La dulce disyuntiva de la adaptación: impresiones de ‘Hijos de la arpía’

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Juego de tronos es lo más parecido a experimentar una partida de póquer, sobre todo para aquellos que hemos leído y disfrutado los libros. Conocemos las reglas, reconocemos las señales -falsas y auténticas-, y creemos saber jugar, pero aún así, hay manos y partidas que nos sorprenden y sacuden hasta el tuétano. Partidas que nos desarman hasta tal punto, que nos planteamos dejar de jugar. Pero siempre volvemos. ‘Hijos de la arpía’ supone una de esas disyuntivas creativas tan polémicas, como atractivas. Un episodio notable y loable en términos televisivos que, a buen seguro, levantará polémica entre los lectores. ¡Spoilers!

Hay momentos que marcan un antes y un después en una serie de televisión. Momentos que escriben una línea divisoria, generalmente dramática, que ayuda al espectador a comprender hasta qué punto se arriesga cuando se adapta una novela río tan compleja en términos narrativos como Canción de hielo y fuego. Tras un buen arranque, un segundo episodio algo dubitativo y un tercero mejor balanceado, Juego de tronos encamina el ecuador de la temporada con un capítulo redondo -aunque con varios y severos matices-. Al igual que ‘Guardajuramentos’ nos mostró hasta qué punto diferían novelas y serie de televisión la temporada pasada, este cuarto episodio supone una reafirmación tácita de dicha tendencia, que algunos tendrían que comenzar a aceptar e interiorizar cuanto antes.

Pese a que ya estamos curados de espanto -para lo bueno y lo malo-, nunca está de más recordarlo. ‘Hijos de la arpía’ guarda en su haber algunas de las tramas más interesantes de todo el arco narrativo de esta quinta temporada, y apuntala ciertos vicios y virtudes que comienzan a ser recurrentes en la estructura de los episodios. Nos encontramos ante un guión sólido, plagado de detalles a los lectores -es curioso, cuando hablamos de un capítulo que se aleja diametralmente de lo leído en algunos puntos de Festín de cuervos o Danza de dragones– que sirven como contrapunto para mostrarnos algunos ejes fundamentales de cara a los siguientes episodios. Volvemos a lo mismo: Juego de tronos ha cruzado la línea divisoria imaginaria de su nudo dramático como historia, y dispone -firmemente, y sin titubear- de sus piezas y fichas para encarar el segundo gran acto de la obra de HBO.

‘Hijos de la arpía’ continua con el cliffhanger del anterior capítulo: el secuestro de Tyrion Lannister por parte de Jorah Mormont –Iain Glen-. De Peter Dinklage tenemos muy poco que decir a estas alturas, pues ya tenemos más que asumido que cuando hablamos de él, además de hacer gustosamente una reverencia virtual en profundo agradecimiento, lo hacemos de un actor de calidad indiscutible y de reprobadas dotes. Él solo -junto a Conleth Hill– ha salvado varios momentos debidamente anodinos -si nos atenemos a lo visto en Danza de dragones– en este inicio de la quinta temporada y en una secuencia inspiradísima, vuelve a lograrlo. Los minutos transcurridos en el bote con el que ambos se dirigen a Meereen -las distancias entre localizaciones, ciudades y reinos en la serie parecen ser ridículamente menores que las recorridas en los libros- sirven para ayudarnos a comprender la arriesgada y en teoría, fútil decisión del nativo de la Isla del Oso en pos de su reina y para que, una vez más, podamos comprobar hasta qué punto es inteligente nuestro gigante de Lannister.

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Una de las complicaciones de adaptar una obra literaria con tanto mundo interior y pensamientos desde el punto de vista de los personajes como Canción de hielo y fuego, es que corres el riesgo de prescindir y eliminar de un plumazo de aspectos fundamentales del comportamiento y el razonamiento de cada rol. Hasta la fecha, Weiss y Benioff habían simplificado algunos personajes y caracteres, trazando líneas gruesas en sus acciones o desalmando e idealizando en exceso a algunos de los protagonistas para facilitar la digestión al espectador menos avezado. ¿Ejemplo? Jon Nieve o a la propia Daenerys Targaryen.

