La génesis y el éxito de la adaptación

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Una adaptación televisiva -o cinematográfica- es un trabajo delicado. Cuando me enteré que Canción de Hielo y Fuego iba a ser adaptada al mundo de la televisión, estaba inmiscuido en la lectura del primer libro de la saga. Nuestro librero de toda la vida -un saludo, Juan Pablo y a ti también, Pedro- llevaba varios años recomendándonos lo que según él, “era la obra maestra de la literatura fantástica moderna”. Y no le faltaba razón.

Cuando amas un libro, siempre tienes el constante temor, a que sea adaptado al cine o la televisión. Una larga experiencia, y una dilatada muestra de proyectos que han terminado en fracaso, dictaminan que no siempre es buena idea trasladar una novela -o una serie de ellas- al cine o la televisión. Unas veces porque se no se consigue captar con la suficiente fidelidad el espíritu del escrito original, y otras, porque quizás el libro que se coge para hacer una película, no tiene ningún aliciente extra una vez se lleva a la pantalla. Hay historias que se disfrutan más en papel, y que por la razón que sea, no funcionan como film o serie de televisión. No me considero una talibán en eso de la fidelidad absoluta y casi totémica de una novela en el medio audiovisual. Son dos mundos y lenguajes muy diferentes, que aunque tienen nexos de unión evidentes y similares, son distintos y complicados de conjugar correctamente.

Así pues, comprenderéis mi cara de incertidumbre y desconcierto cuando empecé a leer los libros de George R.R. Martin y me enteré de que iban a ser adaptados a la televisión. Por una parte, me embargó la más profunda sensación de felicidad, porque en el fondo -aunque muchos lo nieguen-, a todos nos gusta ver en imagen real aquellos mundos y personajes que tenemos en nuestra cabeza. Es un placer culpable. Pero por otra, y aquí el lector empedernido lo entenderá, cuando hablamos de una novela río tan compleja, rica y entramada como Canción de Hielo y Fuego la mera idea de una adaptación puede significar tormenta. Había ingredientes y señales para entender que la odisea llevada a cabo por la HBO acabaría llegando a buen puerto, pero jamás pensé -ni en el más complaciente de los sueños ni en la más ambiciosa de mis elucubraciones nocturnas-, que Juego de Tronos acabaría siendo tan buena como para considerarla un excelente ejemplo de adaptación.

Comentan David Benioff y D.B Weiss en The Writer’s Room -ese excelente programa que repasa la génesis de la adaptación y el guión de las más diversas series con sus protagonistas, y que emite Canal + Series en HD y en perfecto castellano-, que adaptar Juego de Tronos en formato serie, era una tarea titánica pese a que no eran los primeros interesados en ello. George R.R. Martin, escritor con amplia experiencia en el mundo de la televisión y el cine -hay que destacar que el señor de los tirantes había escrito sendos guiones para series como Más Allá del Límite o Babylon 5– había rechazado con anterioridad una serie de colosales y suculentos proyectos para llevar el mundo de Poniente al cine, todos surgidos a raíz del éxito de la fantasía épica de Peter Jackson y Tolkien vista en la trilogía cinematográfica de El Señor de los Anillos.

La imposibilidad de llevar y condensar miles de páginas en apenas dos horas de metraje supuso el espaldarazo definitivo para George a la hora de confiar en Benioff y Weiss y su proyecto televisivo. Tras una maratoniana reunión a tres bandas con Martin en la que los propios guionistas acabaron exhaustos -discutieron forma, contenido y continente sobre la adaptación de su obra-, el escritor los puso a prueba con una lacónica frase final:

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“Si verdaderamente amáis Canción de Hielo y Fuego, ¿quién creéis que es la verdadera madre de Jon Nieve?” George R.R. Martin a los guionistas de la serie de Juego de Tronos.

