Identidad y recuerdo: impresiones sobre ‘El Gorrión Supremo’

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Juego de tronos prosigue su andadura con el -hasta la fecha- episodio mejor balanceado de la quinta temporada. ‘El Gorrión Supremo’ sirve de introducción para alguna de las tramas más interesantes que están por llegar, así como de puente para el nudo de la próxima tanda de capítulos centrales –Juego de tronos sigue usando a grandes rasgos una estructura clásica en tres actos-. ‘El Gorrión Supremo’ también confirma que -aunque duela reconocerlo-, algunos cambios y omisiones de la adaptación de HBO comienzan a estar lo suficientemente justificados en pos del espectáculo y el ritmo televisivo.

Juego de tronos ha ido alejándose paulatinamente, de los libros en los que se basa. No hay que darle más vueltas. A estas alturas, podemos aceptarlo o no, incluso debatirlo dentro de unos parámetros razonables, pero tirarnos de los pelos y lamentar cada acción, cada decisión o cada cambio si fuera el fin del mundo, es una absoluta pérdida de tiempo. ¡Cuántas veces habremos leído el famoso “Dejo la serie, esto ya no es Canción de hielo y fuego”! Para luego, a la semana, volver a recurrir en el supuesto pecado de disfrutar de la producción de HBO y volver a verter ríos de tinta electrónica, bilis y críticas -algunas acertadas, no obstante- coincidiendo con la salida del nuevo episodio de rigor. Es un círculo taimado y algo vicioso. Todos sabemos -o eso espero- que el ritmo de la adaptación de Weiss, Benioff y Cogman ha sido, es y será muy alto, y dadas las divergencias acaecidas en el pasado en la serie -el famoso efecto mariposa del que habló George R.R. Martin en varias ocasiones- y la falta de material sobre el que cimentar cierta tramas futuras, es probable que veamos profundos cambios en sendas líneas argumentales y personajes principales de la serie. Sí, el triunvirato de guionistas y productores de Juego de tronos tiene una idea general sobre el hipotético punto final al que se encaminará la saga, pero el camino puede -y será- distinto. Y mientras sea como el que estamos viendo en esta quinta temporada, no creo que haya demasiado que objetar.

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El Gorrión Supremo es un capítulo mucho más notable, y bastante mejor balanceado y escrito que el segundo, La casa de Negro y Blanco. Sirve como llave hacia lo que bien podría ser considerado el nudo de la quinta temporada en varios frentes, y ayuda a presentar algunas de las tramas que tendrán vital importancia en el futuro la serie. El Gorrión Supremo arranca con un visual y enigmático recorrido a través de una de las plazas más mágicas y misteriosas de todo el universo de Canción de hielo y fuego, y por consiguiente de Juego de tronos: el interior de la Casa de Negro y Blanco. Con unos potentísimos planos entre la penumbra y la oscuridad, encaramos a las numerosas y tenebrosas esculturas y altares que tienen los incontables dioses en el templo. Desde las llamas de R´hllor, pasando por la atávica y salvaje cara del arciano de las antiguas deidades norteñas, por la exótica y extraña Cabra Negra de Qohor y terminando en el Dios Ahogado de las Islas del Hierro -entre otras-.

El desfile politeísta termina con un peregrino reclamando y pidiendo el don a los pies de una oscura e insondable piscinasí, la Casa de Negro y Blanco es un telúrico y silencioso lugar en el que morir de forma misericordiosa y en paz consigo mismo, pues al fin y al cabo, pueden existir muchos rostros y caras, pero únicamente existe un Dios, y su nombre es muerte. Tras unos cuantos titubeos en anteriores temporadas, se demuestra por fin que la trama de Arya Stark en esta quinta temporada permanece en consonancia a lo desarrollado en Festín de cuervos. Esto que puede parecer una cuestión sin trascendencia alguna para cualquiera que disfrute únicamente del show de televisión -sobre todo cuando estamos hablando de una adaptación cada vez más polémica-, tiene su importancia. Toda la trama de Braavos y la decisión de Arya de pasar a aceptar las reglas y los sacrificios implícitos de ser una novicia en el templo del dios de los muchos rostros, forman parte del mayor punto de inflexión del personaje en toda la saga de Canción de hielo y fuego: debe olvidar su identidad y ocultar sus más íntimos recuerdos, para convertirse en nadie.