Pero durante la mayor parte de Juego de tronos, si hay un personaje que ha recibido un tratamiento exquisito -más allá de Cersei Lannister, Stannis Baratheon, Arya o el propio Ned Stark-, es Tyrion. La secuencia del bote junto a Ser Jorah Mormont, es la incuestionable confirmación de ello. Tyrion consigue librarse, gracias a su empecinamiento, de la mordaza. Y acto seguido, sin apenas información, consigue dilucidar quién es su raptor, hacia dónde se dirigen y qué pretende. Dave Hill -que firma su primer guión en Juego de tronos, tras permanecer durante años como asistente de producción en la serie- muestra de forma excelsa el carácter inquisitivo, inteligente y adaptativo -sobre todo en situaciones límite- de Tyrion Lannister. Desde sus diálogos en la primera temporada y segunda -con la honrosa excepción de su alegato en el famoso juicio público de la pasada tanta de capítulos-, no veíamos en pantalla de algo tan bien hilvanado. Obviamente, la boca de Tyrion y su diarrea verbal funciona como un arma de doble filo, y acaba recibiendo un golpe del estoico Mormont.

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La siguiente trama en contar con varios y generosos minutos en pantalla, si bien supone uno de esos cambios que hacen sollozar a los más fieles seguidores de Canción de hielo y fuego -esto se está convirtiendo ya en un cliché recurrente-, es la que concierne a Jaime Lannister y Ser Bronn en su operación de rescate en Dorne. Dorne, que por fin aparece en la intro de la serie -un pequeño apunte: ¿Por qué se trata de tonto al espectador? ¿Por qué poner y rotular “Dorne” en lugar de Lanza del Sol o Los Jardines del Agua?-, supone uno de los contrafuertes más sólidos de toda la quinta temporada. Primero, porque en ‘Hijos de la arpía’, asistimos a la presentación oficial de las Serpientes de Arena -que han pasado de siete a tres, Obara, Tyene y Nymeria-, y segundo porque cuando llevas a uno de los protagonistas principales a tierras sureñas es que quieres o pretendes hacer algo importante con él. El camino para allá, como sucede con HBO, es rápido pero con enjundia.

Debía ser yo

Jaime Lannister

Los diálogos acaecidos en las bodegas del barco que los lleva a Dorne entre Nikolaj Coster Waldau y Jerome Flynn, pese a venir de una situación un tanto extraña e incómoda con respecto a los personajes, funcionan. Jerome Flynn ha impregnado de una chulería y una jactancia únicas a su ser Bronn, llegando a mejorar su homólogo en los libros. La escena desnuda poco a poco a Jaime Lannister, regalándonos un par de matices interesantes. Por un lado, tenemos una obnubilada y entrañable mirada hacia la isla de Tarth -la famosa isla del zafiro, lugar del cual procede Brienne de Tarth- cuando la nave fondea cerca de sus costas, y por otra, comprendemos un poco mejor la compleja relación que mantiene con su hermana, Cersei, y su hermano, Tyrion. Esto que es fundamental para comprender la dicotomía entre los Lannister existente en Danza de dragones -Tyrion comprende y desata un odio furibundo contra su hermano tras cierta revelación sobre su pasado- en la serie parece haber tomado otro rumbo y ensamblaje, pero como se suele decir: el orden de los factores no altera el producto.

En cualquier caso, en un abrir y cerrar de ojos nos hayamos en las arenosas costas de Dorne, con Jaime y Bronn combatiendo contra una patrulla fronteriza dorniense y demostrando hasta qué punto el Matarreyes ha perdido cierta destreza en el combate con espada por culpa de su amputado miembro -del que sabe, como bien sabéis -y a tenor de esa brillante secuencia en la que para la espada con su dorada prótesis-, sacarle provecho en la situaciones más delicadas. Queda mucho por ver en esta trama, pero sigo creyendo que pese a que en términos dramáticos encaja con Jaime Lannister, no termina de hacerlo con la presentación de Dorne, sus Serpientes de Arena y Ellaria Arena -que en cada diálogo parece más desalmada que en el anterior-. La presentación de las Serpientes de Arena es algo forzada, fría… Parece que HBO no ha terminado de encontrarle el pulso a Dorne y sus habitantes.