El estupor de ambos escritores -no hay que olvidar que tanto Benioff como Weiss son escritores de novela de tomo y lomo- fue digno de mención. “Pero habíamos hecho los deberes”, admitió Weiss. Sus disertaciones, teorías y ensayos iban en la dirección correcta, y tras la respuesta, que Martin dio por válida muy sorprendido, no hubo dudas: Juego de Tronos sería una serie de televisión. Como curiosidad, y dando un salto temporal digno del guionista más fullero y del flashfoward más tramposo, la Santísima Trinidad de Poniente ha acabado granjeando y forjando una amistad tan fuerte, que Weiss y Benioff son de las pocas personas en las que Martin ha confiado, y que saben como terminará -o al menos tienen una idea aproximada-  Canción de Hielo y Fuego.

Tras la luz verde de Martin y de la HBO -que al fin y al cabo, es la que pone el dinero-, y tras la adjudicación del presupuesto, Weiss y Benioff terminaron parte de los guiones -que cubrían la mayor parte de la primera temporada- y se dispusieron a rodar el episodio piloto. Aquello, según la pareja de creadores, “Fue un completo desastre. Emitimos en un pase privado, reservado a amigos y guionistas con los que habíamos trabajado anteriormente, el episodio piloto de la serie y su opinión fue desoladora. Teníamos un grave problema.”

El problema con el que se encontraron Weiss y Benioff, era obvio: habían dado por supuestas muchas de las interacciones entre los personajes, así como por sentado la localización de algunos de los lugares más emblemáticos de Poniente -esto llevaría más tarde a la realización de la estupenda, y ya emblemática, cabecera de la serie-, con lo que el espectador que no había leído la novela, acababa perdido y confuso en una argamasa de nombres, casas, intereses y escenarios. Se enfrentaron a una re-escritura del guión, a un rodaje extra y a un nuevo casting para algunos personajes, que no terminaban de cuajar en pantalla. El episodio piloto primigenio jamás ha salido la luz, y puede que nunca lo haga, pero da para realizar una entrada propia -cosa que estudiaré en un futuro-.

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Con inteligencia, se re-estructuró parte del contenido -que afectaba a otros episodios posteriores-, se amplió la duración de algunos de los capítulos venideros y se aprovechó para profundizar en algunos de los personajes más desdibujados o planos de la novela -que recordemos, maneja una cantidad de secundarios más grande que los de las escrituras sagradas-. Juego de Tronos tiene más de dos docenas de personas recurrentes y protagonistas, lo que da una idea de su escala. Tras la debacle del piloto, y tras el rodaje de secuencias extras con los nuevos actores -entre ellos, Emilia Clarke, que sustituía a la primera actriz escogida para encarnar a Daenerys Targaryen-, Weiss y Benioff aprovecharon para explorar Poniente y sus intrigas.

Es aquí donde se nota la pasión por Canción de Hielo y Fuego por parte de ambas mentes pensantes. Los escritores han conseguido encauzar la personalidad de varios personajes muy complejos a través de secuencias inteligentes, que revelan detalles y comportamientos que al lector le cuesta capítulos y capítulos discernir con claridad. Es ahí donde la adaptación de Weiss y Benioff -licencias aparte- demuestra ser sólida como una roca, y fiel retrato del rico crisol de roles principales ideado por Martin. Una de estas inspiradas secuencias, perteneciente a la primera temporada -concretamente al episodio siete, You Win or You Die– donde Tywin Lannister -interpretado por Charles Dance en uno de esos aciertos de casting indiscutibles- discute con su hijo, Jaime Lannister -todo un descubrimiento el danés Nicolaj Coster Waldau-, los avatares de la guerra y los intereses de la familia Lannister, mientras desuella el cuerpo de un venado.