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Weiss y Benioff aprovechan esto para volver a regalarnos uno de los momentos más conmovedores del episodio, y quizás, de toda la serie: aquel en el que Arya Stark, debe arrojar y eliminar cualquier vínculo con el pasado. Arrojando su ropa, sus pertenencias y todo aquello que le ha acompañado a los canales de Braavos, Arya decide aceptar el pago y el peaje sin dilación ni titubeo. Pero una vez que se ha desprendido de todo, le toca el turno a Aguja, la espada que le regaló Jon Nieve cuando todavía era ilusa e inocente. La espada que le ha acompañado durante todo su viaje. La espada que le recuerda a Invernalia. La espada que le recuerda quien es realmente. Y aquí, la joven Stark, se ve sumida en un tempestuoso mar de memorias y sentimientos ingobernables.

“Aguja era Robb, Bran, Rickon, su madre y su padre, hasta Sansa. Aguja era los muros grises de Invernalia y las risas de sus habitantes. Aguja era las nieves de verano, los cuentos de la Vieja Tata, el árbol corazón con sus hojas rojas y su rostro aterrador, el cálido olor a tierra de los jardines de cristal, el sonido del viento del norte contra los postigos de su habitación. Aguja era la sonrisa de Jon Nieve.” George R.R. Martin.

Es imposible no dejar escapar alguna que otra lágrima ante semejantes imágenes -sobrecogedor el uso de la música de Ramin Djawadi-, en las que vemos como finalmente, Arya decide ocultarla y guardarla entre las piedras. Aguja es ella, y ella, seguirá siendo Aguja. Al otro lado del mar Angosto, en Desembarco del Rey, se celebra -y consuma- la esperada boda entre Margaery Tyrell -Natalie Dormer- y Tommen Baratheon. Aquí asistimos a un cambio brusco: por un lado, somos testigos de una situación a la que los lectores todavía no hemos visto y a algo que, derivado del considerable aumento de edad de ambos personajes con respecto a sus homólogos de Canción de hielo y fuego, puede que no lleguemos a ver. La efusiva noche de bodas -y su posterior conversación de alcobason el resultado directo de las licencias creativas tomadas con anterioridad por Weiss y Benioff: Tommen aquí no es ningún afable y pequeño infante amante de los gatos, y Margaery, bueno, digamos que Margaery es más lanzada, directa y aviesa que en las novelas. Ambos giros de tuerca en sus respectivos roles, funcionan dentro de la dinámica de tira y afloja que enfrenta constantemente a los Tyrell y los Lannister en su disputa por el control del Trono de Hierro, y consiguen que veamos una disputa directa entre Tommen y su madre tras los dardos envenenados lanzados por Margaery tras consumar en el lecho del actual rey de Poniente.

La yuxtaposición dramática existente -directa e indirecta- entre ambas mujeres y familias -Cersei Lannister y Margaery Tyrell-, nos ofrece dos conversaciones francamente destacables: la que mantienen Tommen Baratheon y Cersei a lo largo de las murallas de la Fortaleza Roja, y en la que intervienen Margaery y la luz de Occidente delante de su corte de risueñas florecitas y doncellas. La sibilina manipulación de Margaery sobre Tommen -algo similar a la que mantuvo en su día con Joffrey- parece surtir efecto, y ahora queda especular sobre las posibles consecuencias.

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Tras alguna que otra reunión del consejo privado de la corona -y de una visita a la morgue de Qyburn– en la misma capital del reino, somos testigos también de una cada vez más inquisidora y peligrosa revuelta religiosa. Si habéis leído Festín de cuervos y Danza de dragones, sabréis perfectamente que la entrada de los llamados gorriones en Desembarco del Rey, trae consigo una serie de problemáticas para la corona, los Siete Reinos y en concreto, para Cersei Lannister. Corren tiempos desesperados en Poniente, y la fe, se revela como el único espacio libre de guerras e incertidumbre. Pero cuando se tiene a un líder pontífice corrompido y algo promiscuo como el actual Septón Supremo, y una orden religiosa que se tambalea por culpa de sus acomodaticios comportamientos, las masas de fieles comienzan a pedir y exigir un cambio radical. Las humillaciones públicas están a la orden del día, y ante el temor de que todo vaya a más y acabe socavando la ya de por sí frágil estabilidad en las tierras de la corona, Cersei decide intervenir y reunirse con el Gorrión Supremo, en una robusta y poderosa escena en la que la reina madre se codea con las miserias existentes en Desembarco del Rey.

La secuencia sirve para presentar a la audiencia al Gorrión Supremo -exquisitamente interpretado por el veterano y siempre eficiente Jonathan Pryce– y para, ver por primera vez, el contacto de una aislada y altiva Cersei Lannister con la cruda realidad que se cuece en los callejones de la ciudad que regenta. El diálogo que mantienen ambas figuras es loable, perspicaz y agudo. Como lectores, reconoceréis ese guiño a la ausencia de zapatos del líder espiritual ponienti y si no habéis tocado ninguna de las obras de Martin con anterioridad, apreciaréis con un simple vistazo hasta qué punto este nuevo fundamentalismo religioso y beato puede cambiar la faz política y social de los Siete Reinos. Las bandadas de gorriones han venido para quedarse, y parece que han escogido Desembarco del Rey como el nido en el que refugiarse.