Nosotros libramos nuestras batallas, pero los dioses nos dejan elegir las armas.

Obara Arena

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En la capital, la situación es bien delicada. Desembarco del Rey es un feudo inestable, tanto socialmente, como económicamente. La costosa guerra y los numerosos faustos han dejado a la Corona y el reino de Tommen Baratheon en números rojos. Las reservas de oro han menguado en poco tiempo, y al no tener la imaginativa contabilidad de Petyr Baelish para salvaguardar la integridad económica del reino, las cosas parecen ir a peor. Cersei Lannister, cuyo consejo privado de asesores parece ir disminuyendo poco a poco al mismo tiempo que ella comienza a elevarse como reina regente, decide enviar a Mace Tyrell a renegociar la deuda de la corona con el Banco de Hierro, haciendo al Lord Tyrell cruzar el Mar Angosto acompañado de Ser Meryn Trant -¿significa esto que veremos finalmente alguna secuencia con Arya y Meryn Trant en las calles y canales de Braavos?-.

Consciente del problema que supone tener a miles de gorriones pululando por las calles de Desembarco del Rey, apostilla al Gorrión Supremo como sucesor del pérfido Septón anterior, y decide hacer ciertas concesiones al nuevo movimiento religioso surgido de la guerra, la necesidad y la desesperación. La leona de los Lannister permite que la fe vuelve a armarse y tener un peso político y militar tras mucho tiempo en Poniente, fundándose de nuevo la Fe Militante. Lo que en principio parece ser una concesión lógica -para ganar algo, siempre hay que ceder-, puede acabar en un movimiento inquisitorial en las calles de la capital. El episodio nos gratifica con una impresionante -y bien montada- secuencia en la que vemos como un peligroso grupo de fieles comienza a entrar en los prostíbulos de la ciudad y los mercados de alcohol, reprochando y castigando las conductas pecaminosas que parecen envolver la ciudad.

La cosa va a mayores cuando el fervoroso Lancel Lannister acaba siendo tatuado con la estrella de siete puntas en su frente, y deciden encarcelar a Ser Loras Tyrell por su desviada condición. Cersei cree jugar de forma excelente al juego de tronos, pero no entiende que cada decisión, cada postura y cada compromiso pactado, puede traer consecuencias. Todo esto consolida la declinada posición de Tommen entre Margaery Tyrell y su propia madre, siendo el juguete que se arrojan entre ambas para conseguir y lograr sus objetivos. El enfrentamiento dramático que habíamos visto en el episodio anterior, vuelve a darnos interesantes frutos. Lena Headey sigue fraguando una interpretación irreprochable, mostrándonos algunos de los hechos acaecidos en Festín de cuervos más memorables y aplaudidos por los lectores.

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Los mejores momentos del capítulo, una vez más, acaban residiendo en las frías tierras del Norte de Poniente. Antes de entrar en materia y debatir sobre Petyr Baelish y Sansa Stark, creo que hay que destacar una vez más el papel de Stephen Dillane como Stannis Baratheon. No, nunca son suficientes. El portador del emblema del venado en el corazón llameante, nos regala uno de los mejores diálogos de toda la serie, capaz de derrumbar el más frío y estoico corazón de todo Poniente. Stannis, en una íntima conversación en la que su hija parece preguntarle veladamente si él tampoco la aprecia -Shireen no se siente querida por su madre, y en principio, tampoco por su padre-, nos narra la historia de la muñeca de madera que le compraron a un mercader dorniense y como ella, le acabó transmitiéndole la psoriagrís al pegársela fuertemente contra su mejilla.