En lo que es una clara alegoría al rol del león como animal fiero sobre las otras bestias -el león es el emblema de la casa Lannister, y el venado, el de la casa Baratheon-, Weiss y Benioff, que tendrían que haber introducido una secuencia de batalla -para la que reconocen que no tenían presupuesto suficiente-, aprovechan para describir y presentar en la serie al personaje de Tywin Lannister. Es una secuencia inteligente, que no aparece en los libros -pero que bien podría haber aparecido en ellos- donde ambos personajes intercambian sendas líneas de diálogo, afianzando sus roles, y demostrando que en Juego de Tronos se ha hecho un previo y profundo trabajo de estudio del material en el que se basa.

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Weiss y Benioff, han demostrado, temporada tras temporada, ser unos buenos artífices y showrunners para el complejo mundo ideado por George R.R. Martin. Son dos escritores concienzudos y muy inteligentes, que se han empapado de Poniente y han trabajado codo con codo con el autor de la saga original -en uno de esos rara avis, donde el mismo creador incluso escribe guiones para la serie, entre ellos el del sobresaliente capítulo de la segunda temporada, Aguasnegras-. Puede que, a lo largo de los años, hayamos vistos senderos, diálogos y momentos controvertidos en los diferentes guiones -algunos muy polémicos dada su disparidad con respecto al hecho original visto en las novelas en la que se basa-, pero casi siempre, se han solventando con éxito. A estas alturas de la serie y de la adaptación, nos encontramos en el punto de no retorno con respecto a los escritos de Martin, donde cada cambio y suceso a nivel de guión, puede tener consecuencias directas en el devenir de la trama, a lo que hay que sumarle un handicap extra: todavía quedan novelas de Canción de Hielo y Fuego por publicar.

Esto, que podría parecer una nimiedad en cualquier ámbito, supone un peligroso muro en el caso de Juego de Tronos cuya velocidad de adaptación es tal, que alcanzará la totalidad de los dos últimos libros publicados en un corto plazo -de hecho, sucesos narrados en las novelas más recientes ya aparecen reflejados en orden cronológico en la serie de televisión-. Es sin duda uno de los problemas más inminentes en lo referente a la adaptación, que Weiss y Benioff quieren solventar dilatando y acortando algunas tramas -así como adelantando otras venideras- mientras otorgan a George el tiempo suficiente como para que publique su siguiente escrito. ¿Consecuencias directas? Para empezar, la paridad temporada/libro de la que estábamos disfrutando hasta el momento queda muy diluida, entrelazando los complejos y vastos sucesos y hechos acaecidos en Poniente y Essos de una forma cronológica pensada para facilitar el lenguaje televisivo. La jugada parece inteligente, pese a los ríos de tinta volcados y a la polémica vista -y leída- en los foros y comunidades alrededor de la ancha e inabarcable internet. Habrá que ver si termina funcionando.

No me tomó demasiado tiempo darme cuenta -me bastó un único episodio- que Juego de Tronos iba a ser algo más que una oportuna serie de corte fantástico: era la adaptación deseada, sin limitaciones de tiempo, formato o presupuesto -aunque este último tema es francamente discutible, HBO siempre brinda cierto margen de seguridad-, algo que como apasionado lector, me brindaba una seguridad  y una confianza absoluta. La serie era exactamente aquel libro que me recomendaron mi librero y mi padre, y encima, venía con unos de los aciertos de casting, localizaciones y diseño creativo más alucinantes que jamás había visto. Juego de Tronos, al mismo tiempo, consiguió que me reconciliara con el medio televisivo, al que había dejado algo lado tras la finalización de alguna de mis series preferidas –Los Soprano, El Ala Oeste de la Casa Blanca o Lost-, hasta tal punto que ahora considero que la mejor calidad audiovisual contemporánea se destila en la pequeña pantalla -todo un caduco eufemismo teniendo en cuenta las enormes diagonales de televisión que tenemos hoy en día en nuestros hogares- en lugar de una sala de cine.

Alberto González

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Twittadano del mundo. Cinéfago empedernido, escritor moderado. Colaborador y crítico en @vandalonline, @cinefiloes y @appleadictos

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