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Quizás el mayor cambio -dejando a Jaime y su viaje a Dorne a un lado- al que asistamos en esta quinta temporada, sea el que atañe a Sansa Stark y Lord Petyr Baelish. Uno de los giros de guión de Juego de tronos se destapa en este tercer episodio, y siendo honestos, nos ha dejado con la boca abierta. Supone un brusco movimiento por parte de Weiss y Benioff, pero que parece sobrellevar en sus hombros una de las máximas de la dupla de creadores y guionistas de la serie: la de economizar recursos, tramas y personajes. Canción de hielo y fuego es una gigantesca novela río con cientos de afluentes que, rara vez, desembocan y se fusionan bajo una misma corriente. Juego de tronos tiende a simplificar -de forma racional, la mayoría de las veces- muchas de estas bifurcaciones y a los hechos nos remitimos. ¿A qué viene este cambio en la trama del Norte? ¿Por qué llevar a Sansa Stark a las manos de los Bolton? ¿Hasta qué punto cambia la dinámica del torvo, maquiavélico y peligroso Ramsay este casamiento -que parece prendado de Sansa de forma real-? ¿Estamos hablando de un taimado y frío juego de caretas y posiciones y roles a desempeñar?

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Pese a que puede suponerse una permuta de última hora por parte de la HBO, lo cierto es que es algo que tanto Weiss como Benioff vienen rumiando desde que comenzaron a escribir la segunda temporada. En las novelas, Sansa Stark -como Alayne Piedra- no abandona la zona del Valle de los Arryn, permaneciendo oculta y bajo la tutela de un Lord Petyr Baelish que parece ir medrando y ganando influencia y poder entre los señores de la zona. Por su parte, los Bolton, conocedores de la importancia del rol de su familia como Guardianes del Norte, deciden ir un paso más allá y arreglar una boda entre Ramsay y una supuesta Arya Stark -papel que interpreta Jeyne Poole, personaje que no ha sido presentado en la serie- para garantizarse el vasallaje y la lealtad de los indómitos norteños. Juego de tronos ha decidido dinamizar la trama de Sansa y Petyr Baelish, y proporcionarle a la otrora pelirroja de los Stark una vía directa de venganza y futura retribución con respecto a los traidores que dejaron a su hermano y su madre a la merced de los Frey en la funesta Boda Roja celebrada en Los Gemelos. Llevar a Sansa a una derruida Invernalia -en la que se encuentra también Theon Greyjoy, no olvidéis este detalle- es un movimiento arriesgado de guión -quizás demasiado-, pero que puede llegar a enraizarse en la serie. En cualquier caso, y lapidarios El norte recuerda a un lado, como el propio Meñique espeta en el episodio: si no se arriesga, no se gana.

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Personalmente, pese a la desemejanza con respecto a lo leído en Danza de dragones, podemos encontrarnos con una equivalencia dramática y sobrecogedora trama capaz de igualar -o superar- los hechos que acontecerán en Invernalia. No obstante, hay que recordar que ahora será una verdadera Stark la que compartirá lecho con Ramsay y que, la pareja más viajera de los Siete Reinos –Brienne de Tarth y Podrick tienen una escena preciosa y reveladora en este episodio-, siguen atentamente sus movimientos. ¿Confluirán todas las rencas y citadas tramas de la serie en un clímax con Invernalia como telón de fondo? Es muy probable.

Es curioso, pero el arco del Muro era uno de los más fastidiosos y tediosos para el espectador medio, que veía como se dilataban algunos hechos que quizás, no deberían haber tenido minutos en pantalla. Pues bien, esta quinta temporada, como ya hemos comentado en ocasiones anteriores, destila madurez. Destila madurez en la narración de la localización más boreal de Poniente en la serie y en la aparición y diálogos de los personajes integrantes de la misma. Primero, porque, esto no es nada nuevo, Stephen Dilllane es Stannis Baratheon. Encarna como nadie al personaje, y se apoya en su fiel asistente, Liam Cunningham es Davos Seaworth. La conversación de ambos con el ahora Lord Comandante de la Guardia de la Noche, Jon Nieve, ayuda al espectador a presenciar la dinámica de la relación tan especial que mantienen el heredero al Trono de Hierro y el comandante que sirve como escudo de los reinos de los hombres. Quizás el lector se encuentre en una posición delicada -Stannis tiene cierta simpatía por Jon Nieve, pero no de una manera tan directa y honesta como en la serie-, pero es honesto reconocer que, simplemente, concuerda con lo visto en la serie. De hecho, cuando el portador del venado de corazón llameante abandona la estancia y se quedan a solas Davos y Jon, se refuerza dicha situación concordancia. Con respecto a la madurez de sus protagonistas, es de recibo destacar el papel de Jon Nieve como Lord Comandante. Kit Harington ha comenzado -ha tardado algo, lo reconocemos, aunque en la cuarta temporada ya empezó a despuntar- a amoldarse a su papel como bastardo de Invernalia. La abrupta decapitación del insurrecto y sedicioso Janos Slynt ante la mirada de aprobación de Stannis Baratheon y de todos sus hermanos cuervos, lo corrobora. Ni a Jon, ni a Mark Mylod -director del episodio- les tiembla el pulso.

