con el señor de Nido de Grifo-. La psoriagrís ha comenzado a endurecer lentamente su piel,  y en la mayoría de los casos, eso supone un camino de no retorno para el afectado. Ante esta trágica, dolorosa e inesperada situación -el destino de uno de los personajes más queridos está pendiente de un hilo-, únicamente queda lamentarse de que ojalá también se endurecieran nuestros corazones con el paso del tiempo.

Alberto González

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Twittadano del mundo. Cinéfago empedernido, escritor moderado. Colaborador y crítico en @vandalonline, @cinefiloes y @appleadictos

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