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Dillane demuestra firmeza y buen hacer, pues habría sido un momento fácil en el que destrozar el carácter de Stannis Baratheon y ablandarlo, pero nada más lejos de la realidad: le cuesta hasta abrazar firmemente a su hija pese a haber movido cielo y tierra por tenerla a su lado. Una secuencia original -escrita únicamente para televisión, sin estar basada o inspirada en ningún pasaje o hecho de las novelas- que es digna de ser aplaudida hasta la extenuación. Los hechos en el Muro nos confirman dos cosas: Stannis marchará sobre Invernalia pronto, y quiere y necesita la ayuda de Melisandre –Carice Van Houten-. No quiere repetir un fracaso militar como el de Aguasnegras. Para ello, la sacerdotisa roja de Asshai no duda en plantarse en los aposentos personales de Jon Nieve en su incesante búsqueda de sangre real con la que realizar sus conjuros y encauzar sus visiones en las llamas. Pese a que el personaje de Melisandre ha sido tratado con inteligencia en Juego de tronos, y sabemos que es una mujer capaz de utilizar sus armas físicas y sus inherentes talentos naturales para lograr sus objetivos, la secuencia entre ambos es un tanto torpe. Es una pena que se desaproveche una oportunidad así para jugar con las profecías de la hechicera roja y para cimentar, una vez más, que la verdadera lucha se libra contra la oscuridad y el frío y no entre iguales y mortales. Para el espectador más profano y equidistante -que no nos engañemos, existen-, aunque suene duro decirlo, será una secuencia de desnudos más. ¿Lo mejor? La despedida de una rechazada Melisandre.

No sabes nada, Jon Nieve.

Melisandre

Más acertado, y mejor hilvanado, nos parece el diálogo entre Petyr Baelish y Sansa Stark. Lo que podría haber acabado como una lección más de Meñique sobre política y estrategia -que en cierta parte aparece y florece como de costumbre, espetándonos los planes de Lord Baelish sobre el Norte y su apuesta y esperanza sobre Stannis y su campaña-, acaba siendo también a la postre una pequeña gran revelación para los lectores en mitad de las criptas de Invernalia. Tengo una buena amiga que siempre repite una premisa como si fuera un mantra: George R.R. Martin ofrece y deja migajas de pan para los lectores. HBO te tira hogazas a la cara. Y así ha sido. Juego de tronos nos ofrece un detalle entre líneas, que los aficionados a Canción de hielo y fuego sabrán apreciar.

Si Stannis Baratheon y Selyse Florent hablan de Ned Stark y lo poco que pegaba con su honorable actitud lo de tener una aventura con una tabernera y engendrar un bastardo a expensas de su matrimonio, minutos después, asistimos a una narración en primera persona por parte de Petyr Baelish, y delante de la estatua de Lyanna Stark, de los hechos ocurridos en el famoso torneo de Harrenhal. Se habla de Robert Baratheon, de Aerys II -el famoso Rey Loco– y de Rhaegar Targaryen y su nívea y plateada melena. En la serie se hace hincapié en como el príncipe Rhaegar decidió pasar de Elia Martell, su esposa, y coronar a Lyanna Stark como reina del amor y la belleza entre rosas invernales ante la ira de los señores norteños y el propio Robert Baratheon. Como bien sabréis, la cosa se desmadró, y Lyanna Stark acabó siendo raptada -aunque aquí siguen existiendo versiones distintas- por el propio Rhaegar y siendo llevada y custodiada de manera oculta a la Torre de la Alegría, en la que, parece ser, dio luz a un hijo. Estos hechos acabarían desencadenando la Rebelión del Rey Robert y poniendo fin a la dinastía Targaryen en Poniente. Que esto aparezca en la serie, a estas alturas, no es gratuito. ¿Confirma esto la famosa y manida teoría de R+L=J?

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HBO, una vez que tira del hilo, lo hace bien. En Meereen, a cientos de miles de millas de distancia, Daenerys mantiene a una conversación con Ser Barristan Selmy sobre las dificultades de reinar, que acaba con una nostálgica confesión del insigne y otrora Guardia Real sobre Rhaegar Targaryen -¡dos diálogos centrados en su figura en apenas minutos!- en la que narra como de vez en cuando, ambos se escapaban de la monotonía de la Fortaleza Roja para acabar entre la plebe y dar rienda suelta al talento musical y creativo del príncipe Targaryen como bardo. El grato recuerdo de nuestro bravo caballero es interrumpido por Daario Naharis, que invita a la reina de plata a que acuda rauda y presta a atender a Hizdahr zo Loraq y a los peticionarios que reclaman volver a abrir los reñideros y arenas de Meereen para apaciguar la sed de sangre y la tradición de los habitantes de la bahía de los esclavos. Mientras tanto, y bajo el amparo de la luz del día, enmascarados y sin miedo alguno, los hijos de la arpía deciden actuar y asesinan a tantos mercenarios -caen unos cuantos Segundos Hijos en apenas segundos- e inmaculados pueden entre los callejones de Meereen.