 “El hombre que dicta la sentencia debe blandir la espada”

Eddard Stark

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El episodio termina con una larga sección ambientada en Volantis, una de las ciudades libres de Essos más importantes, y paso obligado de cara continuar el viaje de Tyrion Lannister y Lord Varys hacia Meereen. Asistimos a una compleja toma aérea -en la que vemos como se ha insertado y combinado el puente romano de Córdoba y la catedral de Salamanca en una composición digital increíble- mostrándonos lo que debería ser el famoso y antediluviano puente viejo, una de las pantagruélicas construcciones valyrias diseminadas por el continente de Essos. Es una lástima que no veamos más de Volantis, pero luce en pantalla de manera increíble. El Gnomo, cansado de seguir en la cárcel rodante que lo lleva a ver a la reina dragón, y desoyendo los consejos de su lampiño compañero decide estirar las piernas un poco y hacer turismo por el exótico feudo esclavista. No es más que una excusa para mostrarnos la convulsa y tumultuosa ciudad, con comerciantes, esclavos -que como explica Lord Varys, son marcados y tatuados en función de su trabajo o desempeño-, fieles de R´hllor -no tenemos a Moqorro ni a Benerro, pero sí a una sacerdotisa roja que habla de Daenerys y su revolución esclavista, y que parece sondear a Tyrion con una de esas miradas que hielan- y prostitutas. La ex-Mano del Rey y la Araña decide acabar en mancebía local, en la que, azares del destino, coinciden con alguien conocido: un desolado y compungido Jorah Mormont, que asiste a como mercenarios y marineros intentan llevarse a la alcoba a una meretriz con aspecto de Targaryen.

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El antiguo consejero y escolta de Daenerys Targaryen, ahora desterrado y a miles de kilómetros de su amada, parece estar ahogando sus penas en alcohol y mujeres. Pero la entrada del enano en el burdel lo hace levantar la mirada del fondo de su jarra, haciéndolo actuar mientras Tyrion orina desde unos de los contrafuertes del puente que se eleva sobre el Rhoyne. Ser Jorah busca el perdón, y Tyrion Lannister es su camino. Ser Jorah ansía el indulto real -algo paradójico, teniendo en cuenta su fatídico destino-. Desea que las cosas vuelvan a ser como antes. Busca desesperadamente la forma de llegar y conseguir la absolución de una reina de plata a la que le juró lealtad de por vida, y el enano será la presa que arrojar a los pies de la madre de dragones. El camino que les llevará a ambos hacia Meereen es el mismo, pero la situación para Tyrion, será bien diferente. ¡Qué gran paralelismo podemos trazar aquí, con esto último, entre la serie y las novelas!

Alberto González

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Twittadano del mundo. Cinéfago empedernido, escritor moderado. Colaborador y crítico en @vandalonline, @cinefiloes y @appleadictos

One response to “Identidad y recuerdo: impresiones sobre ‘El Gorrión Supremo’”

  1. gatocanalla says :

    Yo soy de los que esta siendo aburrido por esta odiosa temporada porque los cambios, lejos de ser genialidades, desprestigian la obra de Martin hasta convertirla en una pantomima.
    Si el nivel fuera el mismo, podría soportarlo, pero muchas ideas son ridiculas hasta limites insospechados. Por ejemplo, no tiene sentido que Meñique lleve a Sansa al Norte, cuando los Lannister la estan buscando por asesinar al Rey. La cantidad de contradicciones e incongruencias en que esta cayendo la serie son un insulto. Tyrion se ha convertido en un ser aburrido y repelente, y los fanaticos de Desembarco del Rey parecen seguidores de Maijin Boo.
    Felicidades por tu blog. Hecho en falta mas valoraciones y menos resumenes.
    Un saludo.

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