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Gusano Gris y su patrulla acaban siendo emboscados en los vomitorios de una de las pirámides y edificios de la capital, y justo cuando parecen estar a punto de ser masacrados entre sucias puñaladas y tajos directos a la yugular, un valiente Ser Barristan acude en su rescate, internándose con valor entre las filas enemigas. Lanzando estoques y blandiendo su espada de forma precisa -como si de un afilado pincel de acero tiznado de sangre se tratase-, el caballero de Poniente consigue llevarse a unos cuantos enemigos de su reina por delante… Antes de caer herido de muerte y desplomarse en mitad de los cuerpos y cadáveres de sus enemigos. La muerte de Ser Barristan –Ian McElhinney– es polémica, dura y sucia. Trágica y dramática. Sucia y polémica, no tanto por el hecho -todos comprendemos que la adaptación ya difiere tanto que los lectores podemos encontrarnos con muertes totalmente inesperadas-, si no más bien por las maneras de mostrarlo en pantalla. No es una muerte acorde con la leyenda de Ser Barristan , uno de los caballeros más estoicos, entrenados e imponentes de los Siete Reinos. Pero supone un agradable contrapunto dramático para la situación de Daenerys Targaryen en Meereen. Por primera vez asistimos a como uno de sus intocables miembros y consejeros sufren, y como su presencia, peligra. ¿Ha fallecido también Gusano Gris? ¿Qué decisión tomará Dany en esta disyuntiva? ¿Cómo reaccionará? Sin duda, el movimiento de Weiss y Benioff es inteligente: colocan por primera vez en peligro real a Daenerys Targaryen, forzándola a claudicar o al menos, considerar, las exigencias y demandas de los hijos de la arpía.

En cualquier caso, recurrimos de nuevo al símil del comienzo del análisis: Juego de tronos es una partida de póquer, en la que cada vez es más difícil adelantar jugadas y manos. Nos ha convertido de jugadores expertos, capaces de bosquejar cualquier decisión creativa y narrativa, a ludópatas nóveles y un tanto torpes. Pero nos ha devuelto la sorpresa, la emoción y en cierta manera, la incertidumbre como espectadores. Cuando una carta importante y de incuestionable audacia y valor es capaz de perecer y ser prescindible en pantalla, ya nadie está a salvo. Sí, puede ser una treta de guionista para mantenernos en una artificial tensión de aquí al final de la temporada, pero logra su objetivo: que volvamos a tomarnos Juego de tronos como nos tomamos en su día a la serie de libros escritos por George R.R. Martin. HBO, quiere que volvamos a participar en el juego de tronos, y esta vez, parece que no conoceremos tan bien las cartas con las que vamos a jugar encima de la mesa como creíamos en un principio. Se acabaron las posiciones cómodas e intermedias. Se cayeron las máscaras. Hagan juego.

Alberto González

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Twittadano del mundo. Cinéfago empedernido, escritor moderado. Colaborador y crítico en @vandalonline, @cinefiloes y @appleadictos

2 responses to “La dulce disyuntiva de la adaptación: impresiones de ‘Hijos de la arpía’”

  1. Luis Silva says :

    Estaba esperando leer esta reseña.

  2. elena says :

    He llegado hasta aquí buscando profundizar en la serie, en el porqué de las decisiones de los personajes y así sacar aun más sabor a esta serie, ya que no he leido los libros. Quería agradecerte tu trabajo y ya que estoy,comentarte que creo que cuando escribes “balancear” realmente quieres decir “equilibrar” supongo. Es que lo he leido en varios post y me chirría un poco. Saludos.

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